jueves, 5 de enero de 2017

los niños mueren

Hay historias grandes, aunque los protagonistas sean pequeños, o pequeñas, que tanto da.
La familia Hepfer-Martín entra en una Iglesita de un pueblo del centro de México. Han comido en un hostal montado sobre la casa de un antiguo indiano, originario de Asturias, que propugnó poner en toda la zona unos cafetales primorosamente cuidados.
La iglesia es una copia de Nuestra Señora de Lourdes, de quien el antiguo Astur era devoto.
En la mismísima puerta hay un par de chiquillos, de no más de 6-9 años. A su lado, un pequeño ataúd. Blanco impoluto.
Sorpresa. Y, sin vacilar, la pequeña Anina se dirige a los chicos y les dice "¿es vuestro hermano?".
Le contestan afirmativamente. Anina se vuelve a sus padres y les dice: "me quedo con ellos".
Los padres comienzan a ver la iglesia que, sumida en una penumbra agradable supone una sorpresa refrescante. Hablan con el cura y le preguntan sobre lo que hay en la puerta. Él les dice que sí, que están esperando a unos familiares y que, seguidamente procederán al entierro del panchito.
Vuelven hacia la puerta, Anina está sentada con los chiquillos. Le dicen "¿nos vamos, Ana?".
Ella consiente, les da un beso a cada uno de sus amiguillos y salen a la calle.
Al salir, mientras bajan la escalinata, les pregunta... "¿Es que los niños también nos podemos morir?"



Rafalillo con tres años, Lugar, Cuetzalan. Tal y como lo cuento, cambiar Anina por Rafalillo y todo lo demás igual.
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