domingo, 6 de diciembre de 2015

Los boquerones y la lavadora

Año 2020. Verano. La familia Hepfer-Martín ha venido a pasar unos días de vacaciones. Aprovechando la cuestión, el "holding Martín" ha decidido cenar juntos en una terraza del Albayzin. Hay diversidad de opiniones, pero alguien empieza a hablar de boquerones fritos. Se encargan un par de raciones de esta delicia y contestan, desde la cocina, con que "no hay". Bueno, no es tan importante.... pero ocurre una cosa importante, novedosa en la gran panda Martín: nuestra sobrinieta quiere boquerones. Se le dice que no hay y, ya está.
Pero la chica está algo desconcertada y sigue con su petición. Los padres insisten en que "no hay boquerones" y, Anita, que para eso es chica, pasa por alto la observación .... y quiere boquerones.
De pronto, al tío Rafa se le ocurre una idea. Coge a la chica en su regazo y le anuncia que va a comer boquerones. En las servilletas normales, al uso en los bares, empieza a dibujar... boquerones... y se los va dando a la chica que, sin inmutarse, empieza a comérselos. Uno, tres, ocho, diez van hacia dentro. La familia mira a la sobrinieta con incredulidad. Se come los papeles sin parecer extrañada en ningún momento.
Hay risas, como es lógico, pero seguimos las charlas normales como si no pasara nada.... hasta que la enana enseña una servilleta de las normales y le dice al tío Rafa: "está sucia"... y ya que estamos, no es cuestión de cambiarla por otra, sino lavarla.
Pinta una lavadora y, con el propio bolígrafo corta el ojo de la puerta. Introduce la servilleta sucia en la lavadora y agita el dibujo como haría una lavadora normal. Rafa-hijo, que se ha dado cuenta del tema, ha cogido desde detrás del dibujo, la servilleta sucia y, al cabo de unos momentos, presenta para que salga por el agujero una servilleta (nueva), limpia.
Anita está encantada: ha comido pescado y le han lavado una servilleta de papel...
Desde luego, esta familia es magnífica.



Esto es auténtico, tal y como lo cuento. Cuando Eloy, el de Nacho y Carmen, quiso comer pescado e insistió en ello, le pinté pescaitos en servilletas de papel. Se los comía como si fueran auténticos y, al final, como ahí digo, le lavamos la servilleta de papel.

O sea, que somos magníficos.

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