martes, 2 de febrero de 2021

Jugando entre harinas

 Se me ha abierto la bolsa de los recuerdos y, como la puse dentro de una de las talegas que hacía tia Teresa, los tengo todos desordenados. Salen cuando quieren, los que quieren y cuando quieren. Pero no están mal.

Por ejemplo, un recuerdo de meriendas.
Sabido es que la referencia casi obligada era el pan con chocolate. Pero de forma modosita: "dos 'onzas'" por cabeza y un trozo de pan adecuado al tamaño del infante. Nos decían "el pan se come, el chocolate se huele", para así justificar que nos diesen 'tan poco' cuando podrían darnos 'más'.
Casi siempre fue chocolate Nestlé, el que tenía estampas y que dio lugar a relatos alrededor del tío Juan. Alguna vez fue otra marca, pero por poco tiempo. No había traza de comparación. Éramos Nestletianos hasta la coronilla. ¡qué bueno estaba!.
Mi hermano Pablo y yo vivimos en una ocasión un ataque furibundo a la probidad meriendil. Trajo un amigo suyo a merendar y, cuando estábamos partiendo el chocolate, como buenos amigos, él no lo fue -el amigo-. Esperó que tuviéramos las dos onzas y cogió el resto de la tableta. Pablo y yo, espantados y, se lo dijimos a mamá. Ella minimizó el tema arguyendo que "sería costumbre en su casa".
Cuando fuimo a su casa a jugar con la magnífica colección -completa- de los minicares "anguplas" y nos dio de merendar sufrimos la misma afrenta. Nos dio a Pablo y a mi dos onzas a cada uno y él, se comió la tableta que quedaba.
Ahí, creo, empezamos los hermanos a tratar de buscar compensaciones. Si lo mandábamos al diablo, ganábamos en chocolate, pero.... nos perdíamos las magníficas tardes en que íbamos, junto a algunos de sus primos, a jugar a la fábrica de harinas que tenía su padre.
La fábrica estaba justo al lado de la "Estación de Almería". Se llamaba "Santa Rosa de Lima" y estaba llena de sacos magníficamente apilados.
Jugábamos al esconder, seis u ocho chiquillos entre los montones de harina del almacén y, cuando no había ningún obrero por allí, nos atrevíamos a subirnos a las pilas y ¡saltar de una a otra!. Posiblemente tuvieran tres o cuatro metros de altura y separados por pasillos de 1 ó 1,5 metros.
¡Hasta que se acabo la juerga!.
Uno de nosotros, al saltar de una pila a otra, se cayó por el hueco.
Nos quedamos helados. ¡Había desaparecido de nuestra vista!.
Bajamos por otro lado y fuimos al pasillo a buscarlo.
Nos encontramos con medio amigo tan sólo. Callado, absolutamente silencioso y mirando al trozo de cuerpo que le faltaba.
No podíamos creerlo. Había tenido la inmensa suerte de caer de pie sobre un saco en idéntica posición, penetrarlo y hundirse en él hasta, casi, la cintura.
Pero ¡le faltaba medio cuerpo!....desde el punto de vista visual, claro. Impresionaba.
Pasó por allí un mayor y nos ayudó a sacar al amigo del saco.
Estaba enharinado, rebozado.
Nos aguantamos la risa porque el susto había sido de aúpa.
El mayor nos dijo que difícilmente nos dejarían jugar más veces por allí.
Y así fue. Ya no fuimos más a la fábrica de harinas a jugar.
Yo volvería mañana, si pudiera.

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