Durante la estancia en México, verano del 82, tuvimos ocasión de visitar sitios maravillosos e ir adquiriendo objetos variopintos y preciosos. Huipiles, pinturas, objetos de cerámica y regalos varios.
Al cabo de un tiempo, cuando tenemos que ir preparando la 'vuelta' hay que prever dónde nos traemos esas cosas.
La casa de Pacho y Carmen, en la Avenida de Cuitlhauac, estaba aún en formación y quedaba una caja grande de un microondas que habian traído desde los USA.
Nos dijeron que la utilizáramos porque parecía recia, grande y capaz. Y allá que fueron a parar la multitud de cosas.
Además, como ya estaba claro que iba como "exceso de equipaje" nos preparamos para comprar algunos regalos más.
Entre otros varias botellas de Tequila que eran las adecuadas para fulano o mengano (no recuerdo para quiénes).
Se hizo el paquete, se cerró, se ató al estilo de las primitivas cajas de pueblo que se llevaban en autobús y se le puso alguna etiqueta
Primer día de octubre o segundo. Al aeropuerto con el magnífico "Van" de los Pachos.
Nos metemos en el embargque de un Tristar de la Pan American que nos llevará a New York. Pagamos la tasa y fugazmente nos encontramos que somos de los pocos pasajeros que estamos en el puesto de facturación con maletas o alguna bolsa...
En el avión, normal, viaje aparentemente del montón hasta que nos sorprende la "distinción" del pasaje.
Mucha gente, muy formal, matrimonios bien vestidos que llevan encima de las rodillas un maletin -portafolios- medianejo de tamaño, pero nuevo y bien limpito.
Nos bajan en Dallas, aeropuerto que actúa como aduana para descargar de tal función al Kennedy de Nueva York.
Hay que pasar a la sala de aduanas donde, de los doscientos y más pasajeros que fuéramos en cabina, estábamos seis o siete.
En la cinta, nuestra caja, rueda sola hacia un señor del sur de Estados Unidos, o sea, negro, enorme y que habla español.
Pero ocurren varias cosas. De un lado el que en esa cinta transportadora hay dos o tres objetos tan sólo. Segundo que nuestra caja es gringa, viene de México y no le habíamos tapado las marcas ni logos que indicaban un horno de microondas.
El señor aduanero se echa a reir y dice: "¿Ustedes saben en qué avión vienen?¿Saben por qué no hay más que dos o tres objetos de equipaje?, ¡Ah! y ¿cómo se les ocurre traer una caja de microondas gringo desde México a USA?".
No le sabíamos contestar. Nos dice: "El avión viene lleno de dinero. Sus compañeros de viaje vienen a ingresar en bancos de aquí el dinero que traen en maletines. Esta tarde se vuelven a su tierra". Y, sobre la caja dice que resulta "sospechoso" que un microondas venga de México para acá",
Abrimos la caja y, con gran satisfacción nos alaba el gusto de las compra que habíamos efectuado.
Nuevo salto hasta New York, donde no hay problema hasta que llegamos al embarque. Alicia y Rafalillo van al servicio, yo, en la cola
Pero hay miles de miles de gentes. No van a poder verme con lo que tengo que subirme a mi microondas para resaltar entre la multitud. Me subo, oteo el horizonte, me bajo para empujarla el metro que ha avanzado la cola. Me vuelvo a subir... y así hasta que aparecen y dejamos los equipajes en facturación.
Viaje agradable sin problemas durante toda la noche. Rafalillo se duerme cuando vamos por la vertical de Lisboa. O sea que al llegar a barajas hay que dejarlo como un saquillo en el cochecito que tenemos.
En el mostrador de Barajas, recojemos la caja, pasamos a Aduanas y, al trastearla sale de ella un olor característico ¡Tequila!. Se nos queda el cuerpo cortado. ¿Disolverá el tequila los bordados, el color de los huipiles, los cuadritos sobre lámina de piel, los....?.
Nos dan el visto bueno de pase y, corriendo, con la caja medio abierta pasamos a uno de los mostradores a abrirla del todo y ver qué es lo que se ha roto, manchado o disuelto.
Aparece a nuestro lado un señor de porte muy distinguido. Nos dice que si nos puede ayudar porque ha olido el Tequila y dice tener experiencia de manchas al respecto.
Sacamos los recuerdos, algunos mojados y este señor trata de averiguar la marca del licor peligroso.
Cuando sacamos los cristales de la botella rota nos dice que "ese Tequila no mancha".
Seguimos con la reordenación de lo mojado, poniéndolo aparte para lavarlo después y, así, vamos charlando con el nuevo amigo.
Nos cuenta cosas de los huipiles y de las pinturas de colores naturales.....
Bueno, pues todo se acaba. Reordenamos la caja, la cerramos con la cuerda que traía y nos despedimos de nuestro amigo. Su señora, cerca de nosotros, esperaba el final del trabajo.
Al poner la caja en uno de los carros del aeropuerto, se nos acerca otro señor y nos dice, ¿saben con quién estaban hablando?. Le dije que sí, que sospechaba que sí. Dije, es Vargas Llosa.
El nuevo contertulio se queda admirado. ¡Un señor tan importante! y pregunta, "y de qué han hablado con él"?.
Ahí creo encontrar un motivo para un farol. "Ah, pues de huipiles y de Tequilas mexicanos"....
Y se me subió el orgullillo culto a mi ego. ¡Había hablado con Vargas Llosa de cosas de etnología!. ¡Qué chulada!.

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