Lunes, 16 de Febrero de 2026.
Vamos a la cantera, hemos quedado con Manolo, el de la empresa de los contenedores de al lado, para diseñar cómo van a rellenar algunos espacios que habíamos previsto aplanar.
Como siempre, todo muy plácido y agradable.
Siempre motivados por qué hacer con tanta piedra que queda y eso, paseamos por la nave antigua.
Sorpresa. La habitación en la que se guardaban las herramientas está limpia. Pero limpia, vamos, de cuarto de baño. Nos extraña.
Nos parece que es susceptible de que alguien quiera utilizarla okupándola. Y, claro, se levantan las cejas.
Por suerte hay un piedro plano, en el suelo al lado de su puerta que, parece, va a ser fácil empujarlo con el torillo.
Voy a por él. Como siempre y sorprendentemente, arranca fácil. Lo llevo a la nave, con las horquillas abro la puerta que ha atascado algo y empujo. Pero, claro, no hay cosa fácil, hay que poner una piedra para que lo que hacemos sirva para algo, se pone, se empuja la otra, es algo más difícil de lo que se esperaba, pero no me satisface.
Salgo fuera y busco una piedra mayor. Como el suelo está mojado y blando hay que hacer alguna virguería para subirlo a las horquillas.
Al final, todo queda como se esperaba. Habitación cerrada y sellada.
Es tarde, volvemos a casa y pasamos por nuestra amiga Fany, a comer.
Todo lo bien que han resultado mover pesos pesados por la mañana se vuelve en mi contra. Echo una cerveza, así, como suena, encima de Alicia. Mojadita entera. Y, cuando voy a reclamar no sé qué al camarero, un mal entendimiento de posiciones hace que choquemos y una bandeja entera de bebidas se va al suelo. Mojamos a una clienta -ya llevo dos esta mañana- y, bueno, acabamos y vamos a casa.
Como los éxitos y fracasos han sido variados. Netflix y buscamos caos en la Casa Blanca, CIA y FBI... son muchos más tranquilos que nuestras aventuras mañaneras.
