Como ayer empecé mal -de ánimo, digo- el día, hoy he de decir para compensar que si bien hay preocupaciones anunciadas que siguen latentes, he cambiado el tono.
Ayer aprendí -por primera vez en todos mis luengos años- a apreciar el flamenco. Los espectáculos flamencos.
Fuimos a la peña de "La Plateria", famosa entre todas las peñas a ve un espectáculo montado por el "Carmen de las Cuevas".
Como tantas otras veces en situaciones análogas, fui, vi, pero esta vez o vencí o fui vencido. Siempre, claro está, bajo mi interpretación de lo que había visto.
Ví al flamenco como un teatro, representativo de grandes fuerzas humanas tales como el amor, el amor erótico y también la muerte que, al parecer, va asociada con bastante -demasiada- frecuencia.
Vi la utilización del ritmo, después del fraseo complicado de la guitarra, como relajación y convocatoria a la unión del grupo. Ritmo para invitar al público a sumarse al sentir del escenario. Vi las posibles llamadas incendiarias y encendidas como un eros sublimado a lo que puedas sembrar de relaciones.
Vi, la ondulación de cuerpos, brazos y manos, como llamadas de atención a que te comuniques con el bailarín, quien pone todo el esfuerzo e llamarte.
También la alternancia entre la tensión y la relajación, cómo podemos confesar que la tensión, erótica o tanática es demasiado intensa como para mantenerla durante demasiado rato. Hay que relajarla y, entonces, un nuevo episodio de ritmo común, hace descansar al auditorio y a los participantes.
En fin, quizás sea mucho rollo mental mío. Pero, por primera vez en mi vida, lo disfruté.
Y, como estoy contento por ello, aquí lo anuncio para aquel que lo leyere, viere y entendiere.
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