Acabo de rememorar (¿qué raro?¿no?) una de las cosas más pesada de las vivencias de la niñez.
La sopa.
Daba igual qué tipo de sopa. Las había de miles de tipos y formas, bueno, de formas no porque todas eran sopas. Es decir, liquiduchos.
Y lo que sigo viendo y viviendo -justo hace un ratito- es que las sopas presuponen su servidumbre: la cuchara.
En sí, la cuchara no es demasiado problema. Nótese, por ejemplo, con los garbanzos la cuchara es algo útil. Bien manejada te lleva a la boca una manada de "trompitos" junto con alguna brizna de tocino y algún grumito de morcilla.
Todo eso es adecuado a la cuchara y ésta a eso. Está bien. Perfecta.
Pero el problema es la sopa. El caldo, el liquiducho.
De sabor bueno, de olor, también, pero.... hay que tomárselo "a cucharadas".
Es decir, una a una, poco a poco, de 3 centilitros en 3 centilitros -si se tiene una eficiencia adecuada- hasta llegar a los 278 cl del plato. Es decir, casi cien veces meter la cuchara en el plato, perseguir un fideo, llevarlo hasta el reborde del plato "hondo" y, después, a la boca.
Pero, ojo "¡sin hacer ruido!", como nos advertía alguna de las tías.
Y ya he apuntado el problema. El ruido. El sorber, el aire en emulsión para apurar eficientemente la cuchara. Y sin quemarse. Lo que no es poco.
A ver, escenario. Mi comedor preferido. Muebles preciosos, mesa estupendamente puesta, una campanilla, que sonaba estupendamente, una sopera, un cucharón y un plato delante.
Te lo llenan. Repito, te lo llenan. y empieza el largo camino hasta su final.
Primera cucharada. Quema. Pero, paseando el liquiducho por tu cavidad, lo consigues llevar a la laringe. Pasó.
Pero te recriminan: "Sin ruido".
Y, como ya lo has intentado varias veces, tratas de mirar a ver cómo lo hacen los mayores. Meten la cuchara en el plato, ¡pero no la llenan!. Ya tienen arreglado uno de los problemas. Las gotas.
Vale, siguiente intento, no llenas la cuchara, la llevas a la boca. Esta vez lo que quema es la cuchara, no la sopa. La pones en los labios. También quema ¡c....!. pues sorbes, es decir, metes aire en....etc.etc.
La sopa.
Daba igual qué tipo de sopa. Las había de miles de tipos y formas, bueno, de formas no porque todas eran sopas. Es decir, liquiduchos.
Y lo que sigo viendo y viviendo -justo hace un ratito- es que las sopas presuponen su servidumbre: la cuchara.
En sí, la cuchara no es demasiado problema. Nótese, por ejemplo, con los garbanzos la cuchara es algo útil. Bien manejada te lleva a la boca una manada de "trompitos" junto con alguna brizna de tocino y algún grumito de morcilla.
Todo eso es adecuado a la cuchara y ésta a eso. Está bien. Perfecta.
Pero el problema es la sopa. El caldo, el liquiducho.
De sabor bueno, de olor, también, pero.... hay que tomárselo "a cucharadas".
Es decir, una a una, poco a poco, de 3 centilitros en 3 centilitros -si se tiene una eficiencia adecuada- hasta llegar a los 278 cl del plato. Es decir, casi cien veces meter la cuchara en el plato, perseguir un fideo, llevarlo hasta el reborde del plato "hondo" y, después, a la boca.
Pero, ojo "¡sin hacer ruido!", como nos advertía alguna de las tías.
Y ya he apuntado el problema. El ruido. El sorber, el aire en emulsión para apurar eficientemente la cuchara. Y sin quemarse. Lo que no es poco.
A ver, escenario. Mi comedor preferido. Muebles preciosos, mesa estupendamente puesta, una campanilla, que sonaba estupendamente, una sopera, un cucharón y un plato delante.
Te lo llenan. Repito, te lo llenan. y empieza el largo camino hasta su final.
Primera cucharada. Quema. Pero, paseando el liquiducho por tu cavidad, lo consigues llevar a la laringe. Pasó.
Pero te recriminan: "Sin ruido".
Y, como ya lo has intentado varias veces, tratas de mirar a ver cómo lo hacen los mayores. Meten la cuchara en el plato, ¡pero no la llenan!. Ya tienen arreglado uno de los problemas. Las gotas.
Vale, siguiente intento, no llenas la cuchara, la llevas a la boca. Esta vez lo que quema es la cuchara, no la sopa. La pones en los labios. También quema ¡c....!. pues sorbes, es decir, metes aire en....etc.etc.
¡Sin ruido!. Vale, tercer intento. Concentrado.... ¡y quedan 96!.
Algunos años más tarde, en Sevilla, encontramos un cómplice eficaz antisopa.
Mi tío Manolo, nuestro tiazo Manolo.
Comiendo en casa, llevó su plato -ya sin fideos- hasta un volumen adecuado y nos invitó: "Mirad". ¡Y se llevó el plato a la boca y bebió de él directamente!.
"¡Manolo!", dijo mi padre, con una sonrisa de oreja a oreja. Con la suficiente condescendencia para que los seis hermanos, hasta Nico superpequeño, acabáramos las sopas "como el tío Manolo".
Lo más gracioso es que muchííííísimos años más tarde, en la Medina de Tetuán te enseñan con una disciplina absolutamente sistemática a sorber, con todo el ruido posible, (porque por si alguien no lo sabe, el té hierve a 120º).
Más de una vez recordé a tía Mariana cuando estaba sorbiendo té con mi amigo Mustafa.
Algunos años más tarde, en Sevilla, encontramos un cómplice eficaz antisopa.
Mi tío Manolo, nuestro tiazo Manolo.
Comiendo en casa, llevó su plato -ya sin fideos- hasta un volumen adecuado y nos invitó: "Mirad". ¡Y se llevó el plato a la boca y bebió de él directamente!.
"¡Manolo!", dijo mi padre, con una sonrisa de oreja a oreja. Con la suficiente condescendencia para que los seis hermanos, hasta Nico superpequeño, acabáramos las sopas "como el tío Manolo".
Lo más gracioso es que muchííííísimos años más tarde, en la Medina de Tetuán te enseñan con una disciplina absolutamente sistemática a sorber, con todo el ruido posible, (porque por si alguien no lo sabe, el té hierve a 120º).
Más de una vez recordé a tía Mariana cuando estaba sorbiendo té con mi amigo Mustafa.
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