Los Hepfer-Martín están de viaje por México. Estamos en 2018, por primavera. El tiempo es magnífico aunque hay que lamentar el comienzo de las lluvias por la tarde. Van camino de Guadalajara cuando deciden asomarse a Tepozotlan, Es media mañana y luce un sol espléndido.
Anina está encantadora, corretea por el zócalo de esta ciudad y los padres la llaman para ir a visitar la antigua iglesia de los Jesuitas que contiene el museo del virreinato.
Hay poca gente. El ambiente es tremendamente agradable entre los patios y el jardín que rodea a las instalaciones.
Al salir al zócalo y plaza de la Cruz, hay un ambiente aún mejor. Un grupo de mariachis alegra la mañana.
Se acercan con la chica de la mano. Los corridos que cantan son canciones conocidas de antiguo y Patricia tararea algunas tratando de que la chica las aprenda.
Un grupo de enanos de la misma edad que Anina la reclaman para jugar y, durante un instante, hay carreras y chillidos infantiles.
De pronto, Patri y Flo descubren que no tienen Anina a la vista, empiezan a mirar para todos lados con aprensión. ¿dónde está?.
Se mueven entre el grupo y les sorprende que hay gente que los mira y que, también, miran a los músicos, todos sonrientes.
El momento es angustioso. ¡Hay una niña perdida!. Patri empieza a dirigirse a algunas madres que, junto con sus chiquillos están oyendo la música y ve cómo una señora le señala al gran guitarrón de los mariachis.
El músico que lo toca mira a Patri y mira, también, detrás de la gran panza de su instrumento.
Parece algo raro, pero, ¿cómo es posible que en un momento tan dramático la gente sonría como si no pasara nada?.
Flo, que se ha ido hacia los músicos al advertir la mirada de éstos hacia él, se vuelve y llama la atención a Patricia. Le señala con el dedo al guitarrón que su instrumentista está tratando de girar para que se vea lo que tiene detrás.
Anina, apoyada en la panza del instrumento sonríe beatíficamente. Está sintiendo las graves vibraciones de sus cuerdas. Está feliz.
Tal y como ocurrió. Se nos perdió Rafalillo en ese mismo sitio. Estábamos pocas personas en la plaza y el grupo de mariachis pareció súbitamente divertido. Todos miraban hacia atrás del guitarrón. Rafalillo se había subido al estrado -no sabemos cómo- y estaba pegado al guitarrón. Disfrutando de vibraciones.
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