sábado, 2 de agosto de 2025

La peña del aire

 Cualquier día de agosto de algo así como ¿1955?.

 Muy temprano, el sol , poquito y pequeño, manda un rayito hacia El Puntal. Por la ventana, ventanilla de nuestro cuarto, el de los varones, con mil y un tíos y primos, se ve un aura verdosa suave marcada por la chopera y... un ruido.

He abierto un ojo y he visto cómo la ventana estaba con una rajita y temblando un poco. ¡Que se va!, ¡que se va!, me dice mi pequeño intelecto y salgo de la cama. Pantaloncillos, camisilla y sandalias, todo adecuado a mis seis años... y, desde la parte de arriba de la litera salto al afeizar, paso la ventana y aterrizo en la parte delantera de la casa.

Lo  veo a lo lejos y echo a correr, atravieso por los juncos  y lo pillo en la puerta de la cabaña de los leñadores, donde el tío Félix tiene el gallinero.

Me dice, ¿A dónde vas?. Y yo aduzco con la mayor autoridad que puedo -poquita, claro.  Contigo. Que, no responde nítidamente a su cuestión, pero que es congruente con la voluntad.

Me mira, no mucho  y echa a andar... Seguimos, campo de fútbol, subida a una pequeña cuesta del final, camino de la Fuente Fresca. Nada, un cuarto de hora, Bebemos, rápido y dice que vamos a "la Peña del Aire".

Sabía de su existencia porque alrededor de ella está la historia de "los lobos". Esos que empujaron  una manda de ovejas hacia la Peña y, empujándolas las hicieron caer por el barranco sobre el arroyo del Cortijo de Abajo.

A partir de la Fuente no hay camino, es una selva de helechos. Es decir, una selva bajita que no es difícil atravesar pero que hay que hacer con cuidado. No se ven los hoyos del terreno y, aveces, hay traspies.

Pasamos por un sitio especial. Es reverenciado. Ahí estuvo el pino que llamábamos "El abuelo" o algo así. Era, era, era, tan grande, tan majestuoso que hacían falta no sé cuantas personas para rodearlo, pero... es el sueño pasado. No queda nada, una tocona deshecha que parece marcar aquella posición histórica. 

Seguimos y, me avisa. A partir de aquí, cuidado, el terreno es peligroso.

No me lo esperaba. Para mí que -por terreno peligroso- se entendía las asperillas. Es decir, un sitio duro, blanco, liso, lleno de chinitas redondas que hacen patinar hasta el calzado más adherente.

Y no hay más.  Bueno, sí, en medio de  una loma con un terreno así hay un "mojote" impresionante. Es una peña grande, casi como un autobús, pero arrugado, arrugadísima y enhiesta. A unos metros delante de ella, hacia el suroeste, un cortado y abajo, el arroyo.

O sea, peligro. 

El tío Rafa me dice que me suba a la piedra y que espere. Y, ahí me quedo. Veo amanecer, sol más claro, es decir, Puntal brillante, y la sombra de los Calarejos baja por la ladera del monte de enfrente.

Al rato de ver el amanecer, de habérmelo estudiado, de retener paisajes, colores y ruidos del viento, aparece el tío. Se ha ido por ahi, supongo que a explorar posibles excursiones futuras. 

Volvemos y, ahora, sí que paramos un rato en el monumento al gran árbol familiar. El "abuelo" nos saluda. Lo reverenciamos, le damos un canto a que nos hubiera gustado conocerlo y, por decirlo así, le rezamos y ponemos falta.

Vuelta por la fuente fresca y, a la llegada la casa, tia Teresa, de guardia.... "¿dónde estábais?" y, claro, la respuesta consabida y archirepetida.

 "Por ahí". 

 

  

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