jueves, 15 de octubre de 2015
El pequeño escalador
El 3 de octubre 2015, escribí el relato para la sobrinieta:
Año 2016 y pico. Más o menos, por estas fechas. Hace un otoño agradable después de un verano tremendamente caluroso. Como se preveía que el clima va a más caliente, la urba donde viven Patri, Flo y Ana, ha estado plantando árboles en los sitios en los que aún no los hubiera.
O sea, un bosque, de árboles decorativos y frutales.
Han venido los podadores y hemos tenido a Ana mirando por la ventana la labor de esta gente. Le llama la atención la cantidad de hojas que hay en el suelo y los señores en lo alto de los árboles. "¡mamá!", dice, "¡esa gente está ensuciando el suelo!"....
"Que no, Ana, están quitando a los árboles las hojas y ramas que le sobran".
"¡ah!, ¿puedo salir a verlos?".
Patricia mira por la ventana y le dice, "espera un poco, ya están acabando y van a retirar las hojas dle suelo"
Efectivamente, quitan las hojas del suelo y, al final, sale la chica a ver lo que han hecho en los árboles.
Un silencio normal y, de pronto, un grito, en principio no muy fuerte..."¡Mamá!, mamá, mamááááááá!.
No es un grito de auxilio, pero si para asomarse a ver que pasa.
Sale Patricia de la casa y, no ve a Ana. :"¡Chica!. ¡Ana!.....¿dónde estás?".
Se oye una voz temerosa...no muy intensa, parece más culpable que asustada...."....aquí, aquí".
Patricia está sorprendida.. La voz no está a nivel del suelo, mira a las ventanas, por si aún estuviera en la casa...."¿donde estás?".
Ana: "...aquí, aquí"....
Patricia empiea a mirar a los árboles y, se fija en que en uno de ellos hay una escalera típica de podadores, una base ancha que se va estrechando a medida que se pierde entre las hojas del árbol.
La voz de Ana ¡sale de ahí!. Patricia corre hacia la escalera, sube los primeros escalones y encuentra a Ana agarrada al último escalón, con una mano, y con la otra a una rama. No puede dar la vuelta, no sabe y no puede bajar. Está empezando a asustarse. Mira a su madre como sube la escalera y grita de satisfacción: "¡mami!".
El hecho asociado, del que sale este cuentecillo es el que sigue:
Vivimos ya en Las Gabias, desde hace más de año y medio. Vinimos con el nacimiento de Fernandillo y con las oposiciones de Maureen. La casa está solitaria en medio de un olivar y las únicas sombras que tenemos,son las que tienen los olivos cuando quieren.
Creo que vino alguien a podar los olivos y dejó unas escaleras típica de los huertos, apoyada en el olivo del "patio grande", es decir, justo al lado de la cocina.
Estas escaleras se caracterizaban por tener una base muy ancha, dos palos que iban juntándose en lo alto, y un tercero que le servía de trípode para el caso de dejarlas exentas.
Las escaleras llevaban ahí semanas y semanas, ni estorbaban ni ayudaban, se quedaron ahí.
Ha caído el sol hace rato y estamos preparando la cena. La puerta de la cocina está abierta y a caballo con el salón estamos todos los de la familia haciendo cosas, sentados en la TV o qué se yo.
De pronto oímos un grito de susto, bueno, más bien de "asustao". Fernandillo, que estaba en la cocina, ya no está y se oye su voz desde el exterior.
Salimos hacia lo que hoy es el patio -entonces campo, puro y duro-, ... y ¡no lo vemos!. Ha dejado de gritar y,....¿dónde está?. "¡Nano, nano!, ¿dónde estás?!....
Su vocecilla, -bueno, realmente vozarrón-, se oye a una cierta altura. ¡Está arriba!, pero, ¿de qué?.
Distinguimos la escalera apoyada en el olivo... y miramos para arriba.
¡Allí estaba!, en el último escalón de las escaleras y agarrado a una rama del olivo. Subir había subido, pero no tenía habilidad ni para bajar las escaleras ni para dar la vuelta.... pues entonces, chilla.
Al dia siguiente estaban las escaleras apoyadas en otro olivo, pero lejos de la casa y el "nano", avisado de que no repitiera aventuras.
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