miércoles, 26 de diciembre de 2018

huevos fritos con patatas

Yo hice la mili. Como todos los compañeros de mi edad en aquellos tiempos. 
Hacíamos lo que se llamaba la "milicia universitaria" que era un no extraño contubernio por el que facilitaban a los estudiantes el que el 'servicio militar' no interfiriera en los estudios.
Durante los veranos íbamos a un campamento de instrucción que, para nosotros, estaba en Montejaque -Ronda-, donde aprendíamos "orden cerrado" y no sé cuantas cosas más. Pero, ahora que pienso algo, todo o casi todo lo que aprendí allí me ha ido sirviendo en distintas etapas de la vida.
Pero no se trata de hablar de aquello, sino de otra cosa más curiosa, más cercana a los usos y costumbres familiares y, por tanto, mucho más próximo a todos
Sucedió al hacer las "prácticas de la milicia" que era como se llamaba a un período de la instrucción en la que, nombrados sargentes o alféreces, seguíamos aprendiendo las tareas propias de la vida militar.
Aprendíamos mucho, mucho más de lo que se puede pensar y, entre ellas, a hacer machadas de distinto tipo.
La que más se acerca -como he dicho más arriba- a la vida familiar es la siguiente
Hice amistad y guardo un excelente recuerdo con un compañero, proveniente de Barcelona capital, que estudiaba -o había acabado- "económicas". Estábamos en el C.I.R número 5, en Cerro Muriano, en Córdoba.
Por la razón que fuera, casi desde el principio de ser destinados allí, empezamos a charlar, tomar cerveza y cambiar impresiones sobre el mundo, la historia y qué duda cabe, aspectos de la política cotidiana y la por venir.
Campamento de Cerro Muriano.
En nuestro tiempo era mucho más pequeño

El caso es que nos hicimos amigos.
Y, en mitad de nuestro período de prácticas aconteció un fenómeno singular. Habíamos empezado en instalaciones asombrosamente absolutamente cutres, de campamento de desierto entre encinas y barracones del siglo XIX, a otros edificios modernísimos, límpidos y diáfanos cual es difícil imaginar.
Entre sus maravillosas maravillas estaba la cocina. Tenían una freidora sensacional. Hacía unas patatas fritas maravillosas, tanto, que nos picamos con ella.
Un día le dijimos al personal de cocina que "no eran capaces de freir tantas patatas como nosotros de comérnoslas".
Y, se fijó la apuesta. 
Llegamos de las horas de instrucción y nos esperaban a cada uno una bandeja de patatas fritas y, además, otra de propina. 
Pedimos tres huevos cada uno y, empezamos a comer.
Cerveza, las que hubiere menester y, así así, no nos importó quedar empatados con el personal de cocina. Comimos todas las que habían sido capaces de freir.
A esa hora tocaba lo propio. En Agosto, en Córdoba, siesta.
Subimos a nuestros cuartos con la única limitación marcada por el que, al final de la siesta, había que seguir con las tareas instructivas.
Pues, nada más, dormimos y, a la hora convenida nos llamaron para ir a las tareas propias.
Llegamos a nuestras respectivas unidades y advertimos que los mandos y la tropa nos miraban con cierta sorna.
Es verdad que habíamos llegado "con la hora pegada al culo", pero no parecía haber ningún problema.
Hasta que nuestros respectivos capitanes nos llamaron en un aparte y nos dijeron que 'habíamos perdido un día'.
Yo, supongo que Mario también, me quedé un moco mosqueado. ¿Que habíamos perdido un día?¿Qué significaba eso?
Pues nada más y nada menos que, que, habíamos perdido un día. Es decir que nos tumbamos a 'echar una pestaña' un día y habíamos aparecido al siguiente.
Yo venía desde el campamento 'de arriba', el del "llano amarillo" y Mario, me parece, que desde las propias instalaciones.
Nos vimos a la hora del "alto" y empezamos a recibir informaciones, risas de los compañeros y miradas cómplices de todos con los que nos cruzábamos.
Hasta que, al día siguiente -o esa misma noche- empezamos a recibir información más concreta.
Nos echamos a dormir, conscientes y con dominio normal de las habilidades psicológicas y normales, pero el cuerpo -aparato digestivo- dijo de las suyas. 
Al parecer, al cabo del rato normal para final de la siesta, alguno de los soldados ordenanzas de la residencia de suboficiales donde residíamos, subió a vernos y, al comprobar que estábamos requeteprofundamente dormidos, no se le ocurrió otra cosa que avisar al cuerpo médico. 
Nos visitó el médico que fuera, comprobó que no estábamos mal, tan sólo atiborrados de papas, huevos y cerveza y... avisó a la superioridad quien, a su vez, avisó a las respectivas unidades para que 'no nos esperaran'.
Y, así, 'perdimos un día'. 
Pero a los dos días nos llamaron del "mando". 
Fuimos los dos un poco cariacontecidos, ¿qué nos aguardaría?.
El Coronel, Teniente Coronel o lo que fuere, nos recibió en su despacho. Muy serio, pero, por debajo, se le notaba que no estaba enfadado y dijo algo que hoy día sería inaceptable.
"Señores, han faltado ustedes a su deber, han tenido un fallo grave de falta a sus responsabilidades, eso no se puede hacer, pero.... , pero.... teniendo en cuenta que han repetido de alguna forma la tradición militar de hacer esa machada, dénse por satisfechos con....(no recuerdo qué sanción nos pusieron, ni siquiera si hubo alguna).
Y, no hubo más, a lo mejor nos tuvimos que quedar algún domingo confinados en la residencia, pero, desde luego, si lo hicimos, no volvimos a desafiar al personal de cocina.
Ahí ha quedado eso. En nuestro curriculum ha de constar que fuimos reconocidos por hacer una machada de huevos... con patatas.
¡Ah!, se me ha olvidado decirlo, pero Mario, el citado líneas arribas, se convirtió en mi cuñado algún tiempo después. Y, para que conste, yo sigo considerándolo como tal por encima de los avatares administrativos.
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a D.Nicolás lo pilló un tren

Como estoy metido en un muro de ferroviarios, ayer, al ver alguna de las cosas que tienen que ver con los "trenes" antiguos, recordé cómo mi padre nos contaba el episodio de cuando le "pilló un tren" -auténtico- en la estación de Córdoba.




Nos decía que por un defecto incomprensible en una estación de importancia, la vía de enlace era la primera que ocupaba el andén de pasajeros.
Es decir que, cuando había que hacer maniobras y llevar vagones de un lado a otro de la estación, tenían que pasar por el sitio donde un montón de viajeros esperaban al tren para tomarlo o para ver llegar a sus viajeros familiares
Era peligroso. Recuerdo tal fenómeno. Llegabas a la estación y veías como te sujetaban para que la locomotora de maniobras no te diera un porrazo.




Pero a mi padre sí le dio. Por lo visto se asomó mirando hacia el sentido contrario donde venía aquel ingenio mecánico.
Nos contaba que se despertó en el hospital aullando de dolor. Pero no por el porrazo, que ya había sido, sino porque el médico de urgencias -o como se llamara entonces- trataba de quitarle el hollín, grasa y suciedad en general de la herida que le había hecho la máquina.
Ese porrazo le marcó toda la vida. Y nos marcó a nosotros.
Cuando en la historia común de primos, cuñados, sobrinos y demás especímenes Martínez, alguien se daba un porrazo, contusión o incisión en alguna parte del cuerpo, estabas perdido.
Aparecía mi padre que, con una esponja aquellas de espíritu de calabacín, jabón lagarto, una palangana y agua, te frotaba la herida hasta llegar a la zona más limpia de tu cuerpo.
La higiene le salvó. Y la higiene nos salvó a nosotros. Siempre.
Tenías una herida en carne viva, escocedora y brillante como pocas durante unos cuantos días.
Pero nadie -o casi nadie- tuvo heridas infectadas. No había lugar, los microbios habían huido vertiginosamente al ver a mi padre con la esponja en la mano.
Alguna vez lo hice con mis hijos. Están sanos.

miércoles, 28 de noviembre de 2018

Los trenes eléctricos en la estación de Linares-Baeza


Alrededor del año 56, según mi jovencísimo recuerdo, comenzaron a electrificar la estación de Linares-Baeza. 
Siempre que bajaba con la familia a recoger a mi padre de alguno de sus viajes profesionales, me admiraban los "maquinones" verdes que tiraban de esos trenes tan sugerentes.
Pero, durante mucho tiempo, me tenían asombrado. Yo sabia que eran "eléctricos" y, según un razonamiento hecho sobre mi tren de juguete Payá, cuando un tren eléctrico está detenido, no tiene que hacer ningún tipo de ruido.
Pues, ahí estaba mi asombro, te acercabas a una 'Panchorga' y aquella, parada, resoplaba y bufaba como un hipopótamo.



Un día, pasando cerca de una loco que tenía las rejillas de aireación abiertas, comprobé que de allí salía "una 'caló'" de impresión.
Quedé satisfecho. Los bufidos y resoplidos eran de ventiladores. 
Luego, miraba a mi Santa Fé, de Payá, con cierta depreciación. Aquello ni era de vapor, ni estaba caliente, ni soltaba vapor por ninguna válvula, ni tenía ventiladores.
Pero era preciosa.


Es más, cuento la anécdota complementaria. Mi padre era director del Instituto de Linares, catedrático por partida doble de Física y aficionado a los trenes. Entró en contacto con los ingenieros que estaban montando la electrificación y, se los llevó a casa a jugar con el tren eléctrico que él me había ido regalando. A mí me mandaron a casa de los abuelos por aquello de que iban a hacer consideraciones sobre si se podrían electrificar los "cambios" (Rico o Payá) para montar estaciones como es debido en el salón de mi casa. Llegaron a la conclusión de que los cambios "de juguete" estaban más "duros" que lo de "verdad". Así que me quedé con el accionamiento mecánico y, sin marmitas que me valieran de algo. Pero, cuando los descubrí jugando, me enfadé. El tren era "mío"


Publicado en ferroviarios en Noviembre 18




domingo, 16 de septiembre de 2018

Cargar troncos en los camiones

Tengo recuerdos vívidos de mis sensaciones al estar entre los pinos. Y más los de la Sierra, nuestra Sierra, nuestro Paraíso.
Los tengo asociados con la felicidad, como objetos, como sitio, como olores, como ruidos, ¿habrá algo más feliz que el ruido del viento en los pinos?.
Pero, a la vez que disfrutaba de las sensaciones pinateras nacía en mi una afición que ha ocupado una buena parte de mi vida. Las ruedas, los volantes, los coches y sobre todo, los camiones.
En el Paraíso había una felicidad ambiental y unas señales que anunciaban las otras, los carriles.
Me fijaba en todas y cada una de las señales de ruedas que pudiera haber en el suelo. Es más, yo no caminaba por los senderos, yo conducía y, cuando una esquina del camino era muy apurada, yo hacía 'maniobras' marcha adelante y marcha atrás hasta que conseguía meter mi juego de ruedas trasero en la continuación de la vía.
Pero junto con esto aprendía cosas vitales. No se pueden tener dos cosas que te gusten mucho a la vez. Los pinos estaban reñidos con los camiones y éstos, con los primeros. Eso lo vivía con atisbos de frustración. Si los pinos son quitados por los camiones, pierdo la mitad de mi felicidad, si no los quitan, pierdo la otra mitad.
Algún mayor vino a sacarme de esa tortura: Había que hacer "entresacas", es decir, quitar pinos -no todos- de entre medias de los otros para que los que quedaran crecieran más y mejor.
Así, pues, aprendí a sintetizar. Habría camiones que, sacando pinos, ayudaban a la prosperidad del monte. O sea, que podía seguir con mis dos aficiones.
Salvado este conflicto tenía otro que me resultaba enigmático. Vi cortar pinos, cómo los descortezaban y desramaban los ví ajorrados hasta las navillas y amontonados allí, pero no veía cómo los subían a los camiones.
Cada vez que hubo ocasión le pregunté a los mayores sobre el cómo podría hacerse. Me atendían con cariño para negarme la respuesta. Nadie sabía nada.
Hasta que un día tuve la respuesta.
Íbamos a la Fresnadilla, habíamos pasado el arroyo de la Almoteja y habíamos tomado el carril que nos llevaba a las casitas que había cerca del "seminario de verano".
Carril desde la Almoteja hacia la Fresnedilla. Se adivina aunque esté oculto por los pinos

Al doblar una curva, un camión. De frente, un preciosísimo camión extraño, chato, con el parabrisas inclinado al revés. Yo, parado, con la boca abierta.

camión maderero

Estaba éste con las ruedas de su lado derecho metidas en la cuneta, un par de troncos, no muy gruesos, hacían puente con la pendiente que caía sobre él.
Allí un tronco de pino, hermoso él, bajaba sujeto por unas cuerdas que rodeando fuertes pinos o toconas se deslizaban para llevarlo a la plataforma. 
Leñadores fornidos tiraban o soltaban cuerdas de acuerdo con voces de mando que daba alguien.
Yo, parado. 
Así se cargaban los camiones. Yo, parado. 
La panda familiar se detuvo un instante y algunos me dijeron "ahí lo tienes, aprende". Yo, parado.
Los Martínez siguieron andando, pasaron al camión por su lado izquierdo y, me quedé allí. 
Creo recordar que me llamaban, pero no oía nada, sólo el ruido de las cuerdas, las voces de los leñadores y los crujidos del camión.
Me quedé solo.
Al cabo de un ratito vi aparecer a mi padre que venía a recogerme.
Se puso a mi lado y tomándome por los hombros me empujó suavemente me llevó con la panda.
"Ya has visto cómo se hace lo de cargar camiones".
Y yo, inmediatamente, "sí, ya sé cómo se cargan los troncos que están por encima del camión, pero, ¿y si estuvieran del otro lado del camino?..."
No me contestó. Yo estaba medio contento, porque sabía la mitad de lo que quería saber. Me faltaba la otra mitad.

jueves, 23 de agosto de 2018

lectura del testamento de D.Nicolás

Mi "coco" funciona, como creo que es frecuente, a través de evocaciones y, cuando son positivas es agradable gozar de ellas. Es más, es bonito compartirlas a través de estos rollos informáticos.
Pues bien, ayer concretamente, estábamos en casa liados haciendo unos papeles de una herencia. Lectura del testamento, cálculos de hacienda y demás.
Y empezó la neurona correspondiente a llamar la atención: "¿te acuerdas?¿te acuerdas?", "¿de qué?", le dije. Y, entonces, la puñetera neurona (una de las pocas que quedan en funcionamiento), me dice: "¿recuerdas el suceso que aconteció cuando leísteis el testamento de tu padre?".
Y ahí se desencadenó todo.
Estábamos recién llegados a casa después de haber dejado a papá en su tumba del cementerio. Os podéis imaginar la sensación anímica de todos. El "desconcierto" -como a mi padre le gustaba decir- era mayúsculo. Sentados alrededor de la mesa del salón, silenciosos, oímos como a mamá se le ocurre decir: "¿Por qué no leemos el testamento?, hay ahí una copia".
Creo que fue Pablo a buscarla y, llegado al grupo comenzó a leer. ".... lego a mis hijos, los bosques, minas y pesquerías así como las explotaciones agrarias, vaquerías, piscifactorias....".
Atónitos estamos mirando a Pablo porque no podía ser que las letras de los papeles dijeran eso. Él sigue leyendo, los demás tenemos el asombro disparado sobre cómo se desgranan todas las actividades del "sector primario"....y, cuando va acabando el párrafo, sale la justificación "....si los hubiere".
Siguiente párrafo: "....lejo a mis hijos, las industrias de transformación, fábricas, cadenas de montaje....si los hubiere".
Ya la sorpresa se ha tornado en sonrisa. Empezamos a ver a D. Nicolás ¡tomándonos el pelo!.
En el sector terciario no nos legó la monarquía y el Estado porque iban a ser demasiado, pero, vamos, casi teníamos chalet en los Nuevos Ministerios, ...si los hubiere...
En ese punto estamos muertos de risa.
¡qué golpazo!. El bueno de D. Nicolás fue capaz de contarnos "un cuentecillo" después de muerto. ¡Cómo se lo agradecimos!. Pasamos del pesar de su desaparición a la presencia de su humor y que, además, quedaría -seguro- fijo en nuestras memorias.
Y así fue. Uno de los episodios más divertidos que se pueden tener nacido de una tragedia.
Hizo verdad la conjetura de que la vida puede surgir de la muerte.
¡Qué risa!.


El follón que nos lió en hacienda los veintitantos folios del testamento son objeto de otro cuentecillo. Ya lo contaré.

viernes, 3 de agosto de 2018

Los tornillos llevan razón.

Hay que ver lo que dan de sí las frases felices -oportunas-. Algunas de ellas tienen un valor educativo grande dada la veracidad, lo cortas que sean y lo inapelable de su veredicto.


Así, mi suegro, autodidacta en muchísimas actividades sociales y personales, dijo un día: "No te pelees nunca con un tornillo. Siempre llevan razón".


Como tal la empecé a utilizar en clase. Tanto en los talleres de máquinas de electricidad o de electrónica, pero poco a poco la fui ampliando porque había muchas más cosas que los tornillos que, también, llevaban razón.
Pero esto me lo enseñó un alumno. Estaba tratando de hacer un ejercicio de cinemática, tenía las 'fórmulas' delante de él y dijo: "Rafa, ¿las ecuaciones son como los tornillos?¿Siempre llevan razón?.
Dije, "evidentemente, nunca te pelees contra ellas"....

miércoles, 1 de agosto de 2018

primer día de clase

Mi primer día de clase tuvo que ser allá por el año 1971, a finales de Setiembre, en una Escuela de Magisterio de la Iglesia, "plan 67". Me encontré con que, con 22 años recién cumplidos, tenía una cohorte alumnil numerosa -cerca de 40- en la que había más mozas que mozos y a mi me parecieron muchas de ellas significativamente atractivas. Tenían, por no sé qué razón, edades muy cercanas a la mía, con lo que ahora pienso que estaríamos más en consonancia tomando cervecitas en una verbena que dando clase de "didáctica de la Física y la Química".
Con una velocidad mental que a mí mismo me sorprendió, me encontré dictando "normas" de convivencia para mi clase. Dije: se autoriza el uso del tú, soy, por tanto Rafa Flores. Se entiende que el ambiente ha de ser de una colaboración leal... etc.etc., y ahora viene lo mejor: Se prohiben vestidos ajustados, blusas transparentes o translúcidas y escotes profundos y pantalones excesivamente cortos..
Lo dije con la rotundidad de quien lo tiene claro y, como fui preguntado inmediatamente sobre la causa de estas "imposiciones", seguí 'aclarando'.
"Mirad, parece que debe estar claro que tenéis derecho a la mejor enseñanza que se os pueda dar y yo tendré el deber de aportar todo lo que pueda a este respecto, por tanto, no estoy haciendo otra cosa que proclamar mi derecho a no distraerme..."
Carcajada general y, se aceptó, y funcionó y, al final de curso recordábamos con humor el cómo había empezado el año académico.

domingo, 4 de marzo de 2018

En francés

En compartir una alegría que he tenido esta tarde.
Voy a Armilla, aparco y tomo el "metro" (que es un decir). En la estación hay un señor que me pide ayuda para sacar el billete. Vamos a la máquina y acabamos -los dos- hurgando ¡en nuestros respectivos monederos!, buscando monedillas para pagar el 1,65 que cuesta su billete. A todo esto -y desde un principio- hablando en francés. 
Subimos al vagón, nos sentamos y continuamos. Me dice que es de un pueblo del centro de Senegal (el señor, no era rubio, ni mucho menos). Hablamos de que se dedicó al comercio y que aquí -en Málaga y Granada-, no encuentra sitio para ejercer su antigua actividad y que está haciendo de todo un poco.
Nos reímos con las acepciones que conocemos de palabras en árabe en su tierra, con las que yo sé del norte de Marruecos.
Nos reímos con los acentos y las limitaciones que -los dos, decimos-, tenemos con el inglés.
Le pregunto respecto a los años que lleva en España y me dice que cinco. Vamos ya cerca del destino al que me dijo que iba.
En un momento me pregunta sobre cuántos años llevo -yo- en España. Le digo que 68 y jugamos a ver cómo se dice en árabe según su versión y la mía.
Al cabo de un momento me dice, "pero ¿usted es español?"
Le digo que sí y me dice con una sonrisa de oreja a oreja..."y, ¿por qué no hemos hablado en español?".
Se me ocurre contestarle (en francés): "porque soy un poco especial, si puedo hacer las cosas complicadas, ¿por qué voy a hacerlas sencillas?".
Da una carcajada y se baja en el "nuevo estadio de los cármenes".
Me quedé encantado del momento, del rato y de lo que habíamos pasado.

Zoe

pues, ahí va otro rato agradable.

Hace dos noches, estamos junto con un matrimonio amigo al lado del aljibe que hay en San Nicolás, en el Albaicin. De noche, alrededor de las nueve de la noche. 

Nos ha surgido de entre las sombras un joven, veintitantos años, que se dirige a mi amigo Antonio y a mí preguntando con un lenguaje un tanto estropajoso -además, en inglés- sobre si hemos visto un perro. Le decimos que no hablamos en inglés y cuando pregunta que ¿por qué no habláis inglés?, decimos que somos muy torpes.

Es un tipo algo extraño pero, no hay más, pasa y desaparece hacia la derecha.
En esa misma semioscuridad aparece una chiquilla que estaba sentada en el banco que tiene el aljibe. Al parecer se ha asustado algo y se acerca a nosotros.
Como siempre hago con cualquier posibilidad de alumno, antiquísimo, antiguo, normal, actual o futuro, me dirijo a ella y le pregunto sobre su nombre.
La chiquilla, preciosa, con pelo lacio casi rojo, me dice que "Lola" y, como también siempre, empiezo a jugar con las palabras. A ver, a ver, "Lola empieza por L y, termina, por t".
"No", responde.
Se acerca un chico, unos once años, que supongo su hermano y, también, le pregunto sobre cómo se llama: "Pablo", dice.
Le digo, "pues, Pablo empieza por P y, acaba, por a".
"No", responde.
Con los dos sumamente atentos, trato de explicarles el juego.
"¿por qué letra empieza 'termina'?", les digo.
Me sonríen y hacen ademán de que lo han pillado.
Empezamos a jugar a las palabras, las letras y demás.
A esto, acuden los padres y, me sorprende que, detrás de mí hay una mocita de alrededor de seis-siete años (le falta un diente).
Se dirige a mí y me dice: "tú eres maestro".
Pues sí, fuí profe e, inmediatamente, me preguntan sobre mis clases.
Les digo: "¿Sabéis qué hacía cuando los chicos hablaban mucho en clase?". Los tres, a una, inquieren: "¿qué hacías?".
"'¡pues escribía al revés en la pizarra y les decía que 'eso' se lo iba a preguntar al día siguiente!". O bien, "les escribía las fórmulas 'de canto'".
Ya es la madre quien tiene interés: "Y, ¿cómo se escriben las letras 'de canto'"?.
Explico algo: Cualquier letra es una raya, Una fracción es un punto, un igual, dos... etc. etc.
A esto, la chica de siete años, trata de llamarme la atención "A ver si aciertas mi nombre". "Dame una pista", le digo.
"Mi nombre empieza con la última letra del abecedario".
Le digo: "¡Ah!, empieza con la o". ¡La mocita se parte de risa porque ha pillado mi juego! y dice:
"Vale, mi nombre empieza con la última letra del 'abecedarioz', Y acaba con una e, y tiene tres letras y nadie lo acierta..". Como se ve está lanzada.
Me echo a reir y le digo "Te llamas Zoe".
¡Y me regaló la mejor sonrisa del mundo!.

jueves, 8 de febrero de 2018

Excursión a la Fresnedilla

Esta era una de las excursiones con más encanto. Tenía de todo, exploración en el bosque, aventura en medio de terrenos erosionados peligrosos, agua debajo de las piedras y, finalmente, la civilización: un carril utilizable que nos llevaba al final: La fresnedilla.

Según mi padre, que actuaba como topógrafo, agrimensor y cartógrafo, la distancia desde la casa madre hasta las primeras casitas situadas en el objetivo era de 5 kilómetros. Lo curioso es que ahora, que lo he medido a través del Google Earth, salen 4,96 km. Mi padre es que era muy preciso.

Íbamos todos, lo que hacía llenar el camino por una fila de Martinez de todos los tamaños. Normalmente, en cabeza iban Rafa, Pepe o Félix, casi inmediatamente una maraña de nanos entre los que me encontraba. Después en un pelotón más reposado, mis padres, las tías Teresa, Isa y Pily y, al final, una "cola" más o menos deshilachada que avanzaban por oleadas.

Siempre pensé en ocuparme en cómo se llevaba la comida porque, para las excursiones de un día entero no me parecía suficiente las talegas que usaba tía Teresa. Tenía que haber más contenedores o, a lo mejor, habría más talegas. Unas hogazas de "pan de agua", bastantes latas de foie-gras, sardinas, aceitunas y qué se yo. El caso es que, comer, comíamos.

Primera etapa: la "Fuente Fresca". Allí, no se sabe de dónde, salía alguna cantimplora para llevar algo del líquido elemento. Inmediatamente después, buscábamos un sendero entre helechos que llenaban el bosque. Se llegaba a una senda que, poco a poco se iba señalando como la correcta.
Tornajo en la "Fuente Fresca".
Ojo, esta foto es relativamente reciente.

Al doblar un recodo del camino viene el espectáculo. Una especie de monte roto, de color blanco níveo -como el gato de tío Rafa-, que asustaba cantidad. El camino era una plataforma de más o menos medio metro de ancho, resbaladizo por sus minúsculas piedrecillas y, a la derecha, la continuación de la posible caída que llevaba al "Cortijo de Abajo".

Había dos o tres hierbajos que no serían susceptible de utilizarse como agarraderas, así que había que dejar de hacer el canelo y cruzar con pie seguro detrás de algún mayor. Mi padre, por ejemplo,  le tenía un respeto enorme a "las asperillas" que era como le llamábamos a ese lugar.

Foto de "las asperillas" desde satélite.
Yo pensaba en quién o cómo se había hecho ese camino. El suelo me parecía muy duro para trabajarlo con una azada; tendría que ser con un pico y, como el familiar que llevaba a veces a trabajadores a las Anchuricas, era el tío Carlos Martínez Piña, le tenía una especie de agradecimiento secreto porque ¡ah!, no era difícil intuir que, con las tormentas y mal tiempo que le atribuíamos a nuestro paraíso en invierno, el camino no duraría de un año para otro.

El peligroso camino de "Las Asperillas"

Bajábamos pues, con todo el cuidado del mundo. Se llegaba a un barranco donde se ensanchaba el camino, y este lugar permitía a los mayores contar el número de expedicionarios. Se seguía otro rato más hasta que, de nuevo, volvíamos al bosque.

Un zig-zag amplio, en bajada, nos llevaba al arroyo de "La Almoteja". Nuestra segunda parada.

Un centenar de metros por debajo del cruce del camino con el arroyo, había una fuente espectacular.

No por lo grande, sino por lo singular. Una piedra grande, de al menos 7 u 8 metros de alto, redondeada en todas sus caras, estaba apoyada sobre la vertiente izquierda del cauce.
Debajo de ella bullía un manantial formando una poza magnífica.  Era una fuente que nos han expoliado, aunque no en el recuerdo. para uso del abastecimiento de agua al pueblo de Siles.

La "Almoteja"
A partir del arroyo de la Almoteja entrábamos en un carril. Yo creo que fue ahí donde empezó mi afición por las ruedas y todo lo que tuviera que ver con ellas.

Una vez encontramos un camión de los "leñadores", que era como popularmente llamábamos a todos los que tenían que ver con los pinos. Estaba metido en la cuneta, muy inclinado, para que por medio de cuerdas y de pinos puestos en forma de puente, pudieran cargar aquellos que habían cortado unas jornadas antes.

Tras un rato largo de marcha por el carril, (yo ya me imaginaba conduciendo un camión de pinos por él), llegábamos a nuestro destino.

Le decíamos "la Fresnadilla", aunque ahora que lo he cotejado deberíamos decir "la Fresneda", lo que indica un lugar en el que abundan este tipo de árboles. Era un lugar pintoresco, varias casitas situadas en parcelas que parecían estar en forma de explotación agrícola.

Este lugar provocaba en mí algunos sentimientos contradictorios. De una parte me gustaba muchísimo. El paseo hasta llegar y el sitio en sí pero, de otra, me provocaba una especie de un malestar celoso. ¡Había gente con quien compartir mi paraíso!. Eso era demasiado.

En la Fresnadilla (y sigo con el nombre porque es así como se usa en muchos lugares similares), había otro sitio interesante: El "Seminario de verano".

Éste era un edificio en construcción que, al parecer, había sido promovido por el sr. obispo de Jaén, al que conocíamos porque era el que ordenaba al tío Carlos. Se suponía que los seminaristas tenían también que veranear y no había mejor sitio que hacerles un albergue en una sierra bonita.

Siempre lo vimos en forma de ladrillos y muros de mampostería más unos aleros enormes, sostenidos por unos jabalcones que salían de los muros. Allí, según recuerdo, llevaron a tío Carlos en un verano. Durmieron en jergones en el suelo y estaban más en plan campamento que otra cosa.
Hotel que ocupa el sitio del antiguo "Seminario de verano"
Precisamente en ese sitio, convertido en hotel, fue donde celebramos la comida de aquella magnífica reunión que nos juntó a "los Martínez" hará no sé cuantos años.

Pues bien, llegados al final de la excursión, comida en algún manantial que hubiera por allí y, a la casi caída de la tarde, vuelta al redil.

Carril, asperillas, fuente fresca y, ¡a dormir!.¡Qué día tan magnífico!.