domingo, 20 de enero de 2019

Yo quiero ser sabio

Siempre creí, porque de lo que hablo no se puede saber, que los humanos somos hijos de aquellas influencias que hayamos tenido en momentos oportunos.
Atribuyo a mi padre gran parte de lo que soy como persona pensante y, a la vez, me imputo haberlo entendido mal o incompletamente para asumir los errores que haya tenido. Los errores que hubiera tenido él a la hora de orientarme han pasado al gran terreno de los olvidos cariñosos.
Pero hay uno que me resulta gracioso.
Mi padre aprovechaba cualquier ocasión que viniera a cuento para hacer apología de los grandes personajes que viera dignos de admiración. Newton era su preferido. 
Pero también hacia apología de los sabios: Aristóteles, Sócrates y demás colegas de la antigüedad.
Eran sabios porque sabían matemáticas, dibujo, física, filosofía, religión, etc....
Yo me propuse "ser sabio".
Y, cuando comencé a estudiar y tocar esas materias, aunque fuera poquito -ocho años- veía más dignos de admirar a esos grandísimos personajes.
Al cabo de un par de años de pretender ser sabio, vislumbré la enorme dificultad en que me había metido. Llegué a casa y le pregunté a mi padre:
"Papá, ¿los sabios sabían de todo?¿Sabían mucho?"
Él, echándose a reír y creo que intuyendo mi problema me respondió.
"Sabían de muchas cosas,.... un poquito. La ciencia no estaba tan avanzada como ahora. Y la misma filosofía no estará nunca acabada de hacer...."
Suspiré. ¡menos mal!. No parecía tan difícil ser sabio, pero, inmediatamente.
"Papá, ¿se podría ser sabio ahora?".
Y él, claro, apaciguador, contesta. "Es posible que hubiera algún sabio ahora, pero es poco probable. O sea, más bien no".
Y vi mi futuro personal. Sería aficionado. A todo, pero aficionado. No pasaba nada si no podía llegar a sabio.

No hay comentarios:

Publicar un comentario