miércoles, 26 de diciembre de 2018

huevos fritos con patatas

Yo hice la mili. Como todos los compañeros de mi edad en aquellos tiempos. 
Hacíamos lo que se llamaba la "milicia universitaria" que era un no extraño contubernio por el que facilitaban a los estudiantes el que el 'servicio militar' no interfiriera en los estudios.
Durante los veranos íbamos a un campamento de instrucción que, para nosotros, estaba en Montejaque -Ronda-, donde aprendíamos "orden cerrado" y no sé cuantas cosas más. Pero, ahora que pienso algo, todo o casi todo lo que aprendí allí me ha ido sirviendo en distintas etapas de la vida.
Pero no se trata de hablar de aquello, sino de otra cosa más curiosa, más cercana a los usos y costumbres familiares y, por tanto, mucho más próximo a todos
Sucedió al hacer las "prácticas de la milicia" que era como se llamaba a un período de la instrucción en la que, nombrados sargentes o alféreces, seguíamos aprendiendo las tareas propias de la vida militar.
Aprendíamos mucho, mucho más de lo que se puede pensar y, entre ellas, a hacer machadas de distinto tipo.
La que más se acerca -como he dicho más arriba- a la vida familiar es la siguiente
Hice amistad y guardo un excelente recuerdo con un compañero, proveniente de Barcelona capital, que estudiaba -o había acabado- "económicas". Estábamos en el C.I.R número 5, en Cerro Muriano, en Córdoba.
Por la razón que fuera, casi desde el principio de ser destinados allí, empezamos a charlar, tomar cerveza y cambiar impresiones sobre el mundo, la historia y qué duda cabe, aspectos de la política cotidiana y la por venir.
Campamento de Cerro Muriano.
En nuestro tiempo era mucho más pequeño

El caso es que nos hicimos amigos.
Y, en mitad de nuestro período de prácticas aconteció un fenómeno singular. Habíamos empezado en instalaciones asombrosamente absolutamente cutres, de campamento de desierto entre encinas y barracones del siglo XIX, a otros edificios modernísimos, límpidos y diáfanos cual es difícil imaginar.
Entre sus maravillosas maravillas estaba la cocina. Tenían una freidora sensacional. Hacía unas patatas fritas maravillosas, tanto, que nos picamos con ella.
Un día le dijimos al personal de cocina que "no eran capaces de freir tantas patatas como nosotros de comérnoslas".
Y, se fijó la apuesta. 
Llegamos de las horas de instrucción y nos esperaban a cada uno una bandeja de patatas fritas y, además, otra de propina. 
Pedimos tres huevos cada uno y, empezamos a comer.
Cerveza, las que hubiere menester y, así así, no nos importó quedar empatados con el personal de cocina. Comimos todas las que habían sido capaces de freir.
A esa hora tocaba lo propio. En Agosto, en Córdoba, siesta.
Subimos a nuestros cuartos con la única limitación marcada por el que, al final de la siesta, había que seguir con las tareas instructivas.
Pues, nada más, dormimos y, a la hora convenida nos llamaron para ir a las tareas propias.
Llegamos a nuestras respectivas unidades y advertimos que los mandos y la tropa nos miraban con cierta sorna.
Es verdad que habíamos llegado "con la hora pegada al culo", pero no parecía haber ningún problema.
Hasta que nuestros respectivos capitanes nos llamaron en un aparte y nos dijeron que 'habíamos perdido un día'.
Yo, supongo que Mario también, me quedé un moco mosqueado. ¿Que habíamos perdido un día?¿Qué significaba eso?
Pues nada más y nada menos que, que, habíamos perdido un día. Es decir que nos tumbamos a 'echar una pestaña' un día y habíamos aparecido al siguiente.
Yo venía desde el campamento 'de arriba', el del "llano amarillo" y Mario, me parece, que desde las propias instalaciones.
Nos vimos a la hora del "alto" y empezamos a recibir informaciones, risas de los compañeros y miradas cómplices de todos con los que nos cruzábamos.
Hasta que, al día siguiente -o esa misma noche- empezamos a recibir información más concreta.
Nos echamos a dormir, conscientes y con dominio normal de las habilidades psicológicas y normales, pero el cuerpo -aparato digestivo- dijo de las suyas. 
Al parecer, al cabo del rato normal para final de la siesta, alguno de los soldados ordenanzas de la residencia de suboficiales donde residíamos, subió a vernos y, al comprobar que estábamos requeteprofundamente dormidos, no se le ocurrió otra cosa que avisar al cuerpo médico. 
Nos visitó el médico que fuera, comprobó que no estábamos mal, tan sólo atiborrados de papas, huevos y cerveza y... avisó a la superioridad quien, a su vez, avisó a las respectivas unidades para que 'no nos esperaran'.
Y, así, 'perdimos un día'. 
Pero a los dos días nos llamaron del "mando". 
Fuimos los dos un poco cariacontecidos, ¿qué nos aguardaría?.
El Coronel, Teniente Coronel o lo que fuere, nos recibió en su despacho. Muy serio, pero, por debajo, se le notaba que no estaba enfadado y dijo algo que hoy día sería inaceptable.
"Señores, han faltado ustedes a su deber, han tenido un fallo grave de falta a sus responsabilidades, eso no se puede hacer, pero.... , pero.... teniendo en cuenta que han repetido de alguna forma la tradición militar de hacer esa machada, dénse por satisfechos con....(no recuerdo qué sanción nos pusieron, ni siquiera si hubo alguna).
Y, no hubo más, a lo mejor nos tuvimos que quedar algún domingo confinados en la residencia, pero, desde luego, si lo hicimos, no volvimos a desafiar al personal de cocina.
Ahí ha quedado eso. En nuestro curriculum ha de constar que fuimos reconocidos por hacer una machada de huevos... con patatas.
¡Ah!, se me ha olvidado decirlo, pero Mario, el citado líneas arribas, se convirtió en mi cuñado algún tiempo después. Y, para que conste, yo sigo considerándolo como tal por encima de los avatares administrativos.
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