jueves, 24 de septiembre de 2020

Las piñatas

 Estamos en la fecha y época que estamos. El final del verano.

Y así como en la Sierra esta época -bueno, hace dos semanas y pico- era la de las tormentas, la de final de setiembre era la de la preparación para el otoño y el invierno.

Se revisaban los botijos y cántaros que se hubieran utilizado en esa difícil tarea de hacer que el agua fuera fresca.

Encontrábamos lo que buscábamos: Alguno de ellos estaba roto o "ligeramente desportillado"....¡Y se guardaba!....Para las piñatas.

Yo no recuerdo qué santo o cumpleaños y a quién se le adjudicaba pero sí tengo claro que, por estas fechas, alguna fiesta había en el patio de casa de la abuela. Y esa fiesta acababa en "una piñata".

Las tías hacían alguna tarta -normalmente de galletas María- o algún bizcocho, o algún platillo afín a estos. El caso era "darnos de merendar" que es una tarea institucional y que recuerdo que se hacía con gran altura y satisfacción por parte de todos.

Quizá faltaran las Coca Colas con las que soñábamos, pero sí habría alguna Fanta que otra y alguna Casera con color más los galipuches que tomaran los mayores.

Al final, el evento.

Antes de juntarnos a la celebración, habríamos colaborado con alguno de los tíos o tías en haber ido a "casa Félix del Amo", a comprar caramelillos de azúcar, algún chicle que otro (no muchos porque a la abuela no le gustaba que nos gustaran los chicles..), pirulines, chupachups o similares y alguna golosina más.

Se aprovechaba que el cántaro -o botijo- estuviera roto porque, si no, no cabían por el agujero de llenado. Normalmente se trataba de que hubiera dos cacharros porque, aparte de celebrar la piñata, había que asegurarse de llenar la tarde y, con uno sólo, se corría el riesgo de no conseguir el objetivo temporal.

Llenos los dos cacharros había que buscar una cuerda. Coger la escalera que había en "la cuadra" y, jugándose el tipo con la misma ya que oscilaba de lado a lado, se subía alguno de los tíos al emparrado, aseguraba la cuerda y, al final, el cacharro piñatero.

Primos, tíos y observadores mayores dispuestos a mayor o menor distancia del objeto a romper.

Se solía empezar por el más pequeño (o la más pequeña, claro). Se le vendaban los ojos con un pañuelo y con un palo adecuado se disponían a atentar contra el recipiente de chuches.

Pero, había que hacerlo más interesante. O sea, que había que despistar al rompedor. Para ello, se ponía debajo del botijo, con los ojos vendados y alguno de nosotros, tomándolo por los hombros, le daba vueltas.

El jugador, trataba de recomponer su situación. Orientarse respecto a la última posición que había tenido en relación con el cacharro. Lo pensaba y, después, con una decisión determinante se dirigía hacia algún lado.

Los que estando en corro lo veian venir hacia ellos se apartaban porque el rompedor lo tenía claro. Allí estaba su piñata a romper. Levantaba el palo y , ¡zas!, estacazo que te crió.

Los gritos y alguna indicación le avisaban de su error.. Entonces, levantaba el palo y moviéndose con precaución trataba de tocar en el aire a su blanco.

Le decíamos todos que ¡eso no valía! pero, si por casualidad había rozado el objeto de su porrazo, acometía con saña su objetivo. ¡Nada!, un ligero roce que tan sólo conseguía hacer oscilar el cacharro. Más dificultades todavía....

Cubierto el cupo de su triple intento, se pasaba al siguiente.

Se volvían a repetir las mismas habilidades que la anterior.

Hasta que, en un momento, alguien, por suerte, habilidad, orientación o trampa (tendría una raja entre el pañuelo y la ceja), daba con fuerza.

Lluvia de caramelos y lluvia de primos a recogerlos.

Siempre había alguno, o algunilla que se quedaba retrasado y ahí empezaban acciones solidarias, bien de alguno de los recogedores que se volvía y le daba algunos, bien de los tíos que, previsores, habían guardado reservas en sus bolsillos para atender a los que no podían recogerlos.

Al final, goce de primos y primas y una tarde a recordar....


domingo, 20 de septiembre de 2020

Las niñas también juegan con coches.

 "Las niñas también juegan con coches"

Pero siempre dirán que no. Que, como nacimos en un ambiente hiperheteropatriarcalmachista de cuatro cuartos -que era verdad-, las niñas jugaban con muñecas y nosotros, los machos, con los coches.

Y, en gran parte era verdad porque, en casa de la abuela, era normal que las "cocinitas" las hacían las niñas y los 'hombres' jugábamos al balón.

Pero hubo algunas honrosas excepciones.

Así, en mi casa de Linares, Marqués 20, vivíamos ya un puñado de hermanos bajo el paradigma (esta palabra no se usaba entonces) de que "todo era de todos". O sea que si alguno de nosotros le daba por jugar con el balón de otro, el 'propietario' no podía quejarse. Sufría, eso sí, porque los preceptos morales y deontológicos definen el derecho y el uso, pero no las sensaciones. Así, que no había más que aguantar.

Y aguantamos. Y lo digo en plural porque ocurrió un hecho la mar de curioso.

Me explico. Nos (repito, ese "nos", me repatea aún hoy el hígado) regalaron a Pablo y a mí, o a Pablo o a mí, porque, como digo, no puedo precisar, un magnífico autobús. Marca: Rico, carrocería, creo recordar, azul pálido y, además, de lujo porque no era un bus normal, no, era un "Pullman" que, según nos contó nuestro padre, era una forma de hacer las ventanas de los autobuses especiales para turistas y de los que alguna vez nos señaló un ejemplo en una foto de estos Pullman suizos en paisajes bellísimos.
Tenía una particularidad peculiarísima. Era de "cuerda", de resorte, es decir que había que darle con una llave hasta que acumulabas energía elástica en un muelle que, al liberarse, hacía que el autobús anduviera. Como otros juguetes, pero, si ponías una palanquita que tenía debajo del paragolpes trasero, el autobús (pullman, perdón), andaba hacia adelante y si la accionabas de otra forma, andaba hacia atrás.

En fin, una chulería.

Lo vimos siempre tan delicado que, si jugábamos con él, lo hacíamos con muchísimo cuidado, pero por dos razones. Una, la delicadeza de la maquinaria. Otra, un peligro mayor. Mi -nuestra- hermana Pily lo vio y dijo —¡Mío! y lo agarraba debajo del brazo y ¡cualquiera se lo quitaba de allí! Barraquera coherente con su enfado y recomendación materna, —Anda, dejádselo un ratito. Un ratito que se volvía eterno porque hasta que el ratito no era un buen rato, no había forma de acceder al juguete.

Tan suyo era que, en un proceso de identidades -como se diría ahora- agarró el autobús y le sirvió de DNI o, no, perdón, de proclamación de hija de familia numerosa porque así apareció Pily en la imagen de acogida administrativa de nuestro hermano Nicolás.
La imagen puede contener: 5 personas, personas sentadas, niños y bebé









miércoles, 16 de septiembre de 2020

Rompimos un gato

 Así, como suena, rompimos un gato.

En la casa familiar de Linares, la de los Flores Martínez, en la calle Marqués 20, primero, vivíamos dos padres jóvenes y seis vástagos cronológicamente situados. 

Era un piso, propiedad del abuelo y en el que formábamos una pandilla que yo recuerdo divertida.

Por ejemplo, teníamos un gato. Es decir, tuvimos varios gatos porque, sin que yo pueda recordar si aquello obedecía a una estrategia formativa de cualificación ecologista, siempre hubo un gato, un gatillo, en la familia. Siempre era pequeño, salía de la nada por arte de birlibirloque y... aparecía en la casa.

Era un juguete más, vivía con nosotros y, como la terraza en la que estaba el "escusado" se accedía fácilmente al inmenso número de tejados de las casas colindantes, no había problema. Si el gato -gatillo- tenía que dormir fuera, se le empujaba a la terraza y, ahí se las compusiera.

Yo recuerdo haberlo metido en un vagón de mi tren eléctrico. Mi padre decía que lo iba a marear y lo pensé como posible porque, después de darle vueltas y vueltas a la "vía", el gato se echaba a un lado, descarrilaba el tren y se bajaba, claro.

Pensaba que había conseguido marearlo, lo que era mi objetivo, pero papá decía que se había bajado porque estaba aburrido.

El gatillo era objeto de caricias, juegos, persecuciones por el pasillo y testigo de alguno de nuestros juegos.

Pero, estaba tan próximo a nosotros, tan próximo que un día en el que estábamos todo el pandillón de hermanos -cinco operativos y uno espectador- jugando a una con el gatillo de turno, éste trataba de evitarnos metiéndose debajo de un mueble cama que mis padres dispusieron para alguno de nosotros.

Este mueble-cama, que murió en mi casa de Granada, era un diseño de D.Nicolás, con un somier "Numancia" de viguetas de hierro fundido y somier tensado que lo hacían moderno.

Pues eso, estábamos dando saltos encima de la cama y el gato, prudente -es un decir- debajo.

Y ocurrió lo que nunca esperábamos.

Un tornillo se salió de su sitio y caimos encima del gato.

Le "rompimos el espinazo", frase hecha que describe la realidad de la situación.

Al gemido que profirió le acompañaron los llantos y lamentaciones nuestras.

Nos tiramos debajo del somier, lo levantamos a peso y, cuando llegamos al pobre animal vimos cómo sus patas traseras habían dejado de funcionarle.

No había sangre ninguna, pero la carilla del pobre gato era conmovedora.

En brazos de alguno de nosotros, corriendo a nuestro padre. Papá, mira.

Y lo miró, con pena y conmoción. "Me temo que no tiene arreglo".

Le pusimos vendas, yo creo que rezamos al  Santo Custodio y a San Gato, pero aquello no tenía trazas de mejorar. 

Pasados unos días de pesar y culpabilidad hijil, el gato desapareció. Nos dijeron que se lo había llevado su madre y, como justificación tengo que admitir que era lo mejor que nos pudieron decir.....

Al cabo de una temporada -que no puedo precisar en magnitud- apareció.

Es decir, apareció en la terraza un gato, ya no gatillo, gris, con las mismas rayitas que tenía el que rompimos.

Era él. ¡Tenía que ser!....

Pero igual no.

Aprendimos a sufrir el daño ajeno, soportar la culpabilidad confusa, la difusa raya que existe entre lo que es y lo que no debe ser.... Es decir, aprendimos que podíamos ser partícipes de algo no deseable. 




domingo, 6 de septiembre de 2020

Pepe en la oscuridad

 En la Asamblea de 1967 de las antiguas "congregaciones marianas", en su ámbito universitario, normalmente llamadas "Los Luises", por estar centrado su patronazgo en San Luis Gonzaga, celebramos en Granada,  en el Colegio Mayor que la Compañia de Jesus tenía en sus terrenos de "La Cartuja".



El tema 'caliente', que se añadió al temático de “La fe y sus implicaciones”, nos ratificamos en la necesidad de acometer el "compromiso cristiano".

Se suponía que no sólo habría que 'estar' presente en cuantas actuaciones se presentaran en nuestro ámbito que pudieran construir una sociedad más justa y equilibrada. También, convinimos en confeccionar un "Juicio Ético" político y social sobre la situación española. Éste se elaboró  y se publicó en mayo del año siguiente. El respeto a las libertades fundamentales, el reparto de la riqueza y la calidad de la enseñanza constituyeron los ejes esenciales de aquel documento.

El acercamiento al mundo laboral, a la problemática obrera de nuestro entorno se plasmó  con los contactos que en principio eran más fáciles para nosotros. Militantes de movimientos cercanos a la Iglesia, eran convocados para que nos instruyeran en su problemática. 

La vivencia de que habíamos encontrado una actividad -lucha, le llamábamos- concreta bajo la que encaminar nuestro sueño de "construir el mundo", nos llenaba de satisfacción. Daba mucho sentido a nuestra vida y comenzábamos a pensar cómo, cuando acabáramos la carrera, enfocaríamos nuestra actividad en concordancia con lo que íbamos planteando y descubriendo día a día.

El ambiente en la "Asamblea Fecun", como la llamábamos, era de una gran calidad, humana y ambiental. Habían venido gentes de todo el país y comprobábamos con enorme satisfacción la concordancia de sensaciones, ilusiones y esperanzas. Todos estábamos en la misma "línea".

Pero hubo algunos momentos especiales. Empezábamos a necesitar líderes que, por pertenecer al mundo obrero, y de alguna manera tuvieran lazos comunes con los valores que vivíamos y elaborábamos, nos tendrían que decir el cómo, a ser posible el cuándo, teníamos que asomarnos a su mundo, necesidades y aspiraciones.

Llegó uno de estos. Un señor que traslucía aplomo -lo que a mí siempre me hizo falta-, seguridad en lo que decía, magnífica dicción y sistemática al explicarse. 

Hablábamos antes de su charla en alguno de los pasillos que antecedían al salón de actos y, al final, subió al estrado.

Sucedió algo extraño: Se "fue" la luz. Todos sentados en nuestras butacas y el ponente en el atril del escenario. Pero no hubo problema. Alguien comentó que lo habría hecho la policía y, como ya empezábamos a intuir el mundo de represiones al que nos íbamos a empezar a enfrentar, se trataba de vivir el momento con la mayor tranquilidad posible. 

Se le subió al estrado una o dos velas de esas anchas que suele haber en las capillas para indicar la presencia del "Santísimo" y continuó por donde iba.

Esa oscuridad resultaba familiar, en parte, a los que habíamos ido a Ejercicios Espirituales en "casas de retiro" con alguno de los jesuitas, nos recordó a esa forma de escenario en el que se nos hablaba de la vida eterna, del encuentro con Dios o algún detalle místico que ahora mismo no recuerdo.

Pero aquello le dio a la charla un aura especial. Estábamos hablando ya no de Espíritus ni Cielos, sino de realidades personales y ambientales que correspondían a nuestro entorno. Se habló de sindicatos y de salarios, de condiciones de trabajo y relaciones laborales....bajo la sospecha de que estábamos ahí, concretamente, vigilados no por el diablo, sino por la policía. 

No era la oscuridad, que también pudo incidir psicológicamente. Era el mensaje y la convocatoria que nos hacía el ponente. Yo creo que, si bien tenía experiencias de haber sido conmovido ante charlas trascendentales bien expuestas en algunos de los Ejercicios citados, esta vez la conmoción era distinta. Daba sentido concreto a la vida. Daba explicaciones a qué tenía que orientar y más que cómo -que no podía saberlo- hacerlo, algunas pistas de por dónde buscar. 

En fin, cambio a algo más concreto que lo que hubiera tenido hasta entonces. Si a eso le añado otras sensaciones personales, creo poder decir que de esa Asamblea salió un diseño de vida.

Ahora, 53 años más tarde, puedo estimar qué de lo que he sido correspondió a aquello y puedo decir que aunque con grandes, enormes, fallos, globalmente la evaluación puede ser satisfactoria.

domingo, 30 de agosto de 2020

Hacia Smara

Llueve, así, sin ocultarse para nada.

Y no es lo que esperábamos porque, claro está, si hemos ido al desierto es para ver arena, sol y sequedad.

Pero llueve.

Salimos para Smara un día cualquiera de diciembre de 1985. Sabemos algo de la ruta porque ayer estuvimos con una panda magnífica. Oasis, palmeras, charlas interminables y unos ratos para no olvidar en la vida. 

Pasamos por la desviación que nos llevó a la excursión de ayer y tiramos carretera adelante. Nos esperan alrededor de doscientos y pico kilómetros entre una carretera no muy ancha, pero solitaria, arena a los lados y árboles extrañamente torcidos.

De vez en cuando un camello mojado nos mira como si fuéramos nosotros los responsables de su desconcierto. Tanto, que prefiere mirar a los charcos.


El paisaje es, si no fuera por la lluvia, tal y como lo esperábamos. 

Estamos atentos a la salida hacia BuCraa. Recuerdo que en los comienzos de las prospecciones mineras tuve aquí a un tío que nos hablaba del desierto con veneración. Yo creo que fue él el que me metió en este viaje aventura.

Sus fotos, diapositivas para que las viéramos en grande, eran magníficas y, dentro de lo que pueda, trataré de sacar algunas que hagan a mis amigos o alumnos granadinos, aficionados a estos parajes.

Alguien decide parar para aquello de que hay que pisar lo que estamos viendo.

Aprovechamos que ya hemos pasado la desviación de BuCraa y hay un alto en la lluvia. 

Nos desviamos, recuerdo que a la izquierda y vemos un "campo" curioso.

En él hay un buen montón de piedras verticales. Desconocemos qué función hacen o qué señalan porque es evidente que no son naturales, pero ¡qué más da!.


Lástima de no haber sacado más fotos. Rafa, mi hijo, se las arregló para hacer carreteras donde jugar con sus camiones y la chica, Alicilla, paseaba entre ellas para recojer piedrecillas.

El paisaje nos resulta espectacular y, aunque yo esperaba que fuéramos más pegados a la Saquia, no hay restos de cauces ninguno. Hay colinas que nos llaman para subirlas pero no queremos tardar demasiado.


Es ya media mañana, pero nos encontramos confundidos. Estamos demasiado acostumbrados a que los malos tiempos, en nuestra ciudad, no duren demasiado y aquí, esperábamos que el día abriera, pero, no el cielo encapotado, sigue...


El ambiente es curiosamente invernal. Una brumilla que hay a nuestros alrededor nos obliga a llevar los fatos encendidos. 

No nos podemos quejar. Todo es nuevo y, cuando llegamos a Smara, hemos de parar en el puesto de control.
Está al lado del aeropuerto y, ante nuestra sorpresa, vemos soldados corriendo por la pista. 
Se dirigen a los helicópteros, los suben en una estructura con ruedas y los empujan, corriendo también, hasta un hangar donde da la impresión de que los tiran hacia adentro. Así uno tras otro.
Pero, como nos hemos bajado para entregar los documentos, vemos también comportamientos extraños. Hay gente por la carretera que se sientan en el suelo todos con la espalda hacia donde estamos nosotros.
Miramos hacia atrás y la impresión es enorme.
Hay una muralla negra, que ocupa todo el lugar desde donde hemos venido. Enorme, llega hasta el cielo. Polvo en suspensión y primeras ráfagas de una tormenta de arena.


Primer encuentro, pues, con el auténtico desierto. Nos metemos en los coches y nos vemos sacudidos como si estuviéramos en una cuna. El Dyane se balancea y, pienso que en el Nissan, donde está la mayor parte de la familia, será menos ostensible, pero también impresionante.

No sé cuánto duró, pero al menos media hora de incertidumbre. Al final, aquello empieza a amainar y vemos que se ve algo alrededor de nosotros.

Las personas que estaban sentadas en la carretera tienen a su espalda un montón de arena que les llega a la mitad de la espalda.  Y observo que el fenómeno tiene algunos efectos ratos. El Dyane, por ejemplo, que estaba recien pintado, ¡se ha quedado mate! y el Nissan, que es nuevo, ha perdido también su brillo. Nos han dado con arena de esmeril y no precisamente para pulir la pintura.

Pero hemos llegado a Smara. Ahora hay que buscar a la familia Seida.







martes, 30 de junio de 2020

Historia de una caja culta

Durante la estancia en México, verano del 82, tuvimos ocasión de visitar sitios maravillosos e ir adquiriendo objetos variopintos y preciosos. Huipiles, pinturas, objetos de cerámica y regalos varios.
Al cabo de un tiempo, cuando tenemos que ir preparando la 'vuelta' hay que prever dónde nos traemos esas cosas.
La casa de Pacho y Carmen, en la Avenida de Cuitlhauac, estaba aún en formación y quedaba una caja grande de un microondas que habian traído desde los USA.
Nos dijeron que la utilizáramos porque parecía recia, grande y capaz. Y allá que fueron a parar la multitud de cosas.

Además, como ya estaba claro que iba como "exceso de equipaje" nos preparamos para comprar algunos regalos más. 
Entre otros  varias botellas de Tequila que eran las adecuadas para fulano o mengano (no recuerdo para quiénes).
Se hizo el paquete, se cerró, se ató al estilo de las primitivas cajas de pueblo que se llevaban en autobús y se le puso alguna etiqueta 
Primer día de octubre o segundo. Al aeropuerto con el magnífico "Van" de los Pachos. 
Nos metemos en el embargque de un Tristar de la Pan American que nos llevará a New York. Pagamos la tasa y fugazmente nos encontramos que somos de los pocos pasajeros que estamos en el puesto de facturación con maletas o alguna bolsa...
En el avión, normal, viaje aparentemente del montón hasta que nos sorprende la "distinción" del pasaje. 
Mucha gente, muy formal, matrimonios bien vestidos que llevan encima de las rodillas un maletin -portafolios- medianejo de tamaño, pero nuevo y bien limpito.
Nos bajan en Dallas, aeropuerto que actúa como aduana para descargar de tal función al Kennedy de Nueva York.
Hay que pasar a la sala de aduanas donde, de los doscientos y más pasajeros que fuéramos en cabina, estábamos seis o siete.
En la cinta, nuestra caja, rueda sola hacia un señor del sur de Estados Unidos, o sea, negro, enorme y que habla español.
Pero ocurren varias cosas. De un lado el que en esa cinta transportadora hay dos o tres objetos tan sólo. Segundo que nuestra caja es gringa, viene de México y no le habíamos tapado las marcas ni logos que indicaban un horno de microondas.
El señor aduanero se echa a reir y dice: "¿Ustedes saben en qué avión vienen?¿Saben por qué no hay más que dos o tres objetos de equipaje?, ¡Ah! y ¿cómo se les ocurre traer una caja de microondas gringo desde México a USA?".
No le sabíamos contestar. Nos dice: "El avión viene lleno de dinero. Sus compañeros de viaje vienen a ingresar en bancos de aquí el dinero que traen en maletines. Esta tarde se vuelven a su tierra". Y, sobre la caja dice que resulta "sospechoso" que un microondas venga de México para acá",
Abrimos la caja y, con gran satisfacción nos alaba el gusto de las compra que habíamos efectuado.
Nuevo salto hasta New York, donde no hay problema hasta que llegamos al embarque. Alicia y Rafalillo van al servicio, yo, en la cola 
Pero hay miles de miles de gentes. No van a poder verme con lo que tengo que subirme a mi microondas para resaltar entre la multitud. Me subo, oteo el horizonte, me bajo para empujarla el metro que ha avanzado la cola. Me vuelvo a subir... y así hasta que aparecen y dejamos los equipajes en facturación.
Viaje agradable sin problemas durante toda la noche. Rafalillo se duerme cuando vamos por la vertical de Lisboa. O sea que al llegar a barajas hay que dejarlo como un saquillo en el cochecito que tenemos.

En el mostrador de Barajas, recojemos la caja, pasamos a Aduanas y, al trastearla sale de ella un olor característico ¡Tequila!. Se nos queda el cuerpo cortado. ¿Disolverá el tequila los bordados, el color de los huipiles, los cuadritos sobre lámina de piel, los....?.

Nos dan el visto bueno de pase y, corriendo, con la caja medio abierta pasamos a uno de los mostradores a abrirla del todo y ver qué es lo que se ha roto, manchado o disuelto.

Aparece a nuestro lado un señor de porte muy distinguido. Nos dice que si nos puede ayudar porque ha olido el Tequila y dice tener experiencia de manchas al respecto.
Sacamos los recuerdos, algunos mojados y este señor trata de averiguar la marca del licor peligroso. 
Cuando sacamos los cristales de la botella rota nos dice que "ese Tequila no mancha". 
Seguimos con la reordenación de lo mojado, poniéndolo aparte para lavarlo después y, así, vamos charlando con el nuevo amigo.
Nos cuenta cosas de los huipiles y de las pinturas de colores naturales.....



Bueno, pues todo se acaba. Reordenamos la caja, la cerramos con la cuerda que traía y nos despedimos de nuestro amigo. Su señora, cerca de nosotros, esperaba el final del trabajo.

Al poner la caja en uno de los carros del aeropuerto, se nos acerca otro señor y nos dice, ¿saben con quién estaban hablando?. Le dije que sí, que sospechaba que sí. Dije, es Vargas Llosa. 
El nuevo contertulio se queda admirado. ¡Un señor tan importante! y pregunta, "y de qué han hablado con él"?.

Ahí creo encontrar un motivo para un farol. "Ah, pues de huipiles y de Tequilas mexicanos"....

Y se me subió el orgullillo culto a mi ego. ¡Había hablado con Vargas Llosa de cosas de etnología!. ¡Qué chulada!.


viernes, 19 de junio de 2020

Más de tío Manolo Flores

Recordando a nuestro tío Manolo creo que no le importará que saque algunas de sus anécdotas más divertidas. 
Creo que dije que era una persona de lo más jovial del mundo. Trataba de que cualquiera que estuviera a su alrededor se lo pasara bien y, si tenía que exagerar algo, pues se re-exageraba si nos iba a hacer reir más.
Así, cuando nos contaba los viajes a Seúl, decía que eran tremendamente largos. Que se subía en un avión y, casi, no sabía ni cuando iba a llegar ni si iba a hacerlo.
Decía que, claro, en algún momento había que ir al servicio y aprendió a hacerlo sólo cuando no hubiera turbulencias.
Señalaba que en aquellos aviones de hélice, recuerdo que nos los había indicado en alguno de los paseos a Tablada, eran los DC-3, de origen americano, tenían el WC en la cola, al final del pasillo. Y, en ellos, te refugiabas después de un ondulante paseo entre las dos filas de butacas, llegabas... y esperabas tranquilidad porque, si había un "bache" en el aire, corrías el riesgo de encontrarte con tu producto final alojado en el cogote.
Mi padre trataba de frenarlo...."Manolooooo", pero rodeado de chiquillos muertos de risa que visualizábamos la situación, era difícil de que se callara.
Con todo, la mejor anécdota era una que tenía muy elaborada. Con introducción y todo.
La voy a poner entrecomillada porque voy a tratar de ser fiel al recuerdo.

"Todos sabéis que en la base aérea de Talavera la Real, han traído los primeros aviones de combate, de propulsión a chorro, que va a tener el ejército del aire. Los T-33.
Pues bien, ha ocurrido un percance muy extraño que tiene preocupados a ingenieros y usuarios. Los fuselajes tienden a rajarse, aparecen grietas en ellos y hay que estudiar el por qué ocurren. Un avión tiene que funcionar enteramente nuevo, sin falla alguna.
Como los ingenieros están bastante confusos, han pedido a todos los aviadores que digamos las ideas quese nos ocurran para poder interpretar el fenómeno y, sobre todo, su solución.
Pues bien -decía el tío Manolo-, yo he sugerido que se hagan filas de agujeros, rectas. Distribuidas al azar por toda la superficie.
A los jefes les ha sorprendido el tema. Me han llevado a Madrid y he tenido que explicar mi proposición delante de un tribunal técnico.
Cuando me lo han hecho hacer, les he dicho que yo lo tenía claro porque, todo el mundo sabe que, cuando va uno a cortar un trozo de papel higiénico, se rompe por todos los lados.... menos por donde tiene los agujeros".

Ni que decir tiene las carcajadas que nos provocaba.

Un buen recuerdo, divertido, de un hombre bueno.


lunes, 1 de junio de 2020

El grande, increíble, inefable, inconmensurable, inmarcesible tío Manolo.

Creo que voy dejando suficientes testimonios de mi gustazo con los recuerdos familiares. Con todos. No hay día ni ocasión en la que no encuentre algún detalle, objeto, imagen o situación que no me recuerde a cosas pasadas y, siempre, apasionantes y divertidas.

Claro que, teniendo esa vivencia, es fácil pensar que no me puedo aburrir. Más aún cuando hay cosas en mi casa que han sido copiadas de aquella casa madre de Marqués 40 (luego 38), de Linares.

Pero, gozando con eso, he tocado algo más curioso aún. La familia ocupaba todo, pero ¿todo del todo?. No, y al igual que esa aldea gala que resiste a las legiones de Julio César, había algo que no era llenado: mi curiosidad.

En el campo al que me estoy refiriendo aterrizó en que un día pregunté a mi padre por quiénes eran sus hermanos y sus padres. Él, atento como siempre a mis cuestiones, se echó a reir y me hizo recordar que no hacía mucho tiempo habíamos ido a Córdoba, a ver a "sus" tías María y Adelaida. 

En ese momento caí en que yo también las había incluido en que 'eran' Martínez, porque todo lo que me rodeaba era así y, de golpe, amplié mi mundo. Había más gente.

Pero voy a lo sencillo. Tomemos un personaje -no Martínez- pero que merecería haberlo sido. Preguntad sobre su recuerdo al tío Rafa o a la tía Pily porque, seguro, que se acuerdan de él y de sus "cosas".

Era militar, suboficial del Ejército del Aire donde ocupaba un puesto técnico. Era radiotelegrafista y muy bueno (varios premios de rapidez y precisión, tanto en español como en Inglés) pero sus cualidades eran más humanas que castrenses.

Con un humor envidiable estaba todo el día contando "cuentecillos" (diría mi padre) en los que primaba la risa y, también, trataba de hacer la vida de la gente lo más agradable que podría hacer. 

Era notorio verlo llegar a nuestra casa de Sevilla, con un besugo en la cartera para entregárselo solemnemente  a la "señora de la casa" quien, seguro, haría un magnífico plato. O bien, la cartera llena de habas, o de bacalao para unas lentejas o... lo que fuera. 

Los sábados reunía a una pandilla pintoresca: tío Pepe Martínez, el primo Jose Luis Martínez de la Puerta, mi hermano Pablo y yo. Nos llevaba hasta las cercanías de la Estación de Córdoba y allí cogíamos un tranvía moderno, plateado, que dando la vuelta alrededor de Triana nos dejaba en Tablada.

Pues la base aérea para nosotros sólos. Los solteros suboficiales y los sobrinos de Manolo. Paseábamos por entre los aviones: Junker, Heikel y Casas de caza, subíamos a sus bodegas, siempre bajo la supervisión de los colegas del tío. Nos hacíamos fotos entre sus hélices y, después, a merendar al bar de suboficiales. 

Allí jugábamos al dominó, y nos lo hacían hacer con tal pericia que los dos sargentos oponentes -siempre en equipo- nos dejaban ganar. Después, ganaban ellos y mi hermano Pablo tiraba las fichas bajo el jolgorio de toda la residencia. Nos ponían morados -auténticamente- de unas anchoas como no había otras iguales y, a la tarde, camino a casa.

Mi tío jugaba con poner a mi padre nervioso. Por ejemplo, nos enseñó a acabar con la sopa, a base de tomar el plato como gran cuchara y sorberlo por el borde. Además, nos hacía cómplices porque, como un gran juego, nos miraba a los sobris y, todos a la vez, nos echábamos el borde a la boca bajo la voz tonitruante de mi padre que decía "¡Manolooooo!". Pero, a la vez, nos hacía reir en buena lid cuando trataba de convencer a mi padre de que había ido a la guerra de Corea a ayudar a los americanos... y contaba anécdotas entre técnicas y escatológicas de lo que pasaba cuando en un avión de hélice y sentado en la parte trasera del mismo -el WC- el aparato 'caía' en un bache.

Esos detalles los dejaré para otra ocasión. Pero, lo curioso, es que descubrí que sí había habido un destacamento español en la guerra de corea, pequeñito, pero, ¿fue el tío Manolo?. 


Seguiremos.




domingo, 31 de mayo de 2020

El entierro del abuelo Nicolás Flores

Ayer hizo treinta y un años de la muerte de mi padre.
Nos encontramos con un golpe inesperado en fechas, modos y finales.
Pero digo, en su honor, que a él no le cogía desguarnecido. Y no me voy a referir a temas de espiritualidad -que, evidentemente, la tenía- sino a su proverbial, magnífico, sentido del humor y, valga el término, de la relatividad.
Unos cuantos años antes, en la sobremesa de un día lo más normal del mundo, me dijo "...venga usted para acá, tabardillo "(y eso que era uno ya mayor y con hijos) y me sentó a su lado en el sofá que aún era grande y rojo.
"Mira....-y dijo algo como introducción que no entendí- hasta que oí la palabra "muerte"-
...(difusos recuerdos), pero, en seguida, indicaciones prácticas...."le preguntas al de la funeraria o, mejor, te enseñará un catálogo....y, si hay cinco ataúdes, parte de considerar el de en medio.... si hay siete, mira el tercero por la cola...(yo estaba atónito, no estaba preparado para oír una planificación así de nítida sobre la planificación de su entierro). En cualquier caso, desechas los primeros de la tabla que serán para señores con mucha más prestancia que yo y que en absoluto me gustan... Tu ve pensando en una cosa prudente (pero tendiendo a austero, entendí yo).... y siguió. "en los adornos, coronas y demás parafernalia, te vas a encontrar con la que traigan las personas de fuera, pero, si puedes sugerir, nada ampuloso. Todo muy sensato".
El tema no parecía dar más de sí. Papá, como un faraón egipcio dejaba dictaminada la estética de su marcha al más allá.... pero nada monumental...
Yo estaba asombrado y tomé el encargo como un acto claro de su voluntad y que debería ser respetado.
Pues bien, un día tal como ayer, más o menos, nos avisan desde Traumatología que papá ha muerto a causa del derrame cerebral del porrazo motorista.
El entonces cuñado -y para mí sigue-, José Sánchez Montes, se ofreció a ayudarnos a orientar las relaciones con la funeraria, cosa que había tenido que hacer recientemente por la muerte de un hermano.
Nos fuimos a la cafetería de enfrente de Trauma y, allí, el encargado sacó un catálogo. Sin tardar demasiado paso páginas hasta contar los modelos, me parece que había 8 o 9. Retorno hacia el centro y creo que escogí el 4º.
Sorpresa en las caras del empleado y el cuñado. ¿Ese?.¿No le parece a usted que su padre es un señor importante y merece algo mejor?. Yo: "ese". Y, José, rápido me mira y dice la conjetura: "¡Ah!¡ya!, lo tenías encargado!. Y asentí.
Miramos un par de cosas más. Ya se sabía la parroquia y quién diría la misa (tío Carlos, obvio) y la cosa siguió adelante.
En la Iglesia -Santa Teresa- en la calle Virgen Blanca, fui preguntado por familiares y amigos que se extrañaron de la simpleza del ataúd. Pues fue facilísimo explicárselo: "el que él quería", e inmediatamente asumían que D. Nicolás tenía bastantes cosas claras..
Cuando lo llevamos al cementerio, a su tumba, caímos en la cuenta de que no llevábamos más flores... que nosotros. Ocho Flores y así se lo hicimos saber a mi madre. Nos sonreímos entre nosotros y eso dejamos.

martes, 26 de mayo de 2020

las plumas en la mejilla

Nuestra primera casa en Tetuán fue un sexto piso en "la ciudad de los periodistas", en la Avenida Mohamed V, pero por debajo de la Avenida Mauritania. Teníamos en plena ventana una magnífica vista del Gorges y me tenía que controlar para no estar todo el día mirándolo o haciéndole fotos. Soberbio.

Mi hija tenía 8 ó 10 meses en esos momentos. La poníamos en el taca-taca, ese dispositivo para que los chiquillos den sus primeros pasos y, como no teníamos muchos muebles, todo el salón para ella sola, o casi. Por encima de su cabecita, el Gorges, debajo, mi pequeña maravilla. 

Pero estábamos preocupados, hacia cosas raras. Se quedaba parada, con un dedo en el aire y lo movía muy despacio. No teníamos ni idea de por qué ni para qué....hasta que, a fuerza de observación descubrimos un extraño fenómeno. 

Las moscas volaban despacio y ¡se hacía cosquillas en el dedo con las moscas!. Asombroso!. Bueno, pues ya teníamos tres espectáculos, el Gorges, mi niña y su dedo con las moscas.

Unos meses más tarde, cambio de casa, al edificio del control, en un sexto piso también, y ahí no había moscas y la vista era hacia el Dersa. Pues, en un piso más formal, pusimos cortinas y, por esas cosas que sólo pasan en Tetuán, un amigo de amigos de amigos, nos propuso que incluyéramos en el tul (o como se llame) de las cortinas unas plumas de cola de gallina, tintadas. Y las pusimos. 

Aquello era original. Teníamos unas cortinas emplumadas -como los mexicanos con sus serpientes, según dicen- pero, nuevas sorpresas. 

Las plumas empiezan a desaparecer. Poco a poco, hay menos plumas y estamos sorprendidos. Hasta que comprobamos que las desapariciones van en una franja de altura que coincide, justamente, con la que puede marcar mi hija, desde su taca-taca para arrancarlas.... y hacerse cosquillas.

Y, la última. La mejor. Sería despues de Navidad o por ahí. La "enana" tiene ya año y poco, muy poco, pero anda bien.

Una tarde, en la Medina, atravesamos la Guersa, camino de Mcabar. La llevo cogida de la mano, andando muy tranquilamente y la chiquilla va mirando a todos lados, señalando sin parar a todo cuanto se mueve o está quieto.

En cuanto enfoco hacia Kharrazin, sin poder evitarlo la chiquilla se ha agachado, ¡ha cogido por el cuello un gatito pequeño y, sin vacilar, se lo ha llevado a la cara para hacerse cosquillas con sus bigotes!. 

Se forma una pequeña revolución. Dos artesanos que están cada uno con su puestecillo, se han tirado materialmente a quitarle el gato. Yo, también me he agachado para evitar el posible desastre de un ojo fuera de su sitio. Nos encontramos los tres tirados en el suelo, con todas las manos encima del pobre gato que no tiene culpa de nada.

Reimos de buena gana. ¡Vaya aventura extraña!. 

viernes, 8 de mayo de 2020

Incorporación al Instituto, Setiembre 1980

El 11 de Marzo, Lourdes Sierra Perez, pidió que contáramos alguna aventura, anécdota o historiera que tuviera que ver con nuestro pasado común. El "Insti" de Atarfe.
Resulta que me quedé enganchado porque yo tenía que haber dicho algo, pero con esto de estar todo el día con Fina, y no con mi mujer, me tiene distraído.
Con todo, he recuperado el ánimo y aprovecho para tomar la cuestión.
No he contado a nadie el cómo llegué a "incorporarme" (se decía así en el tema laboral) al Instituto, entonces "Sección Delegada del Instituto Politécnico de Formación Profesional, de Granada.... en Atarfe".
A ver, hace demasiado tiempo (porque me gustaría que hubiera sido ayer) y no se me puede olvidar.
Los profes teníamos que ir al Centro en fecha de 4 ó 5 de setiembre del año en que nos hubieran dicho que tenía uno que "apuntarse" (si no, ni trabajabas, ni cobrabas, claro) y yo estaba encantado.
Atarfe era un pueblo conocido de viejo por mis andanzas estudiantiles en la Uniersidad de Granada y, aparte, mi familia política tenía una cantera con lo que era de sobras conocido.
Me puse un pantalón nuevo -o casi- una camisa que sí era nueva y, como estaba cerca, me subí a mi Mobylette de 49 cc., que era un caballo indestructible y me dirigí al pueblo.
Vivía en la calle Mesones, así que, Santa Teresa o Tablas hacia abajo, camino de ronda, Villarejo y carretera de Málaga.
Carretera de Cordoba y, al pasar un poco más allá de la "Venta del Grillo" (que era desde donde salía la desviación de Maracena) me encontré con que un perro empieza a correr a mi lado.
Reduzco velocidad porque era algo grande, es decir, me podía hacer caer... sigo, curvo un poco a la derecha, al lado de la Fábrica de Tabacos, y el perro parece haberse quedado atrás, y ya con confianza hacia mi destino profesional, acelero.
En eso que el perro echa a correr y se cruza, totalmente, delante de mi rueda delantera.
Yo ví -perfectamente- cómo el manillar de mi "moto" pasaba por debajo de mi.... hasta que llegué al suelo.
Un derrapaje monumental, resbalé unos cuantos metros y me encontré tendido en el suelo.
Llegaron unos cuantos conductores y usuarios de vehículos que pasaron por allí.
Pero, en lugar de quejarme, hice la suprema inteligencia de decir que ¡no me tocaran!. Yo creía saber que dominaba el dolor lo suficiente como para recuperar el control de mis piernas, brazos y demás.
Efectivamente, 1,5 segundos después, no sólo recuperé el control de mi cuerpo, sino que .... no quedaba nadie a mi alrededor.
Me pareció sorprendente la reacción de la gente. Nadie. La moto, en el suelo, el perro, váyase a saber dónde estaba... Y, entonces, me dirigí al colegio que hay al lado y, entrando en la administración le pedí a uno de los empleados que me dijera dónde estaba el sericio y, por favor, si tenía algo de "mercromina", (que es como el Betadine, pero ás antiguo).
Me lavé lo que pude, me embadurné de rojo las heridas más escandalosas y, en ese momento descubri que tenia trozos de pantalón inexistentes y, también, algún trozo de camisa.
Pero, yo tenía que ir a Atarfe y pensé. Si dejo el camino, vuelvo a casa, llamo al Centro y les digo lo que ha pasado y vuelvo mañana, que era lo "normal", puedo cogerle miedo a la moto y, realmente, no ha sido ella la que ma ha tirado, sino el perro.
Así, que como siempre he tenido poco escrúpulo con mi aspecto, decidí irme al Insti, presentar los papeles, "tomar posesión" y, después, volver a casa.
Y así lo hice. Fui al Insti, firmé los papeles, conté el suceso y, al cabo de un par de cervezas de final de mañana, con trozos de cuerpo de color rojo al aire, volví a casa.
Al cabo de un tiempo, cuando ya teníamos confianza personal entre los compañeros que íbamos a formar el equipo de profesores, me contaban que les había caído mal, que ¿cómo se me había ocurrido ir a tomar posesión tan marrano y con la ropa rota?....