Ayer hizo treinta y un años de la muerte de mi padre.
Nos encontramos con un golpe inesperado en fechas, modos y finales.
Pero digo, en su honor, que a él no le cogía desguarnecido. Y no me voy a referir a temas de espiritualidad -que, evidentemente, la tenía- sino a su proverbial, magnífico, sentido del humor y, valga el término, de la relatividad.
Unos cuantos años antes, en la sobremesa de un día lo más normal del mundo, me dijo "...venga usted para acá, tabardillo "(y eso que era uno ya mayor y con hijos) y me sentó a su lado en el sofá que aún era grande y rojo.
"Mira....-y dijo algo como introducción que no entendí- hasta que oí la palabra "muerte"-
...(difusos recuerdos), pero, en seguida, indicaciones prácticas...."le preguntas al de la funeraria o, mejor, te enseñará un catálogo....y, si hay cinco ataúdes, parte de considerar el de en medio.... si hay siete, mira el tercero por la cola...(yo estaba atónito, no estaba preparado para oír una planificación así de nítida sobre la planificación de su entierro). En cualquier caso, desechas los primeros de la tabla que serán para señores con mucha más prestancia que yo y que en absoluto me gustan... Tu ve pensando en una cosa prudente (pero tendiendo a austero, entendí yo).... y siguió. "en los adornos, coronas y demás parafernalia, te vas a encontrar con la que traigan las personas de fuera, pero, si puedes sugerir, nada ampuloso. Todo muy sensato".
El tema no parecía dar más de sí. Papá, como un faraón egipcio dejaba dictaminada la estética de su marcha al más allá.... pero nada monumental...
Yo estaba asombrado y tomé el encargo como un acto claro de su voluntad y que debería ser respetado.
Pues bien, un día tal como ayer, más o menos, nos avisan desde Traumatología que papá ha muerto a causa del derrame cerebral del porrazo motorista.
El entonces cuñado -y para mí sigue-, José Sánchez Montes, se ofreció a ayudarnos a orientar las relaciones con la funeraria, cosa que había tenido que hacer recientemente por la muerte de un hermano.
Nos fuimos a la cafetería de enfrente de Trauma y, allí, el encargado sacó un catálogo. Sin tardar demasiado paso páginas hasta contar los modelos, me parece que había 8 o 9. Retorno hacia el centro y creo que escogí el 4º.
Sorpresa en las caras del empleado y el cuñado. ¿Ese?.¿No le parece a usted que su padre es un señor importante y merece algo mejor?. Yo: "ese". Y, José, rápido me mira y dice la conjetura: "¡Ah!¡ya!, lo tenías encargado!. Y asentí.
Miramos un par de cosas más. Ya se sabía la parroquia y quién diría la misa (tío Carlos, obvio) y la cosa siguió adelante.
En la Iglesia -Santa Teresa- en la calle Virgen Blanca, fui preguntado por familiares y amigos que se extrañaron de la simpleza del ataúd. Pues fue facilísimo explicárselo: "el que él quería", e inmediatamente asumían que D. Nicolás tenía bastantes cosas claras..
Cuando lo llevamos al cementerio, a su tumba, caímos en la cuenta de que no llevábamos más flores... que nosotros. Ocho Flores y así se lo hicimos saber a mi madre. Nos sonreímos entre nosotros y eso dejamos.

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