domingo, 20 de enero de 2019

La nieve en el Paraíso

Lo dijimos siempre. O, al menos, siempre lo oí. Y me pareció tan lógico que no había más que creerlo. 
A saber, estábamos en agosto, así, en plena sombra por ejemplo, en el 5º pino, a media tarde y alguien de la familia, mirando a su entorno y pensando, dice algo fuera de tiempo. 
¿Y habrá nieve aquí en algún momento?.
Si se le seguía la vista, se estaba atento al escándalo de las chicharras, al poco viento que mece los árboles, al sol que apunta ya por encima de la chopera hacia su descanso cotidiano, parece una pregunta fuera de lugar, fuera de espacio y, sobre todo, fuera de tiempo.
Alguien, supongo que más mayor, dice que no le cabe duda, de que allí hay nieve en invierno.
¡Y era verdad!.
Yo la he visto.
Resulta que en mi afán por hacer descubrir a nuestro paraíso a la gente querida, insté a mis suegros a que nos fuéramos allí en una Semana Santa.
Es decir, Marzo o por ahí. 
Fuimos desde Granada, en el Patrol que tenía entonces. Convinimos una pensión en Siles conseguida a través de una llamada al cuartel de la Guardia Civil -no había internet, claro.
Llegamos, dejamos las cosas en la pensión y carretera arriba.
Hacía mal tiempo, gris, con avisos de chapetón. Un frío que pelaba y, al subir por el carril, pasada la desviación que lleva al Cortijo de Abajo, La Almoteja y finalmente a la Fresnadilla, me pasa una idea fugaz por la cabeza. ¿Estará nevado?
Siguiente caracolillo, curva a derechas y ligero aumento de la pendiente. En el siguiente largo, o cerca, estará ya la salida hacia La Navilla. 
Empiezo a ver manchas de nieve en algunas umbrías. Quinientos metros más arriba, después de la curva a izquierdas, las manchas de nieve se continúan unas con otras.
Tengo por dentro una situación que me mantiene una sonrisa de oreja a oreja. 
¡Voy a ver en persona el conjuro hecho alguna vez en la siesta debajo del quinto pino!.
Hay ya nieve continuada y, aprovechando eso, sigo unos centenares de metros por el carril que nunca pisamos, el que lleva a una llanada 'donde había toros bravos' y del que, lástima, ahora no recuerdo el nombre.
En un ensanchón doy la vuelta y ahora sí, a izquierdas, hacia la Navilla. 



La  Navilla
 Recuerdo que a unos centenares de metros de la desviación había -y hay- un sitio en el que se remansaba el agua de lluvia y formaba un fangal. Cierto, ahí está. Con barro. Busco cómo evitarlo en lo posible y avanzo.
Pero muy despacio, disfrutando del silencio, la grisez, los pinos descabezados por la niebla que los cubre.
Vamos hacia el puntal, me parece que puede ser impresionante vislumbrar el valle y los montes de alrededor desde un sitio tan privilegiado.
Pero, llegados allí, sorpresa. No se ve nada. Sólo -y esto es llamativo- las agujas que forma el hielo en los palos del sombrajo de la casa de los fogueros.
Hielo en los palos

Y, para que quede constancia. trato de asomarme a donde yo recuerdo que había 'vistas', pues no hay, nada. Sólo niebla.
Por ahí abajo se vería los alrededores de la Fresnadilla y, si levantara
 la vista y la niebla se pudiera abrir, se vería la "peña del agujero"

Pues nada, media vuelta antes de que sea más tarde. Vamos hacia nuestra casa. Hace más frío, y más niebla y menos visibilidad.
Nos encontramos el carril cortado por un cable y candado por lo que tenemos que recorrer la bajada, desde la "era del boquerón" en una marcha presurosa. No tenemos equipo de invierno ni nada que se le parezca.
Sé, y me decepciono yo mismo, que sólo podremos hacer una mirada a la casa. No habrá lugar para acercarse a la "fuente fresca", ni siquiera a la chopera. Además, ¿se verá?
Pues así se ve la casa.
 Me quiero imaginar una tarde ahí dentro, en estas condiciones.
Seguro que, por mucha leña que le echáramos al fuego, nos estaríamos soplando la punta de los dedos.
Vuelta a la Navilla, coche y, como no es tan tarde como esperaba, nos vamos al Saltador. Ahora me parece mentira haberle echado valor para atravesar a toda pastilla la Almoteja, la Fresnadilla y carril hacia el Hondo Peñalcón.
Llegamos al río Tús.
¡No tengo pila de la máquina de video!.
Hago un apaño con la bateria para ver si cargo algo. 
Nada, me da tiempo para un plano donde se ven Rafa hijo y su prima, el río y vuelta al coche.

Arrancamos, primera corta y tracción a las cuatro ruedas. Primeras decenas de metros bien, en la segunda curva a izquierdas, empezamos a patinar. Sin dejar el volante me asomo y me asombro al ver que no hay rodadas. El suelo está duro, pero es arcilla. Me bajo del coche No hay ninguna rueda metida en el barro más de dos centímetros. Pero es jabón, jabón puro.
Se va haciendo tarde y me asusto algo. Llevo un puñado de gente en el coche y mis suegros, pienso, no se merecen que les deje tirados en mitad de la sierra. 
Empezamos Rafael y yo a arrancar maleza y hacemos una cama de pinos viejos, matujos y demás.
Partimos desde más abajo. Pasamos por encima de las matas y, aún a pesar de ellas, el coche no sube más allá de unos metros.
Hay que tomar una determinación. Todos abajo y echamos a andar. 
Habíamos visto un magnífico cortijo en lo alto del carril.
Allá que nos dirigimos. Pasamos por unas casas abandonadas y, por una vereda de la que sabía su existencia echamos hacia arriba.
El Saltador y la casa que nos cobijó.
No pudimos pensar que íbamos a ser tan bien atendidos. 
El guarda de la finca nos vio pasar y aventurarnos en un carril que conocía bien. Dice que supo desde el primer momento que nos atascaríamos. 
Preparó un fuego de leña en su chimenea que más bien parecía un infierno.
Y vimos otro espectáculo interesante, al arcercarnos al fuego nos vimos rodeados de una especie de escultura de niebla que nos rodeaba. El agua que habíamos ido cogiendo por el camino (caía un sirimiri de los propios gallegos), se iba evaporando con nuestra forma.
El hombre, atentísimo, se brindó a llevarnos a Siles y, no contento con ello, después de haber dejado a la familia en la pensión, nos llevó a un amigo suyo que, con un tractor nos llevaría al dia siguiente a recoger el coche.

Pero eso es otra historia









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