miércoles, 16 de septiembre de 2020

Rompimos un gato

 Así, como suena, rompimos un gato.

En la casa familiar de Linares, la de los Flores Martínez, en la calle Marqués 20, primero, vivíamos dos padres jóvenes y seis vástagos cronológicamente situados. 

Era un piso, propiedad del abuelo y en el que formábamos una pandilla que yo recuerdo divertida.

Por ejemplo, teníamos un gato. Es decir, tuvimos varios gatos porque, sin que yo pueda recordar si aquello obedecía a una estrategia formativa de cualificación ecologista, siempre hubo un gato, un gatillo, en la familia. Siempre era pequeño, salía de la nada por arte de birlibirloque y... aparecía en la casa.

Era un juguete más, vivía con nosotros y, como la terraza en la que estaba el "escusado" se accedía fácilmente al inmenso número de tejados de las casas colindantes, no había problema. Si el gato -gatillo- tenía que dormir fuera, se le empujaba a la terraza y, ahí se las compusiera.

Yo recuerdo haberlo metido en un vagón de mi tren eléctrico. Mi padre decía que lo iba a marear y lo pensé como posible porque, después de darle vueltas y vueltas a la "vía", el gato se echaba a un lado, descarrilaba el tren y se bajaba, claro.

Pensaba que había conseguido marearlo, lo que era mi objetivo, pero papá decía que se había bajado porque estaba aburrido.

El gatillo era objeto de caricias, juegos, persecuciones por el pasillo y testigo de alguno de nuestros juegos.

Pero, estaba tan próximo a nosotros, tan próximo que un día en el que estábamos todo el pandillón de hermanos -cinco operativos y uno espectador- jugando a una con el gatillo de turno, éste trataba de evitarnos metiéndose debajo de un mueble cama que mis padres dispusieron para alguno de nosotros.

Este mueble-cama, que murió en mi casa de Granada, era un diseño de D.Nicolás, con un somier "Numancia" de viguetas de hierro fundido y somier tensado que lo hacían moderno.

Pues eso, estábamos dando saltos encima de la cama y el gato, prudente -es un decir- debajo.

Y ocurrió lo que nunca esperábamos.

Un tornillo se salió de su sitio y caimos encima del gato.

Le "rompimos el espinazo", frase hecha que describe la realidad de la situación.

Al gemido que profirió le acompañaron los llantos y lamentaciones nuestras.

Nos tiramos debajo del somier, lo levantamos a peso y, cuando llegamos al pobre animal vimos cómo sus patas traseras habían dejado de funcionarle.

No había sangre ninguna, pero la carilla del pobre gato era conmovedora.

En brazos de alguno de nosotros, corriendo a nuestro padre. Papá, mira.

Y lo miró, con pena y conmoción. "Me temo que no tiene arreglo".

Le pusimos vendas, yo creo que rezamos al  Santo Custodio y a San Gato, pero aquello no tenía trazas de mejorar. 

Pasados unos días de pesar y culpabilidad hijil, el gato desapareció. Nos dijeron que se lo había llevado su madre y, como justificación tengo que admitir que era lo mejor que nos pudieron decir.....

Al cabo de una temporada -que no puedo precisar en magnitud- apareció.

Es decir, apareció en la terraza un gato, ya no gatillo, gris, con las mismas rayitas que tenía el que rompimos.

Era él. ¡Tenía que ser!....

Pero igual no.

Aprendimos a sufrir el daño ajeno, soportar la culpabilidad confusa, la difusa raya que existe entre lo que es y lo que no debe ser.... Es decir, aprendimos que podíamos ser partícipes de algo no deseable. 




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