domingo, 13 de agosto de 2017

mamá, me aburro...


-      Mamááááá..... ¡pero mamá!..
-      Niño, no se dice “mea burro”, se dice “orina caballo”.
-      Ajuuuuu.... siempre dices lo mismo.... ¿qué hago ahora?.
-      Juega...
-      Sí, ¿a qué?.
-      ¡Como si no tuvieras juegos!
-      Sí, pero son siempre los mismos......
-      Pues consuélate que hay quien no los tiene...
-      ¡Pues vaya!.....

Como estas... a montones... pero ¿cómo se las arreglaba que siempre terminábamos jugando?

Por ejemplo, doscientos primos, lugar, casa de la “abuelita” (curioso, nunca fue “casa del abuelo”), en la calle Marqués (...de Linares, 40, ¡por favor!), fecha, cualquier domingo y hora... después de comer en esas sobremesas larguísimas que tenían “los mayores” y a las que yo me hubiera pirrado por estar presente...

Pues eso, alguno de nosotros, quien quiera que fuese, se acerca a la puerta y aprovecha a... mamá o a cualquier mamá.... o sea, que la versión podría cambiar...


-      Tía Isa (o tía Teresa, o tía ... quien fuere)
-      Estamos aburridos, ¿a qué jugamos?.

A partir de ahí, había variaciones. Dependía del tiempo (climático, me refiero, o sea que si no llovía)..

  
-      Salid al patio a jugar, pero ¡cuidado con las macetas!

Y, si estaba cubierto, hacía frío o lloviendo...


-      Iros al cuarto de estar, esperad que os doy tijeras y estampas[1]

Entonces, aparecía, surgía una actividad creativa “e investigadora” cual pocas podría existir. No había ya primos ni niños, aparecía una factoría de objetos múltiples a cual más sugerente y que, además, invitaba a que la próxima vez se hicieran más y mejores.

Empezaremos por describir algo inusual tanto entonces, como lo pudiera ser hoy día: La mesa.

Alguien en aquella inmensa familia descubrió la posibilidad de cubrir -de los incipientes plásticos- lo que de otra forma hubiera corrido un gran riesgo (la faldilla) y, así, una a una, todas las mesas de la familia empezaron a cubrirse de un extraño “sombrerete”.

 

Además, no deja de ser curioso que desde muy pequeños nos dejaran  utilizar tijeras que, desde luego, no tenían la más mínima homologación “infantil”. O sea, que de puntas romas, nada de nada. Sí había, sin embargo, unas recomendaciones tajantes y que, bajo ningún concepto podían ser puestas en cuestión.

-      ¡Tened mucho cuidado con las tijeras!.

También, algunas consideraciones acerca de si la punta más afilada debería ponerse hacia arriba o hacia o hacia abajo y... poco más.

-      ¡Ala!. ¡A jugar!...

Y no había nada más que decir...

Pero,... ¿qué podíamos hacer con tijeras y “estampas”?.




Uf. ¡Multitud de cosas!.

Por ejemplo....

A)          Cualquier estampa, se dobla, aproximadamente por la mitad.
B)           Se dibuja en las cercanías de ese “canto”, figuras tales como:




C)           se recorta, se abre y sale una figura así de interesante:







Ahora, se “calca” la parte central sobre una nueva estampa –ahora de otro color-
Y obteníamos una maravillosa chaqueta:



Si se hacía sobre diversas partes del cuerpo, se iban obteniendo pantalones, blusas y ¡hasta guantes!....

Total, un montón de horas dedicadas a esto.... pero... tenían un defecto....

--¡Mamá!. ¡Esto es cosa de niñas!...

Pues sí, la verdad es que todavía/o, no había entrado/a la problemática /o de la educación sexista/o. O sea que, “los niños con los niños y las niñas con las niñas”....

Y, ¿qué se puede hacer  -de niños- con unas tijeras y un puñado de estampas?.

No hay problema, viene mamá y lo soluciona.



He aquí algunas ideas....

De nuevo el cartón, pero ahora la figura es otra:



Y, de ahí, sale




  
Luego, se dobla por los sitios importantes y viene a salir algo así:

 





 ....¡ Un maravilloso “carro”!, con burro, mulo o buey, que todo era cuestión de habilidad.

Lo mejor de todo es que, a partir de ahí podía haber “pique” entre unos y otros o con uno mismo para hacerlo más “de verdad” (realista, diríamos hoy), entonces había que ingeniarse para separar los varales del carro, que los cuernos (caso de buey) salieran nítidos y separados y, hasta hacer las patas de un lado distintas de las del otro para que pareciera que estaba andando.

El problema era que... no andaba y, claro... las quejas... ¡a mamá!.

-      Mamá, esto es muy aburrido,... ¡no anda!
-      ¿Qué no anda?, ¡trae para acá!

Y volvía a plantear el corte en la estampa, pero ahora le añadía una extrañísima figura detrás.


Algo así:


Y, cuando se cortaba y “montaba” adecuadamente....¡teníamos esto!:



Aparentemente no era más que la “tapa” de la ‘caja’ del carro, pero ¡hete aquí que si te ponías detrás del carro y ¡soplabas!, aquello corría que se las pelaba....

Después de estas hazañas maternales no te quedaba más remedio que mamá era un pozo sin fondo que tenía recursos para llevarte donde quisiera y dejarte sin posibilidad de quejarte.

Claro que, para que te dijera el sinfín de trucos que podía tener dentro... había que tenerla contenta y eso... eso es otra historia.





[1] ¿Se le decía así a las tarjetas de propaganda de las medicinas?.

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