Habíamos pasado toda la mañana en Karnak. Una vez más, guiados por nuestra maestra en estas artes recorrimos casi todos y cada uno de los rincones. Unos nuevos y otros antiguos y, aunque siempre queda algo por ver -o volver a ver- quedamos más que satisfechos.
Como cosa curiosa habíamos citado a una clínica para que nos hicieran la prueba del "bicho" estando en el templo. Nos avisaron desde fuera y acudimos a los gafires y guardas del pilono principal. Les dijimos del tema y con más o menos humos nos dieron 30 minutos para salir y volver.
Pues se hizo, Un motorista practicante -o al revés- nos estaba esperando. Hizo el acopio de bichos posibles en cada uno de nosotros y volvimos al redil.
Pero, al salir, hay algo que empieza a oscurecerse. Alguien de nuestro lado nos señaló unos nubarrones que parecían amenazar y lo vaticinó. Esta tarde, tormenta.
Bueno, pues ya lo veríamos.
Y nos fuimos a comer, en plan señorones, al Winter.
A eso de las cuatro o por ahí nos disponemos a levantarnos y los camareros, muy atentos, nos señalan las ventanas. l
No hay cielo y no hay árboles ni farolas ni nada. Sólo una nube de arena y, de vez, en cuando, alguna palma o rama de árbol que en su recuperación, pasa por la ventana.
Ya no contamos con nuestro paseo nilótico. Había que ir por el puente.
Cuando escampó -más o menos- salimos al exterior. Un ligero paseo por un anticuario y nos acercamos a los taxis.
Un 504 limpísimo y reluciente. Más o menos cuarenta y tantos años. El chófer, con su galabiya gris, un turbante más o menos formal y un precio muy asequible.
Al subir nos dimos cuenta de por qué era 'barato'. Nos sentamos con cuidado en esa especie de moqueta felpudo almacén de arena, polvo y sabandijas, con todo el cuidado del mundo.
Entre los asientos una especie de consola que, al apoyar el brazo en un descuido, se desarma y tengo que poner más o menos en orden.
La guantera no existe y, arrancamos.
Pero ya estaba yo interesado en cómo estaba aquel cacharro. Sabía, sé, que los Peugeot han tenido siempre un cambio con una palanca de mando muy preciso. Este no.
Palanca al volante, comme il faut, y la primera está en la rodilla iquierda del chofer. Yo la esperaba abajo, pero no en el otro lado.
Segunda arriba, casi en el parabrisas... y ya no miré más.
Orilla oriental del nilo para salir a la búsqueda de la carretera. Rumbo sur por una calle moderna. Aire a ráfagas aún serias y, al llegar a uno de los cruces hay unos hombres llamando la atención para parar a los coches en plan urgente. ¡Hay árboles caidos!.
Nuestro conductor ni se inmuta y, a la vez que otro taxi, dan una vuelta al bulevard que pareció una maniobra de acrobacia. Nos mete en una ruta auxiliar y sigue rumbo sur.
A los cuatro o cinco kilómetros el ambiente es oscuro y, como tantas otras veces pienso que tendrían que encender los faros, pero está claro, el ojo de horus los ilumina y aquí no encienden los faros ni dios.
Nos acercamos al puente, nos subimos y cruzamos el río y, ya en la orilla occidental me empiezo a preocupar. Sé que la "carretera agrícola" tiene interrupciones no iluminadas, de vallas metálicas negras y, a veces, un coche de la policía.
Pues empieza la aventura, ya es de noche bajo nube gris. y, para colmo, caen unas gotas.
Ni la más mínima intención de poner limpia y lavaparabrisas. El chófer se inclina hacia la inexistente guantera y hurga entre trapos y otras cosas. Saca lo que parece una esponja -marrón oscuro/negra- y asomándose ligeramente por su cristal la pasa un par de veces por el parabrisas. Pero nada de esforzarse, vamos, 35 cm desde el borde. Ha dejado un manchón marroncillo en donde había antes gotas sobre una capa de arena marrón claro.
A veces enciende los faros y, de vez en cuando, frena. Hay policías y, antes de pasar por ellos se ha echado encima el cinturón de seguridad.
Así, con frenadas, luces -de faros- intermitentes, aceleraciones a oscuras y, poco a poco se va llenando la carretera de otros coches y camiones indicando que llegamos al barrio de destino.
Llegando al muelle se para y Alicilla hace ademán de pagar. Pero hemos pedido que se detuviera delante de un kiosko para comprar no sé qué. Se baja el conductor y, Alicia madre, a mi izquierda, en el asiento posterior comprueba que no tiene manecilla de apertura. El conductor se apresta a abrirle desde fuera, en el momento en que la chica pasa por delante del coche y éste, sin freno alguno, se dispone a atropellarla.
Caos completo, conductor entrando apresurado por la puerta, Alicilla se ha echado atrás para evitar su aplastamiento. Alicia madre está medio bajar y yo... no sé qué hacer más que tomar nota mental para contarlo.
En fin, una aventura.
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