jueves, 24 de septiembre de 2020

Las piñatas

 Estamos en la fecha y época que estamos. El final del verano.

Y así como en la Sierra esta época -bueno, hace dos semanas y pico- era la de las tormentas, la de final de setiembre era la de la preparación para el otoño y el invierno.

Se revisaban los botijos y cántaros que se hubieran utilizado en esa difícil tarea de hacer que el agua fuera fresca.

Encontrábamos lo que buscábamos: Alguno de ellos estaba roto o "ligeramente desportillado"....¡Y se guardaba!....Para las piñatas.

Yo no recuerdo qué santo o cumpleaños y a quién se le adjudicaba pero sí tengo claro que, por estas fechas, alguna fiesta había en el patio de casa de la abuela. Y esa fiesta acababa en "una piñata".

Las tías hacían alguna tarta -normalmente de galletas María- o algún bizcocho, o algún platillo afín a estos. El caso era "darnos de merendar" que es una tarea institucional y que recuerdo que se hacía con gran altura y satisfacción por parte de todos.

Quizá faltaran las Coca Colas con las que soñábamos, pero sí habría alguna Fanta que otra y alguna Casera con color más los galipuches que tomaran los mayores.

Al final, el evento.

Antes de juntarnos a la celebración, habríamos colaborado con alguno de los tíos o tías en haber ido a "casa Félix del Amo", a comprar caramelillos de azúcar, algún chicle que otro (no muchos porque a la abuela no le gustaba que nos gustaran los chicles..), pirulines, chupachups o similares y alguna golosina más.

Se aprovechaba que el cántaro -o botijo- estuviera roto porque, si no, no cabían por el agujero de llenado. Normalmente se trataba de que hubiera dos cacharros porque, aparte de celebrar la piñata, había que asegurarse de llenar la tarde y, con uno sólo, se corría el riesgo de no conseguir el objetivo temporal.

Llenos los dos cacharros había que buscar una cuerda. Coger la escalera que había en "la cuadra" y, jugándose el tipo con la misma ya que oscilaba de lado a lado, se subía alguno de los tíos al emparrado, aseguraba la cuerda y, al final, el cacharro piñatero.

Primos, tíos y observadores mayores dispuestos a mayor o menor distancia del objeto a romper.

Se solía empezar por el más pequeño (o la más pequeña, claro). Se le vendaban los ojos con un pañuelo y con un palo adecuado se disponían a atentar contra el recipiente de chuches.

Pero, había que hacerlo más interesante. O sea, que había que despistar al rompedor. Para ello, se ponía debajo del botijo, con los ojos vendados y alguno de nosotros, tomándolo por los hombros, le daba vueltas.

El jugador, trataba de recomponer su situación. Orientarse respecto a la última posición que había tenido en relación con el cacharro. Lo pensaba y, después, con una decisión determinante se dirigía hacia algún lado.

Los que estando en corro lo veian venir hacia ellos se apartaban porque el rompedor lo tenía claro. Allí estaba su piñata a romper. Levantaba el palo y , ¡zas!, estacazo que te crió.

Los gritos y alguna indicación le avisaban de su error.. Entonces, levantaba el palo y moviéndose con precaución trataba de tocar en el aire a su blanco.

Le decíamos todos que ¡eso no valía! pero, si por casualidad había rozado el objeto de su porrazo, acometía con saña su objetivo. ¡Nada!, un ligero roce que tan sólo conseguía hacer oscilar el cacharro. Más dificultades todavía....

Cubierto el cupo de su triple intento, se pasaba al siguiente.

Se volvían a repetir las mismas habilidades que la anterior.

Hasta que, en un momento, alguien, por suerte, habilidad, orientación o trampa (tendría una raja entre el pañuelo y la ceja), daba con fuerza.

Lluvia de caramelos y lluvia de primos a recogerlos.

Siempre había alguno, o algunilla que se quedaba retrasado y ahí empezaban acciones solidarias, bien de alguno de los recogedores que se volvía y le daba algunos, bien de los tíos que, previsores, habían guardado reservas en sus bolsillos para atender a los que no podían recogerlos.

Al final, goce de primos y primas y una tarde a recordar....


domingo, 20 de septiembre de 2020

Las niñas también juegan con coches.

 "Las niñas también juegan con coches"

Pero siempre dirán que no. Que, como nacimos en un ambiente hiperheteropatriarcalmachista de cuatro cuartos -que era verdad-, las niñas jugaban con muñecas y nosotros, los machos, con los coches.

Y, en gran parte era verdad porque, en casa de la abuela, era normal que las "cocinitas" las hacían las niñas y los 'hombres' jugábamos al balón.

Pero hubo algunas honrosas excepciones.

Así, en mi casa de Linares, Marqués 20, vivíamos ya un puñado de hermanos bajo el paradigma (esta palabra no se usaba entonces) de que "todo era de todos". O sea que si alguno de nosotros le daba por jugar con el balón de otro, el 'propietario' no podía quejarse. Sufría, eso sí, porque los preceptos morales y deontológicos definen el derecho y el uso, pero no las sensaciones. Así, que no había más que aguantar.

Y aguantamos. Y lo digo en plural porque ocurrió un hecho la mar de curioso.

Me explico. Nos (repito, ese "nos", me repatea aún hoy el hígado) regalaron a Pablo y a mí, o a Pablo o a mí, porque, como digo, no puedo precisar, un magnífico autobús. Marca: Rico, carrocería, creo recordar, azul pálido y, además, de lujo porque no era un bus normal, no, era un "Pullman" que, según nos contó nuestro padre, era una forma de hacer las ventanas de los autobuses especiales para turistas y de los que alguna vez nos señaló un ejemplo en una foto de estos Pullman suizos en paisajes bellísimos.
Tenía una particularidad peculiarísima. Era de "cuerda", de resorte, es decir que había que darle con una llave hasta que acumulabas energía elástica en un muelle que, al liberarse, hacía que el autobús anduviera. Como otros juguetes, pero, si ponías una palanquita que tenía debajo del paragolpes trasero, el autobús (pullman, perdón), andaba hacia adelante y si la accionabas de otra forma, andaba hacia atrás.

En fin, una chulería.

Lo vimos siempre tan delicado que, si jugábamos con él, lo hacíamos con muchísimo cuidado, pero por dos razones. Una, la delicadeza de la maquinaria. Otra, un peligro mayor. Mi -nuestra- hermana Pily lo vio y dijo —¡Mío! y lo agarraba debajo del brazo y ¡cualquiera se lo quitaba de allí! Barraquera coherente con su enfado y recomendación materna, —Anda, dejádselo un ratito. Un ratito que se volvía eterno porque hasta que el ratito no era un buen rato, no había forma de acceder al juguete.

Tan suyo era que, en un proceso de identidades -como se diría ahora- agarró el autobús y le sirvió de DNI o, no, perdón, de proclamación de hija de familia numerosa porque así apareció Pily en la imagen de acogida administrativa de nuestro hermano Nicolás.
La imagen puede contener: 5 personas, personas sentadas, niños y bebé









miércoles, 16 de septiembre de 2020

Rompimos un gato

 Así, como suena, rompimos un gato.

En la casa familiar de Linares, la de los Flores Martínez, en la calle Marqués 20, primero, vivíamos dos padres jóvenes y seis vástagos cronológicamente situados. 

Era un piso, propiedad del abuelo y en el que formábamos una pandilla que yo recuerdo divertida.

Por ejemplo, teníamos un gato. Es decir, tuvimos varios gatos porque, sin que yo pueda recordar si aquello obedecía a una estrategia formativa de cualificación ecologista, siempre hubo un gato, un gatillo, en la familia. Siempre era pequeño, salía de la nada por arte de birlibirloque y... aparecía en la casa.

Era un juguete más, vivía con nosotros y, como la terraza en la que estaba el "escusado" se accedía fácilmente al inmenso número de tejados de las casas colindantes, no había problema. Si el gato -gatillo- tenía que dormir fuera, se le empujaba a la terraza y, ahí se las compusiera.

Yo recuerdo haberlo metido en un vagón de mi tren eléctrico. Mi padre decía que lo iba a marear y lo pensé como posible porque, después de darle vueltas y vueltas a la "vía", el gato se echaba a un lado, descarrilaba el tren y se bajaba, claro.

Pensaba que había conseguido marearlo, lo que era mi objetivo, pero papá decía que se había bajado porque estaba aburrido.

El gatillo era objeto de caricias, juegos, persecuciones por el pasillo y testigo de alguno de nuestros juegos.

Pero, estaba tan próximo a nosotros, tan próximo que un día en el que estábamos todo el pandillón de hermanos -cinco operativos y uno espectador- jugando a una con el gatillo de turno, éste trataba de evitarnos metiéndose debajo de un mueble cama que mis padres dispusieron para alguno de nosotros.

Este mueble-cama, que murió en mi casa de Granada, era un diseño de D.Nicolás, con un somier "Numancia" de viguetas de hierro fundido y somier tensado que lo hacían moderno.

Pues eso, estábamos dando saltos encima de la cama y el gato, prudente -es un decir- debajo.

Y ocurrió lo que nunca esperábamos.

Un tornillo se salió de su sitio y caimos encima del gato.

Le "rompimos el espinazo", frase hecha que describe la realidad de la situación.

Al gemido que profirió le acompañaron los llantos y lamentaciones nuestras.

Nos tiramos debajo del somier, lo levantamos a peso y, cuando llegamos al pobre animal vimos cómo sus patas traseras habían dejado de funcionarle.

No había sangre ninguna, pero la carilla del pobre gato era conmovedora.

En brazos de alguno de nosotros, corriendo a nuestro padre. Papá, mira.

Y lo miró, con pena y conmoción. "Me temo que no tiene arreglo".

Le pusimos vendas, yo creo que rezamos al  Santo Custodio y a San Gato, pero aquello no tenía trazas de mejorar. 

Pasados unos días de pesar y culpabilidad hijil, el gato desapareció. Nos dijeron que se lo había llevado su madre y, como justificación tengo que admitir que era lo mejor que nos pudieron decir.....

Al cabo de una temporada -que no puedo precisar en magnitud- apareció.

Es decir, apareció en la terraza un gato, ya no gatillo, gris, con las mismas rayitas que tenía el que rompimos.

Era él. ¡Tenía que ser!....

Pero igual no.

Aprendimos a sufrir el daño ajeno, soportar la culpabilidad confusa, la difusa raya que existe entre lo que es y lo que no debe ser.... Es decir, aprendimos que podíamos ser partícipes de algo no deseable. 




domingo, 6 de septiembre de 2020

Pepe en la oscuridad

 En la Asamblea de 1967 de las antiguas "congregaciones marianas", en su ámbito universitario, normalmente llamadas "Los Luises", por estar centrado su patronazgo en San Luis Gonzaga, celebramos en Granada,  en el Colegio Mayor que la Compañia de Jesus tenía en sus terrenos de "La Cartuja".



El tema 'caliente', que se añadió al temático de “La fe y sus implicaciones”, nos ratificamos en la necesidad de acometer el "compromiso cristiano".

Se suponía que no sólo habría que 'estar' presente en cuantas actuaciones se presentaran en nuestro ámbito que pudieran construir una sociedad más justa y equilibrada. También, convinimos en confeccionar un "Juicio Ético" político y social sobre la situación española. Éste se elaboró  y se publicó en mayo del año siguiente. El respeto a las libertades fundamentales, el reparto de la riqueza y la calidad de la enseñanza constituyeron los ejes esenciales de aquel documento.

El acercamiento al mundo laboral, a la problemática obrera de nuestro entorno se plasmó  con los contactos que en principio eran más fáciles para nosotros. Militantes de movimientos cercanos a la Iglesia, eran convocados para que nos instruyeran en su problemática. 

La vivencia de que habíamos encontrado una actividad -lucha, le llamábamos- concreta bajo la que encaminar nuestro sueño de "construir el mundo", nos llenaba de satisfacción. Daba mucho sentido a nuestra vida y comenzábamos a pensar cómo, cuando acabáramos la carrera, enfocaríamos nuestra actividad en concordancia con lo que íbamos planteando y descubriendo día a día.

El ambiente en la "Asamblea Fecun", como la llamábamos, era de una gran calidad, humana y ambiental. Habían venido gentes de todo el país y comprobábamos con enorme satisfacción la concordancia de sensaciones, ilusiones y esperanzas. Todos estábamos en la misma "línea".

Pero hubo algunos momentos especiales. Empezábamos a necesitar líderes que, por pertenecer al mundo obrero, y de alguna manera tuvieran lazos comunes con los valores que vivíamos y elaborábamos, nos tendrían que decir el cómo, a ser posible el cuándo, teníamos que asomarnos a su mundo, necesidades y aspiraciones.

Llegó uno de estos. Un señor que traslucía aplomo -lo que a mí siempre me hizo falta-, seguridad en lo que decía, magnífica dicción y sistemática al explicarse. 

Hablábamos antes de su charla en alguno de los pasillos que antecedían al salón de actos y, al final, subió al estrado.

Sucedió algo extraño: Se "fue" la luz. Todos sentados en nuestras butacas y el ponente en el atril del escenario. Pero no hubo problema. Alguien comentó que lo habría hecho la policía y, como ya empezábamos a intuir el mundo de represiones al que nos íbamos a empezar a enfrentar, se trataba de vivir el momento con la mayor tranquilidad posible. 

Se le subió al estrado una o dos velas de esas anchas que suele haber en las capillas para indicar la presencia del "Santísimo" y continuó por donde iba.

Esa oscuridad resultaba familiar, en parte, a los que habíamos ido a Ejercicios Espirituales en "casas de retiro" con alguno de los jesuitas, nos recordó a esa forma de escenario en el que se nos hablaba de la vida eterna, del encuentro con Dios o algún detalle místico que ahora mismo no recuerdo.

Pero aquello le dio a la charla un aura especial. Estábamos hablando ya no de Espíritus ni Cielos, sino de realidades personales y ambientales que correspondían a nuestro entorno. Se habló de sindicatos y de salarios, de condiciones de trabajo y relaciones laborales....bajo la sospecha de que estábamos ahí, concretamente, vigilados no por el diablo, sino por la policía. 

No era la oscuridad, que también pudo incidir psicológicamente. Era el mensaje y la convocatoria que nos hacía el ponente. Yo creo que, si bien tenía experiencias de haber sido conmovido ante charlas trascendentales bien expuestas en algunos de los Ejercicios citados, esta vez la conmoción era distinta. Daba sentido concreto a la vida. Daba explicaciones a qué tenía que orientar y más que cómo -que no podía saberlo- hacerlo, algunas pistas de por dónde buscar. 

En fin, cambio a algo más concreto que lo que hubiera tenido hasta entonces. Si a eso le añado otras sensaciones personales, creo poder decir que de esa Asamblea salió un diseño de vida.

Ahora, 53 años más tarde, puedo estimar qué de lo que he sido correspondió a aquello y puedo decir que aunque con grandes, enormes, fallos, globalmente la evaluación puede ser satisfactoria.