Plan, no sabemos cómo, pero si que, hagamos lo que hagamos, acabaremos en casa de Mauricio, en San Javier. Familia Flores: padre, madre y Rafalillo con menos de 3 años, o sea, año 82. Vehículo, el Simca 1200 ex de la cantera y renovado con motor "nuevo" puesto por nuestros amigos de Loja.
Salimos los tres de familia con comida incluida a dar un paseo en dirección a la Malaha. Pensamos comer por nuestra cuenta y, si acaso, a la caída de la tarde, dejarnos ver por San Javier, donde esperamos esté un buen resto de la panda: Mauri y family, Juanico and resto, etc., etc.
Vamos por la carretera de los Bermejales, subiendo hacia la Malaha, hemos pasado ya Las gabias y estamos en la recta larga donde hoy está la ITV. No recuerdo cómo, será por lo de las nubes que empiezan a descargar y no precisamente de forma suave, pero decidimos dar la vuelta e irnos a casa del Mauri.
Tonto de mí, escojo ir por un carril que conocía, que iba muy rápidamente hacia San Javier. Voy a marcha normal cuando arrecia el agua. Está cayendo sobre suelo seco y, en un momento veo que el carril que está en una especie de talud, empieza a inclinarse hacia la derecha. Me acerco al lado izquierdo y sigo conduciendo con mucha atención.
Tengo que reconocer que el coche, aún a pesar de ir andando normal, empieza a deslizarse de lado. La inclinación del carril me está llevando al borde del mismo. Como veo que el escalón que hay entre éste y la avena plantada a la derecha no es muy señalado, decido tirarme a la avena y... acelerar.
Alicia está callada. Ha visto el agua que nos está cayendo encima y ve que estamos huyendo de ella... en dirección San Javier. Avanzo entre la avena, el coche todavía se conduce y.... empieza a calentarse, la avena está tapando el radiador. Es decir, parece que estamos en un barco dentro de un mar verde.
Acelero porque la pendiente a mi favor se va a acabar de un momento a otro y mi intención es subir a un olivar que tengo delante. Sé que, detrás de él, hay un carril, que frecuento, que va desde Gabia hacia la finca de nuestro amigo "el vientos". El coche empieza a perder velocidad a la vez que noto que el arco que puedo marcar con l volante se ha reducido. Los guardafangos tienen que estar llenos de barro. Llego al olivar y, al cabo de unos metros el coche se detiene. No he quitado la marcha ni he dejado de apretar el acelerador... o sea, patinamos.
Paro el motor, que humea. Un silencio dentro del coche y el agua crepitando contra todo lo que hay alrededor.
Le digo a Alicia que voy a por ayuda. Supongo que, en casa de Mauri, estarán todos los amigos que pueden ayudarnos. Cojo mi anorak y Alicia me da el suyo... para lo que pueda servir. Salgo del coche bajo torrentes de agua y echo a andar.
No importa ni la lluvia, ni el barro ni los anoraks empapados. Voy agarrándome a los olivos para no caer o para levantarme cuando he caído. Avanzando como puedo hasta la "urba".
Recuerdo que no podía ni plantearme si había hecho lo correcto o no. Había que llegar a por ayuda y, allá iba.
Llego a casa del Mauri. Llamo a la puerta: Están: Mauricio, Juanico, Paco Ortega y Jose Enrique, más las mujeres respectivas que me miran con ojos desencajados. Yo era -más o menos- una estatua de barro. Les digo que me acompañen y obtengo la respuesta rápida y decidida. Creo que habían comido ya. Subimos al coche de Mauri, el Dyane Edelweiss que -según Marisol- se había comprado para imitarme...
Vamos cinco. O sea, coche lleno de mas y, tiro, aún bajo una lluvia intensa, por los carriles que conozco. En algunas curvas acabamos dándolas no por el carril sino por donde la adherencia -por llamarla de alguna forma- me permite pasar.
Al cabo de unos minutos, de los que recuerdo que Juanico iba comentando lo locos que estábamos, llegamos al olivar donde dejé el coche. Pero, desde donde aparco, no se ve el Simca. Se bajan los amigos del coche y preguntan que dónde está el coche.... "pues ahí arriba", digo y echo a a andar.
Ahora caigo en qué grado de confianza tenían que tener conmigo, porque, bajo el agua, chapoteando en el barro, sin que nadie hubiera dicho nada sobre protegerse o no del temporal, me siguen sin decir nada.
Subimos una pequeña pendiente y, allí está el coche, cristales cerrados, empañados y, dentro Alicia y Rafalillo, comiendo... "pollito, pollíto", había dicho el chico, a quien no le gustaba tal yantar y del que no pudo hacer remilgos dado el berenjenal que, entendía, nos habíamos metido.
Quitamos algo de barro de las ruedas y, empujando conseguimos con no poco esfuerzo subir al Simca un poco más arriba de donde está. El objeto es que, parece, hay una especie de vaguada que, pasando por encima de una acequia antigua, llega al carril donde habíamos dejado el Dyane.
El Simca está apuntando hacia abajo, pero no cae, está adherido al suelo y, cuando vemos por dónde habíamos pensado bajarlo nos damos cuenta que es, más bien, tirarlo. La acequia es más ancha y más profunda de lo que pareció en un principio. Con todo, seguimos en el plan. Juanico no está entre nosotros, ha desaparecido. Lo vemos venir con algo insólito: un neumático en cada mano.
Sorpresa generalizada: "¿De dónde has sacado eso?". Dice, "de ahí al lado y hay muchos más, así que, a por ellos; llenamos la acequia y el coche pasará por encima...."
Le hacemos caso, llenamos la acequia de neumáticos. Empujamos al coche que, al llegar a las ruedas choca con el paragolpes contra ellas. No cabe duda de que nos estamos acercando al final de la aventura. El coche está a unos 10 metros del carril... casi hemos acabado. Jé. No exagero. Puesto en el lado de la acequia que nos queda por pasar delante del coche, veo la bola de enganche. O sea, que está "clavado".
Le empujamos, tratamos de levantarlo, le volvemos a empujar. Al final, saco el gato y lo pongo en su sitio, espero que levantándolo mucho podamos empujarlo y caiga un poco más adelante. Paco Ortega dice que esa es la solución, que eso lo lleva haciendo la naturaleza muchísimo tiempo. El hielo levanta una roca y, cuando se deshiela, ésta se desplaza por la pendiente. Lo llamaba -o yo lo entendía así- el "pipckraker" . O sea, que, todo solucionado. Acciono el gato y, a medida que doy vueltas a su manivela veo cómo la plataforma triangular que toca el suelo, ... se va hundiendo en el barro. Hace falta una piedra... y no hay ninguna...
Juanico va a lo suyo. Unos metros a la derecha hay una piedrecita que parece un mojón. La empujamos, golpeamos, nada... tiene que estar sólidamente anclada porque aquello no se mueve. Pero está Juan, y su inmensa paciencia. Con un destornillador de esos que, por un lado es de estrella y, del otro, plano, empieza a trabajar sobre los alrededores de la piedra.....
Al cabo de un rato, el agujero que hay alrededor de la piedra es notorio y.... la piedra sigue hacia abajo. Los del coche seguimos tratando de que el gato.... suba al coche. Hemos puesto debajo de la plataforma todo lo que hemos podido. Creo que llegamos a sacar la rueda de repuesto, pero no era fácil trabajar con ella.
Se oye un grito. ¡Juan ha sacado la piedra! y, ¡es grande!, va a aguantar lo que le pidamos. Corriendo, la ponemos debajo del gato, el coche sube, muy alto, lo sujetamos entre varios y, cuando ya está arriba, le empujamos para que caiga. ¡Ha avanzado!. Paco Ortega chilla de satisfacción... las rocas se mueven porque el hielo las levanta y las hace caer en el sentido de la pendiente.... ¡re-eureka!....
A todo esto -y no quiero alargarme demasiado- tenemos un aspecto de lo más... natural. Si al hombre lo hizo Dios del barro, nosotros estamos recién hechos. Nos pasamos la litrona apretándola desde el cristal.. y sale despedida. Jose Enrique, atónito, pregunta... "¿y esto lo hacéis todos los sábados...?".
El caso es que, a base de Pipcckraker, o como sea, las ruedas del coche han llegado al lado opuesto de la acequia. Me subo, arranco y arastro con el eje trasero un puñado de neumáticos. Caigo, porque es así, hasta el carril y... ¡hemos llegado!.
La vuelta a casa es apoteósica. Nos atascamos de nuevo, ahora hasta con el Dyane, Pongo a Juanico perdido de barro -hasta la cara- al patinar una rueda. Él me echa una pella de barro a la cara. .. y, así y asao....llegamos a casa de Mauri.
Es demasiado para Marisol. ¡no puedo vernos tan guarros!. Nos hace cambiar los pantalones al menos... por pijamas viejos que tiene por sus armarios.
Y, así, acabamos la tarde. Los pantalones, puestos a secar delante de la chimenea, sueltan "caracolillos" de barro. Alguno de nosotros, preciosos, con nuestros "sky-jamas" rosas, tomamos café y nos enorgullecemos de nuestra aventura.... Una más, pero no una menos.
El final de esto acaba al volver unos días más tarde, y con tiempo más seco, a por la piedra salvadora.
Montamos unas semanas más tarde una fiesta y, entronizamos la piedra con una placa de aluminio que reza así.
"OMNIA HOMINI DUM VIVIT
SPERANDA SUNT
IN MEMORIAM JOHANNES
GINECOLOGUM MONTIS
CUIUS PETRUS EST SIGNALEM
ILIBERIS XXV APRILIUS MCMLXXXII"
Ni que decir tiene que los aventuremos sentimos haber fundado y, pertenecer, a una especie de cofradía: "Los rescatadores". y, de resultas de todo aquello reconocimos la gran profesionalidad de Juanico que puso a parir.... a los montes.



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