lunes, 21 de enero de 2019

traslados, mudanzas, obras caseras...

A raíz de un (n+1)ésimo traslado, estoy charlando con mi madre y mi hermana Paci que acaba de llegar desde Barcelona.
Como es normal salen a la palestra multitud de recuerdos desde los primitivos movimientos caseros de allá, en Linares, pueblo andaluz y minero.
Mi madre y yo recordamos cómo, en determinada ocasión, ante la inminencia de un cambio de casa, mi padre acudió a su bien amado papel milimetrado y, con unas cartulinas hizo a escala las plantillas de los muebles que teníamos.
Nos convocó -a los mayores, claro- a que jugáramos a situar los sillones, aparadores y armarios sobre el plano de la casa. 
Y, creo, ahí empezó todo.
Pero, lo más curioso es que hay precedentes no sólo de mover muebles, sino de mover suelos. Así, como suena, se mueven hacia arriba, porque estaban bajos, pero contémoslo despacio.
En nuestra casa, de la calle Marqueses de Linares, número 20, 1º. Había un par -o tres- de habitaciones que tenían pendiente en el suelo.
Yo había notado eso, lógicamente. Mis pequeños camioncillos salían andando solos en cuanto los ponía en las cercanías de esas baldosas "hidraúlicas" que había, por ejemplo, cerca del balcón de la terraza.
Pues bien, un día, apareció un señor y estuvo hablando con papá. Como no me dijeron que no, me acerqué y estuve presente en toda la conversación. Dijeron algo así como que las "cabezas" de las vigas, habían cedido y no aguantaban la carga que tenían encima. 
También hablaron de la solución: una viga -no recuerdo si de hierro o de hormigón- que cruzara por el techo una habitación en el piso de la tía Carmina, sostendría esas cabezas de viga desaparecidas.
Y, se empezó a hacer. Y vinieron unos señores que, desde abajo, quitaron "cielos rasos", escayolas y demás hierbas hasta que, a través de unos agujeros en las paredes, hincaron transversalmente una viga perpendicular a las preexistentes.
Después, fuera las baldosas de nuestro "cuarto de estar", un montón de arena, de nuevo las baldosas y...
los camioncillos no anduvieron solos en esa zona de la habitación.
Después, se pensó en alargar la terraza, de forma que hiciera una especie de "puente" entre la existente y el cuarto que contenía a la lavadora -Bru- de la que ya hablé en otra ocasión.
También aprendí allí como una vigueta -que recuerdo en forma de "U", atornillada en otra y después otras viguetillas, perpendiculares por debajo de la ventana de la cocina, dieron lugar a una terraza más grande.
Además, los albañiles me regalaron una palustrilla. 
Pero somos ya seis y los padres empiezan a hacer planes. Seremos unos futuros universitarios y en Linares no hay sitio para serlo. 
En principio, se habló de San José de Costa Rica. A mi padre le ofrecieron un puesto así como de 'agregado cultural' o similar en la embajada. 
Yo me quedé embelesado. Viajar a América, en avión, cruzar el charco, tener posibilidades de aprender inglés.
Eso era lo que yo quería.
Pero no pudo ser. Según mi padre, cuando fue a decir que sí, ya le habían quitado el puesto. O sea, que no fuimos.
Pero al poco tiempo, oposiciones y estudios de por medio, apareció un destino posible.
Sevilla, Sevillita la llana, salerosa y resabiá.
Y ocurrieron dos cosas para hacerme volver loco. 
Mi padre me regaló un plano de Sevilla que era lo más bonito del mundo. Me lo aprendí entero, de pe a pá y eso que estaba mal orientado respecto a los puntos cardinales. 
El segundo es que mi padre, armado de carpeta, lápices, sacapuntas, reglas de más de 20 cm., cartulinas y demás, trazó un plano y, también unos cuadrados y rectángulos en los que ponía "aparador grande", "aparador pequeño", "sillones", "sofá"...
Y, jugamos a las construcciones, el diseño ambiental, decoración doméstica y habilitacion imposible en un piso en el que no recuerdo -y he hecho esfuerzos- cómo era posible que viviéramos todos y, además, vinieran familiares a vernos.
Papá sabía de las dificultades que conllevaban sus grandes muebles. Eran enormes, sobre todo el sofá. 
La empresa "Federico Gonzalez Delrieu" asumió el traslado. El sofá, decían, encima de la cabina del camión. Papá decía que no, pero...
Llegó el camión -un Zil (tres hermanos comunistas)- de tiempos de la guerra.
Se cargó, el sofá en la caja y, de forma sorprendente, cupo todo lo que cupo. 
Sevilla, de madrugada mañanera, en la plaza de Santa Catalina, en la boca de la calle Bustos Tavera, papá no tiene el teléfono de los camioneros. 
Se lo digo. Me había leído los laterales del camión tropecientas veces.
Y vivimos en Sevilla, sin mudanzas hasta que llegaron las próximas.
Por ejemplo, en verano fuimos capaces de ir a Linares, a ocupar nuestro piso en plan campamento para hacer posible el paseo paradisíaco de nuestra Sierra de Siles (nótese que no hablo de las mudanzas veraniegas).
Al cabo de dos meses, finales de Setiembre-Octubre, nos vuelven a Linares.
Un camión, esta vez más grande, también de otra familia González, ahora Serna. Nos llevan a Linares de nuevo.
Van dos -sin contar las serranas- y, al cabo de poco más de tres años, la definitiva familiar.
Granada.
Ahora no recuerdo con precisión si volvió el padre al papel milimetrado, sí, sin embargo al plano de Granada que me regaló -no tan bonito como el de Sevilla-, pero que hizo su papel muy dignamente.
Ya tenemos más conciencia. Es más, fue a raíz de la emigración granatensi por la que fui informado de que los hijos venían en un capitoné materno especialmente acondicionado.
Estamos en el año 1961, o por ahí. Van tres mudanzas, un montón de obras y empiezan los años de la transición estudiantil.
Como es normal, ya mudados, la movilidad familiar es pequeñita, la veraniega de equipajes y poco más. Sí, sin embargo citar una que me conmovió.
El "seíllas" familiar tenía una baca, sólida como correspondía a un físico que no se fiara demasiado del enlace metálico. Pues bien, en una ocasión, con el portaequipajes lleno hasta "el copete" y nunca mejor dicho, atadas las maletas, bolsas y demás, dijo papá, "anda, bájate la bicicleta que la vamos a poner encima". Y con ese gesto magnánimo me regaló un verano almeriense del que habrá que hacer crónica pues el tema lo requerirá en su momento.
Se van acercando los setenta y la familia flores empezará pronto sus pequeños éxodos, no cómo lo entienden "les Luthiers", porque eso no era todo, pero saldrá Pablo hacia Ceuta y Cádiz y algun viaje creo recordar que contribuí.
En los setenta hay diáspora familiar. Paci para Barcelona, demasiado lejos para mudar muebles y tanta autonomía como después se verá. 
Y yo empiezo a trabajar, tuve coche al que castigar con baca y portón trasero y ahí metí hasta lo que no cabía. Recuerdo que en una ocasión, fuimos a ayudar a Pablo en una mudanza interior dentro del mismo Córdoba. Como no conseguíamos meter las cosas por las puertas normales del Dyane, se me ocurrió abrir el techo y, por ahí y como nos fue dado en entender pusimos todo el equipaje. Al final, sujetamos todo con una gran cuerda y, en todo lo alto, le hicimos una moña como si se tratara de un regalo. Quedó precioso. Tanto que en la avenida de los tejares los ocupantes de un autobús nos premiaron con un caluroso aplauso.
Si estamos allá por los años 70, tuve cambios personales de casa. Primero los montajes. Llevar todos los enseres de Granada hasta Úbeda, montar la casa, estar atentos -desde entonces- a que hubiera algún enser en la basura o que algún familiar tuviera un mueblito del que quería deshacerse... Todos al coche y, a casa.
También en esta década, traslados de Úbeda a Granada, a la casa de Alminares -y van dos- a un piso que tenía el cuñado Fernando y que nos dejó incondicionalmente.
Posteriormente al tercero -al Albayzín- y, seis meses más tarde, a la calle Mesones -y van cuatro-.
Mientras tanto, los hermanos empiezan a hacer sus casas, pero ahí no intervine o no hay ningún suceso en el que estuviera presente y que me fuera significativo. Sí, sin embargo, en algunos traslados de equipamiento que hicieran los padres en sus veraneos en Estepona o en Cázulas.
En los 80 sí hubo algunas cosas más


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domingo, 20 de enero de 2019

La nieve en el Paraíso

Lo dijimos siempre. O, al menos, siempre lo oí. Y me pareció tan lógico que no había más que creerlo. 
A saber, estábamos en agosto, así, en plena sombra por ejemplo, en el 5º pino, a media tarde y alguien de la familia, mirando a su entorno y pensando, dice algo fuera de tiempo. 
¿Y habrá nieve aquí en algún momento?.
Si se le seguía la vista, se estaba atento al escándalo de las chicharras, al poco viento que mece los árboles, al sol que apunta ya por encima de la chopera hacia su descanso cotidiano, parece una pregunta fuera de lugar, fuera de espacio y, sobre todo, fuera de tiempo.
Alguien, supongo que más mayor, dice que no le cabe duda, de que allí hay nieve en invierno.
¡Y era verdad!.
Yo la he visto.
Resulta que en mi afán por hacer descubrir a nuestro paraíso a la gente querida, insté a mis suegros a que nos fuéramos allí en una Semana Santa.
Es decir, Marzo o por ahí. 
Fuimos desde Granada, en el Patrol que tenía entonces. Convinimos una pensión en Siles conseguida a través de una llamada al cuartel de la Guardia Civil -no había internet, claro.
Llegamos, dejamos las cosas en la pensión y carretera arriba.
Hacía mal tiempo, gris, con avisos de chapetón. Un frío que pelaba y, al subir por el carril, pasada la desviación que lleva al Cortijo de Abajo, La Almoteja y finalmente a la Fresnadilla, me pasa una idea fugaz por la cabeza. ¿Estará nevado?
Siguiente caracolillo, curva a derechas y ligero aumento de la pendiente. En el siguiente largo, o cerca, estará ya la salida hacia La Navilla. 
Empiezo a ver manchas de nieve en algunas umbrías. Quinientos metros más arriba, después de la curva a izquierdas, las manchas de nieve se continúan unas con otras.
Tengo por dentro una situación que me mantiene una sonrisa de oreja a oreja. 
¡Voy a ver en persona el conjuro hecho alguna vez en la siesta debajo del quinto pino!.
Hay ya nieve continuada y, aprovechando eso, sigo unos centenares de metros por el carril que nunca pisamos, el que lleva a una llanada 'donde había toros bravos' y del que, lástima, ahora no recuerdo el nombre.
En un ensanchón doy la vuelta y ahora sí, a izquierdas, hacia la Navilla. 



La  Navilla
 Recuerdo que a unos centenares de metros de la desviación había -y hay- un sitio en el que se remansaba el agua de lluvia y formaba un fangal. Cierto, ahí está. Con barro. Busco cómo evitarlo en lo posible y avanzo.
Pero muy despacio, disfrutando del silencio, la grisez, los pinos descabezados por la niebla que los cubre.
Vamos hacia el puntal, me parece que puede ser impresionante vislumbrar el valle y los montes de alrededor desde un sitio tan privilegiado.
Pero, llegados allí, sorpresa. No se ve nada. Sólo -y esto es llamativo- las agujas que forma el hielo en los palos del sombrajo de la casa de los fogueros.
Hielo en los palos

Y, para que quede constancia. trato de asomarme a donde yo recuerdo que había 'vistas', pues no hay, nada. Sólo niebla.
Por ahí abajo se vería los alrededores de la Fresnadilla y, si levantara
 la vista y la niebla se pudiera abrir, se vería la "peña del agujero"

Pues nada, media vuelta antes de que sea más tarde. Vamos hacia nuestra casa. Hace más frío, y más niebla y menos visibilidad.
Nos encontramos el carril cortado por un cable y candado por lo que tenemos que recorrer la bajada, desde la "era del boquerón" en una marcha presurosa. No tenemos equipo de invierno ni nada que se le parezca.
Sé, y me decepciono yo mismo, que sólo podremos hacer una mirada a la casa. No habrá lugar para acercarse a la "fuente fresca", ni siquiera a la chopera. Además, ¿se verá?
Pues así se ve la casa.
 Me quiero imaginar una tarde ahí dentro, en estas condiciones.
Seguro que, por mucha leña que le echáramos al fuego, nos estaríamos soplando la punta de los dedos.
Vuelta a la Navilla, coche y, como no es tan tarde como esperaba, nos vamos al Saltador. Ahora me parece mentira haberle echado valor para atravesar a toda pastilla la Almoteja, la Fresnadilla y carril hacia el Hondo Peñalcón.
Llegamos al río Tús.
¡No tengo pila de la máquina de video!.
Hago un apaño con la bateria para ver si cargo algo. 
Nada, me da tiempo para un plano donde se ven Rafa hijo y su prima, el río y vuelta al coche.

Arrancamos, primera corta y tracción a las cuatro ruedas. Primeras decenas de metros bien, en la segunda curva a izquierdas, empezamos a patinar. Sin dejar el volante me asomo y me asombro al ver que no hay rodadas. El suelo está duro, pero es arcilla. Me bajo del coche No hay ninguna rueda metida en el barro más de dos centímetros. Pero es jabón, jabón puro.
Se va haciendo tarde y me asusto algo. Llevo un puñado de gente en el coche y mis suegros, pienso, no se merecen que les deje tirados en mitad de la sierra. 
Empezamos Rafael y yo a arrancar maleza y hacemos una cama de pinos viejos, matujos y demás.
Partimos desde más abajo. Pasamos por encima de las matas y, aún a pesar de ellas, el coche no sube más allá de unos metros.
Hay que tomar una determinación. Todos abajo y echamos a andar. 
Habíamos visto un magnífico cortijo en lo alto del carril.
Allá que nos dirigimos. Pasamos por unas casas abandonadas y, por una vereda de la que sabía su existencia echamos hacia arriba.
El Saltador y la casa que nos cobijó.
No pudimos pensar que íbamos a ser tan bien atendidos. 
El guarda de la finca nos vio pasar y aventurarnos en un carril que conocía bien. Dice que supo desde el primer momento que nos atascaríamos. 
Preparó un fuego de leña en su chimenea que más bien parecía un infierno.
Y vimos otro espectáculo interesante, al arcercarnos al fuego nos vimos rodeados de una especie de escultura de niebla que nos rodeaba. El agua que habíamos ido cogiendo por el camino (caía un sirimiri de los propios gallegos), se iba evaporando con nuestra forma.
El hombre, atentísimo, se brindó a llevarnos a Siles y, no contento con ello, después de haber dejado a la familia en la pensión, nos llevó a un amigo suyo que, con un tractor nos llevaría al dia siguiente a recoger el coche.

Pero eso es otra historia









Dar diali

Cuando escribo en esta página de este grupo, así como en otros muros que tienen que ver con Tetuán, me encuentro con que tratar de no herir a nadie constituye, a veces, una tarea muy difícil. 
Quiero decir ante este tema que mi actitud ante palabras tales como "protectorado", "moro", "gitano" y epítetos parecidos es lo más tranquila que se pueda imaginar.
A mi casa, en Granada, la llaman la "casa del moro" porque llevo muy a menudo vestimentas de ese tipo, con las que me identifico y encuentro a gusto. Si eso es así, se puede uno imaginar que "estoy en mi salsa" en ese ambiente, sufro cuando los moros sufren y disfruto cuando los moros disfrutan.
En otros ámbitos más generales, usaré el término "protectorado" porque así se llamaba administrativamente, no porque me guste. Es más considero -según mi estimación, claro- que ese término no ennoblece la acción que hiciera España en esas tierras. Más bien, creo, fuimos una pieza de otros países más potentes que el nuestro en la conferencia de Algeciras. Pero me puedo equivocar.
Si uso "fatima", como se le solía llamar a las señoras de atención al servicio doméstico, no es por mi gusto porque, para mí, cada una de éstas tenía y tiene su nombre, y bajo ese nombre me dirijo a ellas.
Pero, también a este respecto he de decir que difícilmente tendré relaciones problemáticas con cualquier nombre al uso si llevo más de 35 años en contacto permanente con mis familias queridas de allí. Vienen a casa mis alumnos, alguna de sus familias, en el capítulo "amigos" de mis muros están más de 40 amigos y conocidos de variado origen. No he ido nunca a Marruecos "de viaje", sino "a ver a", fulano, o mengano y he ido a sus casas.
En suma, Marruecos o, mejor, Tetuán es "Dar diali".

Yo quiero ser sabio

Siempre creí, porque de lo que hablo no se puede saber, que los humanos somos hijos de aquellas influencias que hayamos tenido en momentos oportunos.
Atribuyo a mi padre gran parte de lo que soy como persona pensante y, a la vez, me imputo haberlo entendido mal o incompletamente para asumir los errores que haya tenido. Los errores que hubiera tenido él a la hora de orientarme han pasado al gran terreno de los olvidos cariñosos.
Pero hay uno que me resulta gracioso.
Mi padre aprovechaba cualquier ocasión que viniera a cuento para hacer apología de los grandes personajes que viera dignos de admiración. Newton era su preferido. 
Pero también hacia apología de los sabios: Aristóteles, Sócrates y demás colegas de la antigüedad.
Eran sabios porque sabían matemáticas, dibujo, física, filosofía, religión, etc....
Yo me propuse "ser sabio".
Y, cuando comencé a estudiar y tocar esas materias, aunque fuera poquito -ocho años- veía más dignos de admirar a esos grandísimos personajes.
Al cabo de un par de años de pretender ser sabio, vislumbré la enorme dificultad en que me había metido. Llegué a casa y le pregunté a mi padre:
"Papá, ¿los sabios sabían de todo?¿Sabían mucho?"
Él, echándose a reír y creo que intuyendo mi problema me respondió.
"Sabían de muchas cosas,.... un poquito. La ciencia no estaba tan avanzada como ahora. Y la misma filosofía no estará nunca acabada de hacer...."
Suspiré. ¡menos mal!. No parecía tan difícil ser sabio, pero, inmediatamente.
"Papá, ¿se podría ser sabio ahora?".
Y él, claro, apaciguador, contesta. "Es posible que hubiera algún sabio ahora, pero es poco probable. O sea, más bien no".
Y vi mi futuro personal. Sería aficionado. A todo, pero aficionado. No pasaba nada si no podía llegar a sabio.

viernes, 11 de enero de 2019

La oveja perdida

Acabo de terminar -es un decir, claro- un día normal de un jubilado como yo. He estado en Córdoba (ayer, en Linares) durante todo el día arreglando asuntos familiares. He llegado a Granada, perdón, a Las Gabias, ya caída la noche, con el coche cargado y un gran bulto en la "baca". He llamado a mi vecino, estudiante, al que de vez en cuando echo una mano en matemáticas, para que me ayudara a descargar el vehículo.


Me ha dicho que estaba en mitad del "secano", en la oscuridad, en un almendral, al lado de las placas fotovoltaicas, que había encontrado un corderillo recién nacido y que no estaba por dejarlo tirado en mitad del campo.
He dejado el coche cargado en casa, he cogido el todo terreno y, a oscuras, claro, y con una rueda medio inflar me he ido a buscarlo.

Los almendros, en medio de las placas solares.

Lo llamo por el móvil y me dice: "He visto tus faros, estás muy arriba, tira más abajo, por el carril de mitad de la zona de las placas solares". 

Y allá que voy. Como estamos a oscuras pienso que el resplandor de su móvil me resultará orientador pero, de pronto, me veo rodeado de montones de resplandores o resplandorcillos.

Lo llamo, se lo digo, y me contesta que no me fíe, que cada placa solar tiene unas luces en su base y parecen las luces de los móviles.

¡Socorro!, Estoy perdido. Lo llamo otra vez, digo que haga oscilar su luz y me dice que ya me ha visto, que si no lo veo a él es porque una loma -la de los almendros- me impide verlo. 

Meto el coche entre los almendros y, efectivamente, veo una luz que alumbra unas figuras medianas que corren delante de ella. Delante, una ovejilla y su madre. Mi vecino gritaba -estaba lejos- que la madre había encontrado a la ovejilla. 

Yo, dispuesto a meterlas a las dos en el coche y traerlas a su casa, detengo el coche, lo dejo arrancado y con las luces largas puestas, la luz interior también a ver si aclaro el panorama.

El grupo de animales y estudiante pasa corriendo delante de mi. Me sumo a la persecución y corremos a por ellas. 

En un momento determinado Dani llega a agarrar a la pequeñita. En eso, la madre oveja -muy profesional- ha intentado topar fuertemente al vecino. 

Ha soltado a la pequeña. Hemos corrido otra vez a por ellas.

De pronto, se me han conectado las neuronas y he dicho: "Dani", no te preocupes, has cumplido ampliamente tu deber de proteger a la pequeña, vámonos para casa". 


Hemos llegado a casa, descargado el coche. Él ha cogido su bici y se ha ido a la suya.


Yo me he sentado a tomar una cerveza, y escribir esto. 


Mañana, más.

martes, 1 de enero de 2019

El flamenco

Como ayer empecé mal -de ánimo, digo- el día, hoy he de decir para compensar que si bien hay preocupaciones anunciadas que siguen latentes, he cambiado el tono.
Ayer aprendí -por primera vez en todos mis luengos años- a apreciar el flamenco. Los espectáculos flamencos.
Fuimos a la peña de "La Plateria", famosa entre todas las peñas a ve un espectáculo montado por el "Carmen de las Cuevas". 
Como tantas otras veces en situaciones análogas, fui, vi, pero esta vez o vencí o fui vencido. Siempre, claro está, bajo mi interpretación de lo que había visto.
Ví al flamenco como un teatro, representativo de grandes fuerzas humanas tales como el amor, el amor erótico y también la muerte que, al parecer, va asociada con bastante -demasiada- frecuencia.
Vi la utilización del ritmo, después del fraseo complicado de la guitarra, como relajación y convocatoria a la unión del grupo. Ritmo para invitar al público a sumarse al sentir del escenario. Vi las posibles llamadas incendiarias y encendidas como un eros sublimado a lo que puedas sembrar de relaciones.
Vi, la ondulación de cuerpos, brazos y manos, como llamadas de atención a que te comuniques con el bailarín, quien pone todo el esfuerzo e llamarte.
También la alternancia entre la tensión y la relajación, cómo podemos confesar que la tensión, erótica o tanática es demasiado intensa como para mantenerla durante demasiado rato. Hay que relajarla y, entonces, un nuevo episodio de ritmo común, hace descansar al auditorio y a los participantes.
En fin, quizás sea mucho rollo mental mío. Pero, por primera vez en mi vida, lo disfruté.
Y, como estoy contento por ello, aquí lo anuncio para aquel que lo leyere, viere y entendiere.

Historias de Tetuán: Hassan II y Gadaffi

En un determinado momento del año 86, nos invitaron a un colega y a mi a ir de cacería de jalufos. Ibamos a los bosques que están a la izquierda del embalse que hay algo más allá de Ben Karrich. Tanto mi amigo como yo no teníamos ni idea de escopetas pero sí de ver el ambiente de un día de estos. 
Nos citamos a las cuatro de la mañana -no tengo ni idea de por qué tan temprano- en un cafetín de la Avenida 10 de Mayo. Creo que era en el Nipon.
Estábamos tan tranquilos chapoteando nuestros dulces en el café cuando oímos a los cazadores hablar de algo que nos llama la atención.
Decían. "No se nos puede olvidar, mañana o pasado hay que hacer la reunión del acta que ha mandado el Rey".
Bueno, pensamos, será algo típico de las asociaciones y no le dimos mayor importancia, pero al cabo de un rato constatamos que a los amigos cazadores les preocupaba el tema.
Aprovechando su hospitalidad preguntamos sobre lo que contendría ese 'acta' tan especial.
Y nos dijeron: El Rey ha mandado que todas -todas, todas- las asociaciones, clubes, equipos de lo que sea, agrupaciones de padres de alumnos, en fin, todo grupo constituido, convoque una reunión y elabore un acta en el que se diga que tal asociación, a través de la firma de sus socios, ratifica su deseo de cortar el pacto que hizo con el presidente Gadaffi, para la asociación de nuestros países.
Y caímos en la cuenta. Resultaba que unos años antes Hassan II y Gadaffi habían firmado un pacto de una unión entre sus respectivos Estados. Pacto que, también quiero recordar se refrendó por un plebiscito popular.
Al cabo de unos cuantos años -al parecer- el REy Hassan, rompió ese pacto y Gadaffi le afeó que no hubiera pasado esa rotura a las urnas.
Hassan II le contestó con que, si Marruecos tenía -pongamos, 18 millones de votantes- en las actas conseguidas a través de las asociaciones, había 24 millones de votos.
O sea que sacó un montón de votos para re-re-refrendar su deseo. No está mal.