martes, 30 de junio de 2020

Historia de una caja culta

Durante la estancia en México, verano del 82, tuvimos ocasión de visitar sitios maravillosos e ir adquiriendo objetos variopintos y preciosos. Huipiles, pinturas, objetos de cerámica y regalos varios.
Al cabo de un tiempo, cuando tenemos que ir preparando la 'vuelta' hay que prever dónde nos traemos esas cosas.
La casa de Pacho y Carmen, en la Avenida de Cuitlhauac, estaba aún en formación y quedaba una caja grande de un microondas que habian traído desde los USA.
Nos dijeron que la utilizáramos porque parecía recia, grande y capaz. Y allá que fueron a parar la multitud de cosas.

Además, como ya estaba claro que iba como "exceso de equipaje" nos preparamos para comprar algunos regalos más. 
Entre otros  varias botellas de Tequila que eran las adecuadas para fulano o mengano (no recuerdo para quiénes).
Se hizo el paquete, se cerró, se ató al estilo de las primitivas cajas de pueblo que se llevaban en autobús y se le puso alguna etiqueta 
Primer día de octubre o segundo. Al aeropuerto con el magnífico "Van" de los Pachos. 
Nos metemos en el embargque de un Tristar de la Pan American que nos llevará a New York. Pagamos la tasa y fugazmente nos encontramos que somos de los pocos pasajeros que estamos en el puesto de facturación con maletas o alguna bolsa...
En el avión, normal, viaje aparentemente del montón hasta que nos sorprende la "distinción" del pasaje. 
Mucha gente, muy formal, matrimonios bien vestidos que llevan encima de las rodillas un maletin -portafolios- medianejo de tamaño, pero nuevo y bien limpito.
Nos bajan en Dallas, aeropuerto que actúa como aduana para descargar de tal función al Kennedy de Nueva York.
Hay que pasar a la sala de aduanas donde, de los doscientos y más pasajeros que fuéramos en cabina, estábamos seis o siete.
En la cinta, nuestra caja, rueda sola hacia un señor del sur de Estados Unidos, o sea, negro, enorme y que habla español.
Pero ocurren varias cosas. De un lado el que en esa cinta transportadora hay dos o tres objetos tan sólo. Segundo que nuestra caja es gringa, viene de México y no le habíamos tapado las marcas ni logos que indicaban un horno de microondas.
El señor aduanero se echa a reir y dice: "¿Ustedes saben en qué avión vienen?¿Saben por qué no hay más que dos o tres objetos de equipaje?, ¡Ah! y ¿cómo se les ocurre traer una caja de microondas gringo desde México a USA?".
No le sabíamos contestar. Nos dice: "El avión viene lleno de dinero. Sus compañeros de viaje vienen a ingresar en bancos de aquí el dinero que traen en maletines. Esta tarde se vuelven a su tierra". Y, sobre la caja dice que resulta "sospechoso" que un microondas venga de México para acá",
Abrimos la caja y, con gran satisfacción nos alaba el gusto de las compra que habíamos efectuado.
Nuevo salto hasta New York, donde no hay problema hasta que llegamos al embarque. Alicia y Rafalillo van al servicio, yo, en la cola 
Pero hay miles de miles de gentes. No van a poder verme con lo que tengo que subirme a mi microondas para resaltar entre la multitud. Me subo, oteo el horizonte, me bajo para empujarla el metro que ha avanzado la cola. Me vuelvo a subir... y así hasta que aparecen y dejamos los equipajes en facturación.
Viaje agradable sin problemas durante toda la noche. Rafalillo se duerme cuando vamos por la vertical de Lisboa. O sea que al llegar a barajas hay que dejarlo como un saquillo en el cochecito que tenemos.

En el mostrador de Barajas, recojemos la caja, pasamos a Aduanas y, al trastearla sale de ella un olor característico ¡Tequila!. Se nos queda el cuerpo cortado. ¿Disolverá el tequila los bordados, el color de los huipiles, los cuadritos sobre lámina de piel, los....?.

Nos dan el visto bueno de pase y, corriendo, con la caja medio abierta pasamos a uno de los mostradores a abrirla del todo y ver qué es lo que se ha roto, manchado o disuelto.

Aparece a nuestro lado un señor de porte muy distinguido. Nos dice que si nos puede ayudar porque ha olido el Tequila y dice tener experiencia de manchas al respecto.
Sacamos los recuerdos, algunos mojados y este señor trata de averiguar la marca del licor peligroso. 
Cuando sacamos los cristales de la botella rota nos dice que "ese Tequila no mancha". 
Seguimos con la reordenación de lo mojado, poniéndolo aparte para lavarlo después y, así, vamos charlando con el nuevo amigo.
Nos cuenta cosas de los huipiles y de las pinturas de colores naturales.....



Bueno, pues todo se acaba. Reordenamos la caja, la cerramos con la cuerda que traía y nos despedimos de nuestro amigo. Su señora, cerca de nosotros, esperaba el final del trabajo.

Al poner la caja en uno de los carros del aeropuerto, se nos acerca otro señor y nos dice, ¿saben con quién estaban hablando?. Le dije que sí, que sospechaba que sí. Dije, es Vargas Llosa. 
El nuevo contertulio se queda admirado. ¡Un señor tan importante! y pregunta, "y de qué han hablado con él"?.

Ahí creo encontrar un motivo para un farol. "Ah, pues de huipiles y de Tequilas mexicanos"....

Y se me subió el orgullillo culto a mi ego. ¡Había hablado con Vargas Llosa de cosas de etnología!. ¡Qué chulada!.


viernes, 19 de junio de 2020

Más de tío Manolo Flores

Recordando a nuestro tío Manolo creo que no le importará que saque algunas de sus anécdotas más divertidas. 
Creo que dije que era una persona de lo más jovial del mundo. Trataba de que cualquiera que estuviera a su alrededor se lo pasara bien y, si tenía que exagerar algo, pues se re-exageraba si nos iba a hacer reir más.
Así, cuando nos contaba los viajes a Seúl, decía que eran tremendamente largos. Que se subía en un avión y, casi, no sabía ni cuando iba a llegar ni si iba a hacerlo.
Decía que, claro, en algún momento había que ir al servicio y aprendió a hacerlo sólo cuando no hubiera turbulencias.
Señalaba que en aquellos aviones de hélice, recuerdo que nos los había indicado en alguno de los paseos a Tablada, eran los DC-3, de origen americano, tenían el WC en la cola, al final del pasillo. Y, en ellos, te refugiabas después de un ondulante paseo entre las dos filas de butacas, llegabas... y esperabas tranquilidad porque, si había un "bache" en el aire, corrías el riesgo de encontrarte con tu producto final alojado en el cogote.
Mi padre trataba de frenarlo...."Manolooooo", pero rodeado de chiquillos muertos de risa que visualizábamos la situación, era difícil de que se callara.
Con todo, la mejor anécdota era una que tenía muy elaborada. Con introducción y todo.
La voy a poner entrecomillada porque voy a tratar de ser fiel al recuerdo.

"Todos sabéis que en la base aérea de Talavera la Real, han traído los primeros aviones de combate, de propulsión a chorro, que va a tener el ejército del aire. Los T-33.
Pues bien, ha ocurrido un percance muy extraño que tiene preocupados a ingenieros y usuarios. Los fuselajes tienden a rajarse, aparecen grietas en ellos y hay que estudiar el por qué ocurren. Un avión tiene que funcionar enteramente nuevo, sin falla alguna.
Como los ingenieros están bastante confusos, han pedido a todos los aviadores que digamos las ideas quese nos ocurran para poder interpretar el fenómeno y, sobre todo, su solución.
Pues bien -decía el tío Manolo-, yo he sugerido que se hagan filas de agujeros, rectas. Distribuidas al azar por toda la superficie.
A los jefes les ha sorprendido el tema. Me han llevado a Madrid y he tenido que explicar mi proposición delante de un tribunal técnico.
Cuando me lo han hecho hacer, les he dicho que yo lo tenía claro porque, todo el mundo sabe que, cuando va uno a cortar un trozo de papel higiénico, se rompe por todos los lados.... menos por donde tiene los agujeros".

Ni que decir tiene las carcajadas que nos provocaba.

Un buen recuerdo, divertido, de un hombre bueno.


lunes, 1 de junio de 2020

El grande, increíble, inefable, inconmensurable, inmarcesible tío Manolo.

Creo que voy dejando suficientes testimonios de mi gustazo con los recuerdos familiares. Con todos. No hay día ni ocasión en la que no encuentre algún detalle, objeto, imagen o situación que no me recuerde a cosas pasadas y, siempre, apasionantes y divertidas.

Claro que, teniendo esa vivencia, es fácil pensar que no me puedo aburrir. Más aún cuando hay cosas en mi casa que han sido copiadas de aquella casa madre de Marqués 40 (luego 38), de Linares.

Pero, gozando con eso, he tocado algo más curioso aún. La familia ocupaba todo, pero ¿todo del todo?. No, y al igual que esa aldea gala que resiste a las legiones de Julio César, había algo que no era llenado: mi curiosidad.

En el campo al que me estoy refiriendo aterrizó en que un día pregunté a mi padre por quiénes eran sus hermanos y sus padres. Él, atento como siempre a mis cuestiones, se echó a reir y me hizo recordar que no hacía mucho tiempo habíamos ido a Córdoba, a ver a "sus" tías María y Adelaida. 

En ese momento caí en que yo también las había incluido en que 'eran' Martínez, porque todo lo que me rodeaba era así y, de golpe, amplié mi mundo. Había más gente.

Pero voy a lo sencillo. Tomemos un personaje -no Martínez- pero que merecería haberlo sido. Preguntad sobre su recuerdo al tío Rafa o a la tía Pily porque, seguro, que se acuerdan de él y de sus "cosas".

Era militar, suboficial del Ejército del Aire donde ocupaba un puesto técnico. Era radiotelegrafista y muy bueno (varios premios de rapidez y precisión, tanto en español como en Inglés) pero sus cualidades eran más humanas que castrenses.

Con un humor envidiable estaba todo el día contando "cuentecillos" (diría mi padre) en los que primaba la risa y, también, trataba de hacer la vida de la gente lo más agradable que podría hacer. 

Era notorio verlo llegar a nuestra casa de Sevilla, con un besugo en la cartera para entregárselo solemnemente  a la "señora de la casa" quien, seguro, haría un magnífico plato. O bien, la cartera llena de habas, o de bacalao para unas lentejas o... lo que fuera. 

Los sábados reunía a una pandilla pintoresca: tío Pepe Martínez, el primo Jose Luis Martínez de la Puerta, mi hermano Pablo y yo. Nos llevaba hasta las cercanías de la Estación de Córdoba y allí cogíamos un tranvía moderno, plateado, que dando la vuelta alrededor de Triana nos dejaba en Tablada.

Pues la base aérea para nosotros sólos. Los solteros suboficiales y los sobrinos de Manolo. Paseábamos por entre los aviones: Junker, Heikel y Casas de caza, subíamos a sus bodegas, siempre bajo la supervisión de los colegas del tío. Nos hacíamos fotos entre sus hélices y, después, a merendar al bar de suboficiales. 

Allí jugábamos al dominó, y nos lo hacían hacer con tal pericia que los dos sargentos oponentes -siempre en equipo- nos dejaban ganar. Después, ganaban ellos y mi hermano Pablo tiraba las fichas bajo el jolgorio de toda la residencia. Nos ponían morados -auténticamente- de unas anchoas como no había otras iguales y, a la tarde, camino a casa.

Mi tío jugaba con poner a mi padre nervioso. Por ejemplo, nos enseñó a acabar con la sopa, a base de tomar el plato como gran cuchara y sorberlo por el borde. Además, nos hacía cómplices porque, como un gran juego, nos miraba a los sobris y, todos a la vez, nos echábamos el borde a la boca bajo la voz tonitruante de mi padre que decía "¡Manolooooo!". Pero, a la vez, nos hacía reir en buena lid cuando trataba de convencer a mi padre de que había ido a la guerra de Corea a ayudar a los americanos... y contaba anécdotas entre técnicas y escatológicas de lo que pasaba cuando en un avión de hélice y sentado en la parte trasera del mismo -el WC- el aparato 'caía' en un bache.

Esos detalles los dejaré para otra ocasión. Pero, lo curioso, es que descubrí que sí había habido un destacamento español en la guerra de corea, pequeñito, pero, ¿fue el tío Manolo?. 


Seguiremos.