Siempre creí, porque de lo que hablo no se puede saber, que los humanos somos hijos de aquellas influencias que hayamos tenido en momentos oportunos.
Atribuyo a mi padre gran parte de lo que soy como persona pensante y, a la vez, me imputo haberlo entendido mal o incompletamente para asumir los errores que haya tenido. Los errores que hubiera tenido él a la hora de orientarme han pasado al gran terreno de los olvidos cariñosos.
Pero hay uno que me resulta gracioso.
Mi padre aprovechaba cualquier ocasión que viniera a cuento para hacer apología de los grandes personajes que viera dignos de admiración. Newton era su preferido.
Pero también hacia apología de los sabios: Aristóteles, Sócrates y demás colegas de la antigüedad.
Eran sabios porque sabían matemáticas, dibujo, física, filosofía, religión, etc....
Yo me propuse "ser sabio".
Y, cuando comencé a estudiar y tocar esas materias, aunque fuera poquito -ocho años- veía más dignos de admirar a esos grandísimos personajes.
Al cabo de un par de años de pretender ser sabio, vislumbré la enorme dificultad en que me había metido. Llegué a casa y le pregunté a mi padre:
"Papá, ¿los sabios sabían de todo?¿Sabían mucho?"
Él, echándose a reír y creo que intuyendo mi problema me respondió.
"Sabían de muchas cosas,.... un poquito. La ciencia no estaba tan avanzada como ahora. Y la misma filosofía no estará nunca acabada de hacer...."
Suspiré. ¡menos mal!. No parecía tan difícil ser sabio, pero, inmediatamente.
"Papá, ¿se podría ser sabio ahora?".
Y él, claro, apaciguador, contesta. "Es posible que hubiera algún sabio ahora, pero es poco probable. O sea, más bien no".
Y vi mi futuro personal. Sería aficionado. A todo, pero aficionado. No pasaba nada si no podía llegar a sabio.
No hay comentarios:
Publicar un comentario