domingo, 31 de mayo de 2020

El entierro del abuelo Nicolás Flores

Ayer hizo treinta y un años de la muerte de mi padre.
Nos encontramos con un golpe inesperado en fechas, modos y finales.
Pero digo, en su honor, que a él no le cogía desguarnecido. Y no me voy a referir a temas de espiritualidad -que, evidentemente, la tenía- sino a su proverbial, magnífico, sentido del humor y, valga el término, de la relatividad.
Unos cuantos años antes, en la sobremesa de un día lo más normal del mundo, me dijo "...venga usted para acá, tabardillo "(y eso que era uno ya mayor y con hijos) y me sentó a su lado en el sofá que aún era grande y rojo.
"Mira....-y dijo algo como introducción que no entendí- hasta que oí la palabra "muerte"-
...(difusos recuerdos), pero, en seguida, indicaciones prácticas...."le preguntas al de la funeraria o, mejor, te enseñará un catálogo....y, si hay cinco ataúdes, parte de considerar el de en medio.... si hay siete, mira el tercero por la cola...(yo estaba atónito, no estaba preparado para oír una planificación así de nítida sobre la planificación de su entierro). En cualquier caso, desechas los primeros de la tabla que serán para señores con mucha más prestancia que yo y que en absoluto me gustan... Tu ve pensando en una cosa prudente (pero tendiendo a austero, entendí yo).... y siguió. "en los adornos, coronas y demás parafernalia, te vas a encontrar con la que traigan las personas de fuera, pero, si puedes sugerir, nada ampuloso. Todo muy sensato".
El tema no parecía dar más de sí. Papá, como un faraón egipcio dejaba dictaminada la estética de su marcha al más allá.... pero nada monumental...
Yo estaba asombrado y tomé el encargo como un acto claro de su voluntad y que debería ser respetado.
Pues bien, un día tal como ayer, más o menos, nos avisan desde Traumatología que papá ha muerto a causa del derrame cerebral del porrazo motorista.
El entonces cuñado -y para mí sigue-, José Sánchez Montes, se ofreció a ayudarnos a orientar las relaciones con la funeraria, cosa que había tenido que hacer recientemente por la muerte de un hermano.
Nos fuimos a la cafetería de enfrente de Trauma y, allí, el encargado sacó un catálogo. Sin tardar demasiado paso páginas hasta contar los modelos, me parece que había 8 o 9. Retorno hacia el centro y creo que escogí el 4º.
Sorpresa en las caras del empleado y el cuñado. ¿Ese?.¿No le parece a usted que su padre es un señor importante y merece algo mejor?. Yo: "ese". Y, José, rápido me mira y dice la conjetura: "¡Ah!¡ya!, lo tenías encargado!. Y asentí.
Miramos un par de cosas más. Ya se sabía la parroquia y quién diría la misa (tío Carlos, obvio) y la cosa siguió adelante.
En la Iglesia -Santa Teresa- en la calle Virgen Blanca, fui preguntado por familiares y amigos que se extrañaron de la simpleza del ataúd. Pues fue facilísimo explicárselo: "el que él quería", e inmediatamente asumían que D. Nicolás tenía bastantes cosas claras..
Cuando lo llevamos al cementerio, a su tumba, caímos en la cuenta de que no llevábamos más flores... que nosotros. Ocho Flores y así se lo hicimos saber a mi madre. Nos sonreímos entre nosotros y eso dejamos.

martes, 26 de mayo de 2020

las plumas en la mejilla

Nuestra primera casa en Tetuán fue un sexto piso en "la ciudad de los periodistas", en la Avenida Mohamed V, pero por debajo de la Avenida Mauritania. Teníamos en plena ventana una magnífica vista del Gorges y me tenía que controlar para no estar todo el día mirándolo o haciéndole fotos. Soberbio.

Mi hija tenía 8 ó 10 meses en esos momentos. La poníamos en el taca-taca, ese dispositivo para que los chiquillos den sus primeros pasos y, como no teníamos muchos muebles, todo el salón para ella sola, o casi. Por encima de su cabecita, el Gorges, debajo, mi pequeña maravilla. 

Pero estábamos preocupados, hacia cosas raras. Se quedaba parada, con un dedo en el aire y lo movía muy despacio. No teníamos ni idea de por qué ni para qué....hasta que, a fuerza de observación descubrimos un extraño fenómeno. 

Las moscas volaban despacio y ¡se hacía cosquillas en el dedo con las moscas!. Asombroso!. Bueno, pues ya teníamos tres espectáculos, el Gorges, mi niña y su dedo con las moscas.

Unos meses más tarde, cambio de casa, al edificio del control, en un sexto piso también, y ahí no había moscas y la vista era hacia el Dersa. Pues, en un piso más formal, pusimos cortinas y, por esas cosas que sólo pasan en Tetuán, un amigo de amigos de amigos, nos propuso que incluyéramos en el tul (o como se llame) de las cortinas unas plumas de cola de gallina, tintadas. Y las pusimos. 

Aquello era original. Teníamos unas cortinas emplumadas -como los mexicanos con sus serpientes, según dicen- pero, nuevas sorpresas. 

Las plumas empiezan a desaparecer. Poco a poco, hay menos plumas y estamos sorprendidos. Hasta que comprobamos que las desapariciones van en una franja de altura que coincide, justamente, con la que puede marcar mi hija, desde su taca-taca para arrancarlas.... y hacerse cosquillas.

Y, la última. La mejor. Sería despues de Navidad o por ahí. La "enana" tiene ya año y poco, muy poco, pero anda bien.

Una tarde, en la Medina, atravesamos la Guersa, camino de Mcabar. La llevo cogida de la mano, andando muy tranquilamente y la chiquilla va mirando a todos lados, señalando sin parar a todo cuanto se mueve o está quieto.

En cuanto enfoco hacia Kharrazin, sin poder evitarlo la chiquilla se ha agachado, ¡ha cogido por el cuello un gatito pequeño y, sin vacilar, se lo ha llevado a la cara para hacerse cosquillas con sus bigotes!. 

Se forma una pequeña revolución. Dos artesanos que están cada uno con su puestecillo, se han tirado materialmente a quitarle el gato. Yo, también me he agachado para evitar el posible desastre de un ojo fuera de su sitio. Nos encontramos los tres tirados en el suelo, con todas las manos encima del pobre gato que no tiene culpa de nada.

Reimos de buena gana. ¡Vaya aventura extraña!. 

viernes, 8 de mayo de 2020

Incorporación al Instituto, Setiembre 1980

El 11 de Marzo, Lourdes Sierra Perez, pidió que contáramos alguna aventura, anécdota o historiera que tuviera que ver con nuestro pasado común. El "Insti" de Atarfe.
Resulta que me quedé enganchado porque yo tenía que haber dicho algo, pero con esto de estar todo el día con Fina, y no con mi mujer, me tiene distraído.
Con todo, he recuperado el ánimo y aprovecho para tomar la cuestión.
No he contado a nadie el cómo llegué a "incorporarme" (se decía así en el tema laboral) al Instituto, entonces "Sección Delegada del Instituto Politécnico de Formación Profesional, de Granada.... en Atarfe".
A ver, hace demasiado tiempo (porque me gustaría que hubiera sido ayer) y no se me puede olvidar.
Los profes teníamos que ir al Centro en fecha de 4 ó 5 de setiembre del año en que nos hubieran dicho que tenía uno que "apuntarse" (si no, ni trabajabas, ni cobrabas, claro) y yo estaba encantado.
Atarfe era un pueblo conocido de viejo por mis andanzas estudiantiles en la Uniersidad de Granada y, aparte, mi familia política tenía una cantera con lo que era de sobras conocido.
Me puse un pantalón nuevo -o casi- una camisa que sí era nueva y, como estaba cerca, me subí a mi Mobylette de 49 cc., que era un caballo indestructible y me dirigí al pueblo.
Vivía en la calle Mesones, así que, Santa Teresa o Tablas hacia abajo, camino de ronda, Villarejo y carretera de Málaga.
Carretera de Cordoba y, al pasar un poco más allá de la "Venta del Grillo" (que era desde donde salía la desviación de Maracena) me encontré con que un perro empieza a correr a mi lado.
Reduzco velocidad porque era algo grande, es decir, me podía hacer caer... sigo, curvo un poco a la derecha, al lado de la Fábrica de Tabacos, y el perro parece haberse quedado atrás, y ya con confianza hacia mi destino profesional, acelero.
En eso que el perro echa a correr y se cruza, totalmente, delante de mi rueda delantera.
Yo ví -perfectamente- cómo el manillar de mi "moto" pasaba por debajo de mi.... hasta que llegué al suelo.
Un derrapaje monumental, resbalé unos cuantos metros y me encontré tendido en el suelo.
Llegaron unos cuantos conductores y usuarios de vehículos que pasaron por allí.
Pero, en lugar de quejarme, hice la suprema inteligencia de decir que ¡no me tocaran!. Yo creía saber que dominaba el dolor lo suficiente como para recuperar el control de mis piernas, brazos y demás.
Efectivamente, 1,5 segundos después, no sólo recuperé el control de mi cuerpo, sino que .... no quedaba nadie a mi alrededor.
Me pareció sorprendente la reacción de la gente. Nadie. La moto, en el suelo, el perro, váyase a saber dónde estaba... Y, entonces, me dirigí al colegio que hay al lado y, entrando en la administración le pedí a uno de los empleados que me dijera dónde estaba el sericio y, por favor, si tenía algo de "mercromina", (que es como el Betadine, pero ás antiguo).
Me lavé lo que pude, me embadurné de rojo las heridas más escandalosas y, en ese momento descubri que tenia trozos de pantalón inexistentes y, también, algún trozo de camisa.
Pero, yo tenía que ir a Atarfe y pensé. Si dejo el camino, vuelvo a casa, llamo al Centro y les digo lo que ha pasado y vuelvo mañana, que era lo "normal", puedo cogerle miedo a la moto y, realmente, no ha sido ella la que ma ha tirado, sino el perro.
Así, que como siempre he tenido poco escrúpulo con mi aspecto, decidí irme al Insti, presentar los papeles, "tomar posesión" y, después, volver a casa.
Y así lo hice. Fui al Insti, firmé los papeles, conté el suceso y, al cabo de un par de cervezas de final de mañana, con trozos de cuerpo de color rojo al aire, volví a casa.
Al cabo de un tiempo, cuando ya teníamos confianza personal entre los compañeros que íbamos a formar el equipo de profesores, me contaban que les había caído mal, que ¿cómo se me había ocurrido ir a tomar posesión tan marrano y con la ropa rota?....