"Las niñas también juegan con coches"
Pero siempre dirán que no. Que, como nacimos en un ambiente hiperheteropatriarcalmachista de cuatro cuartos -que era verdad-, las niñas jugaban con muñecas y nosotros, los machos, con los coches.
Y, en gran parte era verdad porque, en casa de la abuela, era normal que las "cocinitas" las hacían las niñas y los 'hombres' jugábamos al balón.
Pero hubo algunas honrosas excepciones.
Así, en mi casa de Linares, Marqués 20, vivíamos ya un puñado de hermanos bajo el paradigma (esta palabra no se usaba entonces) de que "todo era de todos". O sea que si alguno de nosotros le daba por jugar con el balón de otro, el 'propietario' no podía quejarse. Sufría, eso sí, porque los preceptos morales y deontológicos definen el derecho y el uso, pero no las sensaciones. Así, que no había más que aguantar.
Y aguantamos. Y lo digo en plural porque ocurrió un hecho la mar de curioso.
Me explico. Nos (repito, ese "nos", me repatea aún hoy el hígado) regalaron a Pablo y a mí, o a Pablo o a mí, porque, como digo, no puedo precisar, un magnífico autobús. Marca: Rico, carrocería, creo recordar, azul pálido y, además, de lujo porque no era un bus normal, no, era un "Pullman" que, según nos contó nuestro padre, era una forma de hacer las ventanas de los autobuses especiales para turistas y de los que alguna vez nos señaló un ejemplo en una foto de estos Pullman suizos en paisajes bellísimos.
Tenía una particularidad peculiarísima. Era de "cuerda", de resorte, es decir que había que darle con una llave hasta que acumulabas energía elástica en un muelle que, al liberarse, hacía que el autobús anduviera. Como otros juguetes, pero, si ponías una palanquita que tenía debajo del paragolpes trasero, el autobús (pullman, perdón), andaba hacia adelante y si la accionabas de otra forma, andaba hacia atrás.
En fin, una chulería.
Lo vimos siempre tan delicado que, si jugábamos con él, lo hacíamos con muchísimo cuidado, pero por dos razones. Una, la delicadeza de la maquinaria. Otra, un peligro mayor. Mi -nuestra- hermana Pily lo vio y dijo —¡Mío! y lo agarraba debajo del brazo y ¡cualquiera se lo quitaba de allí! Barraquera coherente con su enfado y recomendación materna, —Anda, dejádselo un ratito. Un ratito que se volvía eterno porque hasta que el ratito no era un buen rato, no había forma de acceder al juguete.
Tan suyo era que, en un proceso de identidades -como se diría ahora- agarró el autobús y le sirvió de DNI o, no, perdón, de proclamación de hija de familia numerosa porque así apareció Pily en la imagen de acogida administrativa de nuestro hermano Nicolás.

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