Claro que, teniendo esa vivencia, es fácil pensar que no me puedo aburrir. Más aún cuando hay cosas en mi casa que han sido copiadas de aquella casa madre de Marqués 40 (luego 38), de Linares.
Pero, gozando con eso, he tocado algo más curioso aún. La familia ocupaba todo, pero ¿todo del todo?. No, y al igual que esa aldea gala que resiste a las legiones de Julio César, había algo que no era llenado: mi curiosidad.
En el campo al que me estoy refiriendo aterrizó en que un día pregunté a mi padre por quiénes eran sus hermanos y sus padres. Él, atento como siempre a mis cuestiones, se echó a reir y me hizo recordar que no hacía mucho tiempo habíamos ido a Córdoba, a ver a "sus" tías María y Adelaida.
En ese momento caí en que yo también las había incluido en que 'eran' Martínez, porque todo lo que me rodeaba era así y, de golpe, amplié mi mundo. Había más gente.
Pero voy a lo sencillo. Tomemos un personaje -no Martínez- pero que merecería haberlo sido. Preguntad sobre su recuerdo al tío Rafa o a la tía Pily porque, seguro, que se acuerdan de él y de sus "cosas".
Era militar, suboficial del Ejército del Aire donde ocupaba un puesto técnico. Era radiotelegrafista y muy bueno (varios premios de rapidez y precisión, tanto en español como en Inglés) pero sus cualidades eran más humanas que castrenses.
Con un humor envidiable estaba todo el día contando "cuentecillos" (diría mi padre) en los que primaba la risa y, también, trataba de hacer la vida de la gente lo más agradable que podría hacer.
Era notorio verlo llegar a nuestra casa de Sevilla, con un besugo en la cartera para entregárselo solemnemente a la "señora de la casa" quien, seguro, haría un magnífico plato. O bien, la cartera llena de habas, o de bacalao para unas lentejas o... lo que fuera.
Los sábados reunía a una pandilla pintoresca: tío Pepe Martínez, el primo Jose Luis Martínez de la Puerta, mi hermano Pablo y yo. Nos llevaba hasta las cercanías de la Estación de Córdoba y allí cogíamos un tranvía moderno, plateado, que dando la vuelta alrededor de Triana nos dejaba en Tablada.
Pues la base aérea para nosotros sólos. Los solteros suboficiales y los sobrinos de Manolo. Paseábamos por entre los aviones: Junker, Heikel y Casas de caza, subíamos a sus bodegas, siempre bajo la supervisión de los colegas del tío. Nos hacíamos fotos entre sus hélices y, después, a merendar al bar de suboficiales.
Allí jugábamos al dominó, y nos lo hacían hacer con tal pericia que los dos sargentos oponentes -siempre en equipo- nos dejaban ganar. Después, ganaban ellos y mi hermano Pablo tiraba las fichas bajo el jolgorio de toda la residencia. Nos ponían morados -auténticamente- de unas anchoas como no había otras iguales y, a la tarde, camino a casa.
Mi tío jugaba con poner a mi padre nervioso. Por ejemplo, nos enseñó a acabar con la sopa, a base de tomar el plato como gran cuchara y sorberlo por el borde. Además, nos hacía cómplices porque, como un gran juego, nos miraba a los sobris y, todos a la vez, nos echábamos el borde a la boca bajo la voz tonitruante de mi padre que decía "¡Manolooooo!". Pero, a la vez, nos hacía reir en buena lid cuando trataba de convencer a mi padre de que había ido a la guerra de Corea a ayudar a los americanos... y contaba anécdotas entre técnicas y escatológicas de lo que pasaba cuando en un avión de hélice y sentado en la parte trasera del mismo -el WC- el aparato 'caía' en un bache.
Esos detalles los dejaré para otra ocasión. Pero, lo curioso, es que descubrí que sí había habido un destacamento español en la guerra de corea, pequeñito, pero, ¿fue el tío Manolo?.
Seguiremos.
Pero voy a lo sencillo. Tomemos un personaje -no Martínez- pero que merecería haberlo sido. Preguntad sobre su recuerdo al tío Rafa o a la tía Pily porque, seguro, que se acuerdan de él y de sus "cosas".
Era militar, suboficial del Ejército del Aire donde ocupaba un puesto técnico. Era radiotelegrafista y muy bueno (varios premios de rapidez y precisión, tanto en español como en Inglés) pero sus cualidades eran más humanas que castrenses.
Con un humor envidiable estaba todo el día contando "cuentecillos" (diría mi padre) en los que primaba la risa y, también, trataba de hacer la vida de la gente lo más agradable que podría hacer.
Era notorio verlo llegar a nuestra casa de Sevilla, con un besugo en la cartera para entregárselo solemnemente a la "señora de la casa" quien, seguro, haría un magnífico plato. O bien, la cartera llena de habas, o de bacalao para unas lentejas o... lo que fuera.
Los sábados reunía a una pandilla pintoresca: tío Pepe Martínez, el primo Jose Luis Martínez de la Puerta, mi hermano Pablo y yo. Nos llevaba hasta las cercanías de la Estación de Córdoba y allí cogíamos un tranvía moderno, plateado, que dando la vuelta alrededor de Triana nos dejaba en Tablada.
Pues la base aérea para nosotros sólos. Los solteros suboficiales y los sobrinos de Manolo. Paseábamos por entre los aviones: Junker, Heikel y Casas de caza, subíamos a sus bodegas, siempre bajo la supervisión de los colegas del tío. Nos hacíamos fotos entre sus hélices y, después, a merendar al bar de suboficiales.
Allí jugábamos al dominó, y nos lo hacían hacer con tal pericia que los dos sargentos oponentes -siempre en equipo- nos dejaban ganar. Después, ganaban ellos y mi hermano Pablo tiraba las fichas bajo el jolgorio de toda la residencia. Nos ponían morados -auténticamente- de unas anchoas como no había otras iguales y, a la tarde, camino a casa.
Mi tío jugaba con poner a mi padre nervioso. Por ejemplo, nos enseñó a acabar con la sopa, a base de tomar el plato como gran cuchara y sorberlo por el borde. Además, nos hacía cómplices porque, como un gran juego, nos miraba a los sobris y, todos a la vez, nos echábamos el borde a la boca bajo la voz tonitruante de mi padre que decía "¡Manolooooo!". Pero, a la vez, nos hacía reir en buena lid cuando trataba de convencer a mi padre de que había ido a la guerra de Corea a ayudar a los americanos... y contaba anécdotas entre técnicas y escatológicas de lo que pasaba cuando en un avión de hélice y sentado en la parte trasera del mismo -el WC- el aparato 'caía' en un bache.
Esos detalles los dejaré para otra ocasión. Pero, lo curioso, es que descubrí que sí había habido un destacamento español en la guerra de corea, pequeñito, pero, ¿fue el tío Manolo?.
Seguiremos.


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