viernes, 29 de noviembre de 2019

Las madejas desmadejadas y las sábanas dobladas.

Acabo de vivir un recuerdo divertido.

¿Os acordáis cuando en cualquier casa de cualquier primo, tío o conocido, requerían tu presencia para devanar una madeja de lana?

Llegabas -normalmente al cuarto de estar- y veías como alguna de las tías, madres o cuñadas, te pedían que extendieras los brazos.

Te encasquetaban una madeja. y ellas, cogiendo el cabo del hilo empezaban a hacer un ovillo que se iba volviendo grande y grande a medida que iba despareciendo la lana de entre tus manos.

Aquello me gustaba, era la mar de curioso el que la lana viniera en madejas, hubiera que pasarla a ovillos y que, de ahí, salían esos chalecos, jerseys, rebecas y demás tan bonitos como nos los hacían.

Recuerdo que de ese hecho saqué partido para presumir de saber lo que quería decir el escudo de sevilla "No- madeja-do".

Pero a la vez también había otra habilidad que me llamaba la atención.

Recuerdo a tía Teresa recogiendo ropa en los tendederos del patio grande y pidiéndote que le ayudases a doblar una sábana.

Hacía lo posible porque no rozara el suelo y subías los brazos a la vez que seguías las indicaciones que te estaban dando. Porque, lo más curioso, es que a mí me parecía que no se debían de doblar como lo hacíamos sino, por ejemplo, del otro lado.

Se lo pregunté a mi padre en la forma de "oye Papá, ¿por qué me dicen de doblar las sábanas como dicen las tías".

Lo resolvió rápidamente.

Dijo: Es fácil, cuando trabajas con un mayor, tienes que hacer caso a lo que te diga.

¡Y no le dio ninguna importancia a mis razonamientos de tipo geométrico!.

¡Hay que ver lo difícil que es conjuntar la matemática con la política!.