domingo, 30 de agosto de 2020

Hacia Smara

Llueve, así, sin ocultarse para nada.

Y no es lo que esperábamos porque, claro está, si hemos ido al desierto es para ver arena, sol y sequedad.

Pero llueve.

Salimos para Smara un día cualquiera de diciembre de 1985. Sabemos algo de la ruta porque ayer estuvimos con una panda magnífica. Oasis, palmeras, charlas interminables y unos ratos para no olvidar en la vida. 

Pasamos por la desviación que nos llevó a la excursión de ayer y tiramos carretera adelante. Nos esperan alrededor de doscientos y pico kilómetros entre una carretera no muy ancha, pero solitaria, arena a los lados y árboles extrañamente torcidos.

De vez en cuando un camello mojado nos mira como si fuéramos nosotros los responsables de su desconcierto. Tanto, que prefiere mirar a los charcos.


El paisaje es, si no fuera por la lluvia, tal y como lo esperábamos. 

Estamos atentos a la salida hacia BuCraa. Recuerdo que en los comienzos de las prospecciones mineras tuve aquí a un tío que nos hablaba del desierto con veneración. Yo creo que fue él el que me metió en este viaje aventura.

Sus fotos, diapositivas para que las viéramos en grande, eran magníficas y, dentro de lo que pueda, trataré de sacar algunas que hagan a mis amigos o alumnos granadinos, aficionados a estos parajes.

Alguien decide parar para aquello de que hay que pisar lo que estamos viendo.

Aprovechamos que ya hemos pasado la desviación de BuCraa y hay un alto en la lluvia. 

Nos desviamos, recuerdo que a la izquierda y vemos un "campo" curioso.

En él hay un buen montón de piedras verticales. Desconocemos qué función hacen o qué señalan porque es evidente que no son naturales, pero ¡qué más da!.


Lástima de no haber sacado más fotos. Rafa, mi hijo, se las arregló para hacer carreteras donde jugar con sus camiones y la chica, Alicilla, paseaba entre ellas para recojer piedrecillas.

El paisaje nos resulta espectacular y, aunque yo esperaba que fuéramos más pegados a la Saquia, no hay restos de cauces ninguno. Hay colinas que nos llaman para subirlas pero no queremos tardar demasiado.


Es ya media mañana, pero nos encontramos confundidos. Estamos demasiado acostumbrados a que los malos tiempos, en nuestra ciudad, no duren demasiado y aquí, esperábamos que el día abriera, pero, no el cielo encapotado, sigue...


El ambiente es curiosamente invernal. Una brumilla que hay a nuestros alrededor nos obliga a llevar los fatos encendidos. 

No nos podemos quejar. Todo es nuevo y, cuando llegamos a Smara, hemos de parar en el puesto de control.
Está al lado del aeropuerto y, ante nuestra sorpresa, vemos soldados corriendo por la pista. 
Se dirigen a los helicópteros, los suben en una estructura con ruedas y los empujan, corriendo también, hasta un hangar donde da la impresión de que los tiran hacia adentro. Así uno tras otro.
Pero, como nos hemos bajado para entregar los documentos, vemos también comportamientos extraños. Hay gente por la carretera que se sientan en el suelo todos con la espalda hacia donde estamos nosotros.
Miramos hacia atrás y la impresión es enorme.
Hay una muralla negra, que ocupa todo el lugar desde donde hemos venido. Enorme, llega hasta el cielo. Polvo en suspensión y primeras ráfagas de una tormenta de arena.


Primer encuentro, pues, con el auténtico desierto. Nos metemos en los coches y nos vemos sacudidos como si estuviéramos en una cuna. El Dyane se balancea y, pienso que en el Nissan, donde está la mayor parte de la familia, será menos ostensible, pero también impresionante.

No sé cuánto duró, pero al menos media hora de incertidumbre. Al final, aquello empieza a amainar y vemos que se ve algo alrededor de nosotros.

Las personas que estaban sentadas en la carretera tienen a su espalda un montón de arena que les llega a la mitad de la espalda.  Y observo que el fenómeno tiene algunos efectos ratos. El Dyane, por ejemplo, que estaba recien pintado, ¡se ha quedado mate! y el Nissan, que es nuevo, ha perdido también su brillo. Nos han dado con arena de esmeril y no precisamente para pulir la pintura.

Pero hemos llegado a Smara. Ahora hay que buscar a la familia Seida.