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Mamááááá.....
¡pero mamá!..
-
Niño,
no se dice “mea burro”, se dice “orina caballo”.
-
Ajuuuuu....
siempre dices lo mismo.... ¿qué hago ahora?.
-
Juega...
-
Sí,
¿a qué?.
-
¡Como
si no tuvieras juegos!
-
Sí,
pero son siempre los mismos......
-
Pues
consuélate que hay quien no los tiene...
-
¡Pues
vaya!.....
Como estas... a montones... pero ¿cómo se las arreglaba
que siempre terminábamos jugando?
Por
ejemplo, doscientos primos, lugar, casa de la “abuelita” (curioso, nunca fue
“casa del abuelo”), en la calle Marqués (...de Linares, 40, ¡por favor!),
fecha, cualquier domingo y hora... después de comer en esas sobremesas
larguísimas que tenían “los mayores” y a las que yo me hubiera pirrado por
estar presente...
Pues
eso, alguno de nosotros, quien quiera que fuese, se acerca a la puerta y
aprovecha a... mamá o a cualquier mamá.... o sea, que la versión podría
cambiar...
-
Tía
Isa (o tía Teresa, o tía ... quien fuere)
-
Estamos
aburridos, ¿a qué jugamos?.
A partir de ahí, había
variaciones. Dependía del tiempo (climático, me refiero, o sea que si no
llovía)..
-
Salid
al patio a jugar, pero ¡cuidado con las macetas!
Y, si estaba cubierto, hacía frío o lloviendo...
-
Iros
al cuarto de estar, esperad que os doy tijeras y estampas[1]
Entonces, aparecía, surgía una actividad creativa “e
investigadora” cual pocas podría existir. No había ya primos ni niños, aparecía
una factoría de objetos múltiples a cual más sugerente y que, además, invitaba
a que la próxima vez se hicieran más y mejores.
Empezaremos por describir algo inusual tanto entonces,
como lo pudiera ser hoy día: La mesa.
Alguien en aquella inmensa familia descubrió la
posibilidad de cubrir -de los incipientes plásticos- lo que de otra forma
hubiera corrido un gran riesgo (la
faldilla) y, así, una a una, todas las mesas de la familia empezaron a
cubrirse de un extraño “sombrerete”.
Además, no deja de ser curioso que desde muy pequeños nos dejaran utilizar tijeras que, desde luego, no tenían
la más mínima homologación
“infantil”. O sea, que de puntas romas, nada de nada. Sí había, sin embargo,
unas recomendaciones tajantes y que, bajo ningún concepto podían ser puestas en
cuestión.
-
¡Tened mucho cuidado con las tijeras!.
También, algunas consideraciones acerca de si la punta más
afilada debería ponerse hacia arriba o hacia o hacia abajo y... poco más.
-
¡Ala!.
¡A jugar!...
Y no había nada más que decir...
Pero,... ¿qué podíamos hacer con tijeras y “estampas”?.
Uf. ¡Multitud de cosas!.
Por ejemplo....
A)
Cualquier
estampa, se dobla, aproximadamente por la mitad.
B)
Se
dibuja en las cercanías de ese “canto”, figuras tales como:
C)
se recorta, se abre y sale una figura así de
interesante:
Y obteníamos una maravillosa
chaqueta:
Si se hacía sobre diversas
partes del cuerpo, se iban obteniendo pantalones, blusas y ¡hasta guantes!....
Total, un montón de horas
dedicadas a esto.... pero... tenían un defecto....
--¡Mamá!. ¡Esto es cosa de niñas!...
Pues sí, la verdad es que
todavía/o, no había entrado/a la problemática /o de la educación sexista/o. O
sea que, “los niños con los niños y las niñas con las niñas”....
Y, ¿qué se puede hacer -de niños- con unas tijeras y un puñado de
estampas?.
No hay problema, viene mamá y lo
soluciona.
He aquí algunas ideas....
De nuevo el cartón, pero ahora
la figura es otra:
Y, de ahí, sale
Luego, se dobla por los sitios importantes y viene a salir
algo así:
Lo mejor de todo es que, a
partir de ahí podía haber “pique” entre unos y otros o con uno mismo para
hacerlo más “de verdad” (realista, diríamos hoy), entonces había que ingeniarse
para separar los varales del carro, que los cuernos (caso de buey) salieran
nítidos y separados y, hasta hacer las patas de un lado distintas de las del
otro para que pareciera que estaba andando.
El problema era que... no
andaba y, claro... las quejas... ¡a mamá!.
-
Mamá, esto es muy
aburrido,... ¡no anda!
-
¿Qué no anda?, ¡trae
para acá!
Y volvía a plantear el
corte en la estampa, pero ahora le añadía una extrañísima figura detrás.
Algo así:
Y, cuando se cortaba y “montaba” adecuadamente....¡teníamos
esto!:
Aparentemente no era más que
la “tapa” de la ‘caja’ del carro, pero ¡hete aquí que si te ponías detrás del
carro y ¡soplabas!, aquello corría que se las pelaba....
Después
de estas hazañas maternales no te quedaba más remedio que mamá era un pozo sin
fondo que tenía recursos para llevarte donde quisiera y dejarte sin posibilidad
de quejarte.
Claro
que, para que te dijera el sinfín de trucos que podía tener dentro... había que
tenerla contenta y eso... eso es otra historia.



