sábado, 15 de abril de 2023

El final del sofá familiar

 

Este es -ha sido o fue- el final de un objeto querido. Creo sinceramente que no ha podido ser de otra forma y celebro haberlo hecho con respeto y, casi, unción. No podía ser banal sino llamativo, casi escandaloso....y lo fue, vaya si lo fue.
Parto del hecho que os debe ser conocido. En casa de mis padres hubo siempre un sofá. Un sofá que admitiría poesías y trovos varios, vamos, casi como el ripio de Quevedo, pero más grande... No hay nariz que se parezca a un sofá y, por eso.
 

 
SONETO A UNA SOFÁ
Érase una familia a un sofá pegada,
érase una sofá superlativo,
érase un alambique medio vivo
érase una balleno mal barbado;
era un reloj de sol mal encarado.
érase un elefante boca arriba,
érase un sofá sayón y
escriba,
un Ovidio Nasón mal
tapizado
Érase el espolón de una
galera,
érase una pirámide de
Egipto,
los doce tribus de muebles
era;
érase un mueble infinito,
frisón pesado, inmanejable
asustador de pesos, para dejarnos
morados y fritos.....
Y, le llegó su momento, vaciada -o casi- la casa familiar, nos quedaban tres objetos de similar servicio. El "sofón" y dos "sillonazos".
Ante nuestra sorpresa, desmontado un poquito de los sillones, cupieron en el ascensor, los puse en mi remolque y para casa que fueron.
Pero el sofá, el sofá tenía historia -siempre la tuvo-.
Pablo, Nico y yo, mirándolo, con aprensión, con acojono, con debilidad, con sensibilidad, con un qué hacer, con una lástima con un antifrenesí.
Y, así, pasaban los días. Hasta que Nico, el más joven y entusiasta, diseñó su futuro.
"Esto tiene que ir bien para montar u n sofá de intemperie, de esos que tienen una estructura de madera y se le pone encima cualquier cosa.
Pero pesaba, pesaba, pesaba y nos pesaba, nos pesaba, nos pesaba.
Total, decisiones, le hicimos una raja a la tapicería. Había que ver qué tenía por dentro. Se trataba de ir hacia la idea de Nico pero, si era posible, desarmarlo en casa, para no bajarlo entero.
La raja no dijo ná. Raja y oscuridad, y pelos, y gomaespuma y gutapercha y brillos mates de hierros misteriosos. Y.... ná.
Pues no sé cómo me las arreglé para que me tocara el evento a mí solo.
Bueno, sólo, no, me llevé a Mullido, marido de Asusa, la amiga que cuidó a mis hijos en Tetuán y que tenemos por Granada desde hace más de treinta años.
Pero Mullido, en realidad Abdelmjid, no habla español y yo, 24,3 palabras en dariya, o sea, que vamos a hacer un trabajo en conjunto indicándonos las acciones por signos y sobreentendimientos.
Así, pues, subimos a la casa.
Una sierra "de sable", de las de podar, con una hoja nueva, recien comprada.
Los dos frente al sofá. "Laaaa bas?" (Mllido), yo: "amdoulilah, Anaia, el sofá". Mllido: Velati, velati (y lo pone boca abajo), se asoma por la raja que habíamos hecho y, con un cuter la hace más grande y más profunda.
"Chof, Chofía" (mira, mira aquí), Miro. Cuerdas, tela, muelles y tela de saco, todo recio y bien agarrado.
Me señala la sierra y, dándole vueltas tratamos de discutir por ensayo incomunicado y error conseguido, por dónde estarían las tablas principales.
Empiezo a cortar, la sierra llega a término bajo ruidos de chocar contra hierro, lo que nos sorprende.
En el otro lado, igual.
Y, ya tendría que estar. No, no está. Y no lo está porque nos ponemos a tirar de las estructuras de los brazos que, "teóricamente", tenían que estar cortadas y no se separan.
Cortamos de nuevo, volvemos a tirar. Y, en u n momento, pequeño éxito, una de los laterales se desprende y acabamos Mllido debajo de la ventana, sentado en el suelo y yo un culazo contra la puerta.
Nos recomponemos. Bebemos "elma" fresquita porque estábamos sudando. Y volvemos 'a la carga'.
Ya tenemos dos pedazos. Un apoyo lateral, y el espaldar, y, en el otro 'lado' el fondo y unos maderos del otro lado.
Nuevo cortes, nuevos velati, velati (espera, espera), algunos "malek", (cuidado), ielelen ielelen (demasiado), o exageraciones" Bissaaf". O sea, que la obra es algo así como será el túnel del estrecho.
A las dos horas hay un mamotretillo formado por el lateral izquierdo, otro similar, más deshilachado que es el derecho, Un espaldar del que se asoman los muelles que está expeliendo crin de caballo, cretonas, tachuelas y hilos de tela de saco y, por debajo, un paralelepípedo (bueno, más o menos) que es el asiento.
Los bajamos al remolque. Ya está lejos la posibilidad de que de ahí Nico saque el sofá de intemperie que quería, que, por cierto se podría haber intentado, pero no dijo nada más.
Al llegar a casa, comienzo de invierno, empiezo a romper todo el tejido para quemarlo -no sirve para otra cosa- y desmonto.
Mil doscientas tachuelas, horquillas de hierro par sujetar los muelles, tela de saco superresistente, y dos mil metros de nudos de cuerda magníficamente hechos para sujetar los muelles -85, dobles cónicos en asiento, espaldar y brazos.
Con todo eso, qué cabía hacer.
Un entierro vikingo, aún sin balsa.
El fuego consumió todo lo que hubiera podido haber contado.